El poeta del campo

El poeta del campo

La poesía de Miguel Hernández es un “granizo grave” lloviéndonos en el alma.

21 de abril 2018 , 12:00 a.m.

Como su padre, ejerció un bello trabajo: fue pastor de cabras. Por las montañas de Orihuela, el niño silbaba para mantener unida la manada. En un colegio de jesuitas, el Santo Domingo, Miguel Hernández aprendió a escribir y la avidez por la lectura. Leyó novelas y a los clásicos: Quevedo, Góngora, Garcilaso, y a los modernos Rubén Darío, Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez. Luego de arañar versos y versos publica su primer libro 'Perito en lunas', de influencia gongorina. Se ennovia con Josefina Manresa, una elegante modista del pueblo. La poesía ya le ha trastocado el rumbo de la vida. Se aventura a Madrid y conoce a García Lorca, Aleixandre y Neruda. Allí trabaja un tiempo en la redacción de la enciclopedia taurina 'Los Toros'.

En 1936 aparece su segundo poemario, 'El rayo que no cesa', un tomo de sonetos en los que el amor tiene la naturaleza de los arbustos que brotan frondosos de la tierra: “Descansar de esta labor / de huracán, amor o infierno / no es posible, y el dolor / me hará a mi pesar eterno”. Algo en él ya visiona la tragedia que lo rodeará.

La cárcel fue el último teatro de su vida, el más duro, pero su poesía le da una fuerza sobrenatural; en medio del dolor, tiene alas para la creación y la esperanza.

A España la habita la salvaje guerra, y el poeta de la “generación escindida” se incorpora al Ejército republicano. En 1939 es enviado a la cárcel madrileña de Torrijos; es condenado a muerte, y algunos amigos logran cambiar la condena por treinta años de presidio. Josefina le envía una terrible carta en la cual le señala la pobreza que viven, pues su pequeño hijo “solo puede comer pan y cebolla”; este hecho lo inspira a escribir 'Nanas de la cebolla': “La cebolla es escarcha / cerrada y pobre. / Escarcha de tus días / y de mis noches. / Hambre y cebolla, / hielo negro y escarcha / grande y redonda”.

La cárcel fue el último teatro de su vida, el más duro, pero su poesía le da una fuerza sobrenatural; en medio del dolor, tiene alas para la creación y la esperanza: “Soy una cárcel con una ventana / ante una gran soledad de rugidos”, escribe con gravedad, y luego dice: “Pero hay un rayo de sol en la lucha / que siempre deja la sombra vencida”; en esta dicotomía se levanta con valentía, y la hermosura de su palabra es agreste como el paisaje de su infancia.

Dicen que murió en la cárcel de Alicante con los ojos abiertos igual a dos lunas llenas. Un 24 de marzo, hace 76 años, este ser ardiente, “claro de deseos, alado”, ascendió a la muerte, y su poesía es un “granizo grave” lloviéndonos el alma.

ALFONSO CARVAJAL

Columnistas

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