Maduro salió corriendo

Maduro salió corriendo

En los humildes habitantes de Villa Rosa se reflejó la verdad que difunden todos los estudios de opinión. Un colérico presidente quiso entrar a debatir con una comunidad que no se dejó amedrentar.

05 de septiembre 2016 , 05:49 p.m.

Después de la espectacular demostración democrática del pasado 1.° de septiembre en las calles de Caracas, la situación del régimen es aún más precaria. Surgieron de todas partes para transformarse en la mayor concentración que recuerden los anales de la república. Más de un millón de personas desafiando muchos obstáculos, lograron un hito histórico que simboliza un quiebre del modelo totalitario.

El hecho los obligó a atrincherarse en la violencia como detonante de aquel que tiene miedo; y más cuando sus tretas ya no intimidan a las grandes mayorías. Solo una mínima porción continúa creyéndole los dislates al Gobierno. Son las llorosas viudas de un proceso enclenque, lapso caracterizado por un incalculable cúmulo de monumentales errores; convirtiendo sus opciones de perpetuidad en un suicidio político.

El mazazo recibido los hizo reunirse en Miraflores durante horas, observaron los videos y hasta se recriminaron por no ser más efectivos para evitar que la gran marcha de Caracas lograra tal volumen de personas. El dolor fue mayúsculo cuando cotejaron ambas concentraciones para llegar a reconocer que la de ellos fue malísima, que además los influyentes medios de comunicación internacionales habían mostrado las imágenes desde muchos ángulos convirtiendo al evento en la noticia del día. ¿Cómo lograron capturar semejantes imágenes si se dieron órdenes expresas de evitarlo?

Cuentan que vociferaba Nicolás Maduro ante un salón lleno de rostros desencajados, melancólicos y malhumorados. Después de muchos debates se llegó a la conclusión de volver a los sectores populares para desde ahí comenzar a fortalecer la revolución nuevamente; un general les dijo: “El problema es que perdimos la calle, podríamos hacer el ridículo” intervino el Presidente para decir que la idea era buena, solo que tenía que llevarse a cabo en sectores que le sean fieles al régimen. Con la revolución en franco proceso de deterioro, tenían que buscar revertir la situación regresando a sus orígenes.

Nicolás Maduro requería, con suma urgencia, de un baño con esencias populares para mostrarse como un líder querido por la gente de abajo. Revisaron escenarios casi todos inviables hasta que se decidieron por un sector afín en el estado Nueva Esparta. ¿Por qué allí? En primer lugar, es un estado clave para abordar el oriente; un poco menos díscolo que otras regiones de Venezuela, donde su capacidad de maniobra es casi nula. ¿Cómo hacerlo en Lara con los liderazgos de Henri Falcón, Orlando Fernández Medina y Alfredo Ramos en la cresta de la ola? Menos en la región andina, en donde gozan de un espectacular rechazo. El Zulia está perdido hace mucho, ni hablar de Carabobo y Aragua con las deplorables gestiones de sus gobernadores. Por eso escogieron el territorio insular; además, era poder contrastar con Henrique Capriles, quien siempre inicia sus periplos por allí. Así que Villa Rosa apareció en el horizonte como salida ante la orfandad oficial. Unas viviendas prometidas desde hace mucho y construidas con premura en los últimos meses le servirían de treta.

Nicolás Maduro llegó a la planificada cita. Mientras se acercaba al barrio arreció el ruido de las cacerolas, no encontraba qué hacer ante la furiosa avalancha popular. La misma rodeó a los anillos de seguridad, que fueron rebasados por un pueblo enfurecido. Fueron llegando hasta que las cacerolas expresaron la rabia de una región engañada y sin lo básico para vivir adecuadamente. En los humildes habitantes de Villa Rosa se reflejó la verdad que difunden todos los estudios de opinión. Un colérico presidente quiso entrar a debatir con una comunidad que no se dejó amedrentar. Amenazó y casi entra en una diatriba estéril que desdice mucho de su condición de presidente, la valentía popular fue repelida llevando presos a humildes ciudadanos que dejaron de creerle y lo manifestaron ruidosamente.

Los videos de un hombre huyendo como gato apaleado son la comidilla del día en muchos lugares. No solo decayó en popularidad; sino la respetabilidad que genera el cargo entre los gobernados, eso es tan dramático como perder los estribos y encarcelar a quien ya no se siente representado por el huésped de Miraflores. Estamos viviendo los últimos instantes de un régimen que implosionó. Su declive es tan ostensible que ya pocos miembros del Gobierno lo niegan, solo es momento de saber hacer las cosas para que la transición sea en paz y con plenas garantías democráticas.


Alexander Cambero

alexandercambero@hotmail.com
@alecambero

Columnistas

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