¿Y nuestros muertos?

¿Y nuestros muertos?

El poder político en Colombia ha utilizado la violencia como sometimiento de los espíritus y las conciencias.

16 de diciembre 2016 , 07:39 p.m.

El pueblo colombiano, encarnado esta vez en Antioquia, expresó tener un corazón noble. Sintió con dolor el disparatado accidente del equipo de Chapecoense, y las 71 víctimas las lloró como la desaparición de un ser querido. Un mensaje de solidaridad y amor por el prójimo. Lo mejor de nosotros brotó de sí.

Pero me pregunté: ¿y las 600.000 víctimas de la violencia colombiana, realmente, las hemos llorado? La respuesta es no; solo sus parientes cercanos han cargado con ese sufrimiento, y muchos han perdonado para detener el desangre impune de todos los victimarios, pero como sentido de pertenencia de Nación nos quedamos cortos. Y pensé por qué. Y la respuesta me la dio el presente. El poder político en Colombia ha utilizado la violencia como sometimiento de los espíritus y las conciencias, ha dividido al país en muertos buenos y malos; nos han segmentado, insensibilizado, con lo que ocurre dentro de la casa; la historia no miente, hay que leerla, y rápido, hemos dado un paso enorme para entrar en otra dimensión interior, y un bando de los que han alimentado la barbarie siguen allí, azuzando el odio, Caínes sin vergüenza; entonces lo nuestro es ajeno, y lo ajeno es nuestro; esa fue la gran lección del reciente martirio ocurrido en La Unión.

En el libro 'Santos, el jugador', el Presidente, recién elegido, dijo que sería recordado como un traidor a su clase, pero también lo recordaremos por su entereza y valentía en este arduo proceso; Angélica Lozano dijo: “Santos nos cumplió”, y se refería a los que sin ser santistas votamos por él porque se comprometió a la mayor sensatez que ha emprendido un mandatario en las últimas décadas. Cesar la guerra con las Farc, que desde el pírrico triunfo del No comenzaron a hacer política y han mantenido su palabra. La violencia conservadora, incluida la Iglesia; el Frente Nacional, que sigue vigente aunque dilatado en varias vertientes, han sido nuestro estigma. Y ahora los guerreristas enfilan sus fuerzas no por el país, sino para conservar el poder y huir a la verdad y reparación. Menos mal la Corte Constitucional entendió este momento histórico. El ruin asesinato de la niña Yuliana, que ha despertado el dolor de todos, es un síntoma de que somos un país enfermo y de que la única reconciliación es la oportunidad de empezar a recorrer la paz.

Alfonso Carvajal

Columnistas

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