'Cien años'

'Cien años'

Cincuenta años después de haber dado a luz a su novela más leída, podemos soñar que "las estirpes condenadas a cien años de soledad" sí podrán tener una segunda oportunidad sobre la tierra.

10 de febrero 2017 , 08:06 p.m.

'Cien años de soledad' está cumpliendo medio siglo, y seguramente García Márquez se habría regodeado con el histórico momento que estamos viviendo. Su obra cumbre, que se llamó primariamente 'La casa', tal vez quería reducir al ámbito caribeño la rica narración oral que le transmitieron parientes muy cercanos, y también realizar un inventario literario sobre el imaginario popular del ser latinoamericano y la violencia que nos ha azotado. Recordemos su aparatoso exilio durante el régimen de Turbay Ayala. En esas y otras anteriores circunstancias, el proceso creativo fue haciéndose más grande, voluptuoso, y la influencia de Kafka –el poder de la ficción para transformar el mundo– y Faulkner –la creación de un espacio imaginario: Macondo– le dieron una forma definitiva a su maravillosa aventura épica.

La novela está llena de mitos y certezas. Que una editorial del sur le dijo que mejor se dedicara a otros asuntos y luego Editorial Sudamericana (1967) lo catapultara, al punto de que en dos meses había vendido diez mil ejemplares, habla muy bien del lector argentino. Su entrada triunfal al teatro Colón de Buenos Aires. Pero más allá del ‘realismo mágico’ o ‘surrealismo caribeño’, con el cual muchos han tratado de minimizarlo, es la fuerza de su literatura la que lo plasmó para siempre en las letras universales.

Un engranaje poético milimétrico, una imaginación desbordante, centenares de historias que hilan con maestría realidad y fantasía, y la construcción de numerosos personajes hacen germinar una fabulosa genealogía que tiene un alto grado de dificultad y recuerda a Tolstói. Y sobre todo, esa magia interior que le ha permitido a 'Cien años' ser traducida a idiomas como el mandarín, el tailandés y tantos otros que evidencian un magnetismo hermético para entrar en la imaginación de múltiples y antagónicas culturas. Un hombre que captó el alma de su tiempo. Eso también se llama genialidad. Hernando Téllez habló de su intuición, “una adivinación admirable de la belleza y la verdad, del horror y la hermosura del mundo”. Y Carlos Fuentes reseñó como una gran virtud la simultaneidad entre lo mítico y un extraordinario humor.

Cincuenta años después de haber dado a luz a su novela más leída, podemos soñar que “las estirpes condenadas a cien años de soledad” sí podrán tener una segunda oportunidad sobre la tierra.


Alfonso Carvajal

Columnistas

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