Las palabras del dictador

Las palabras del dictador

En realidad, para regímenes como el de Venezuela, las constituciones son un estorbo.

08 de noviembre 2016 , 06:32 p.m.

Dispara con palabras llenas de infamia, y ha hecho del insulto su mecanismo de perpetuación en el poder. Dichos agravios los adosa con el músculo portentoso de un dominio arrebatador y obsceno, que se ofrece para trasgredir cualquier forma civilizada de cohabitar con los que piensan distinto. Hace algunos días proclamó: “Ni con votos ni con balas la oposición volverá a Miraflores”, ese es el magnífico ejemplo democrático de este señor. Es el mismo hombre que nos invita a dialogar para buscar una salida.

Ese dispositivo de agresiones permanentes es lo que alimenta su manera de concebir el poder. Cree que el Estado es una concesión divina que obtuvo del listón sucesorio de Hugo Chávez. Para quien solo tiene como mérito el haber sido incondicional del presidente fallecido, que lo cuestionen por diferentes causas, no le hace mella al gran saqueo que auspicia desde el solio miraflorino. Existe una profunda identificación entre la corrupción y la manifiesta incapacidad de su gobierno; son las aguas putrefactas que se acarician en las cuencas del abismo. Se revuelcan las bajas pasiones entre la sordidez del indecoro que somete a la salud de la república. Esa pérdida de honorabilidad desnuda todo un cuadro de hondas inmoralidades, las cuales esconden detrás de una constitución que solo es un papel que violentan a cada rato. Carta Magna aplastada por aquellos que pontifican sobre ella, pero que la liquidan con sus acciones. En realidad, para este tipo de regímenes, las constituciones son un estorbo.

Como pedruscos macizos: las palabras del Gobierno se hicieron duras cortezas de abusos. Se aferraron al poder para abusar de manera inmisericorde con lo que ello conlleva. El ungido por el muerto se transformó en un dictador obeso y lerdo que camina con la dificultad que supone su rolliza figura. Un verdadero monumento a los excesos alimenticios en sus festines gastronómicos. Su traje de dictador es dilatado ante la dificultad que tienen los principios democráticos para poder conseguirle talla a semejantes iniquidades totalitarias. Se alimenta de los erarios públicos sin ningún tipo de escrúpulos. Hace alardes de su buena fortuna utilizando su amplia red informativa para burlarse de un pueblo que no tiene la fortuna de vivir espléndidamente como él. Es verdaderamente una agresión mostrarse en televisión como un rey lleno de manjares en un palacio de cristal, mientras miles de venezolanos rebuscan sobras en los basureros. Son los extremos de una nación en donde una élite revolucionaria somete a la mayoría a vivir como pordioseros.

Son párrafos resecos de un discurso estéril. Una gestión infértil que cayó en el pedregal de una ideología contaminada con el germen de la mentira. El socialismo tiene la enfermedad terminal de un proceso que deterioró todos sus caminos. Palabras tan huecas que dentro de ellas caben todas sus mentiras. Desgraciadamente, en esa enorme oquedad entró un país que creyó en el peor azote de su historia, entró casi sin percatarse de que detrás de la puerta estaba su infierno.


Alexander Cambero

alexandercambero@hotmail.com
Twitter: @alecambero

Columnistas

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