Tigres o tortugas
Por: ADRIANA LA ROTTA | 7:38 p.m. | 24 de Junio del 2011
HONG KONG. Hace ocho años, cinco meses y veinticinco días aterricé por primera vez en Asia. Durante algunos de esos años escribí regularmente un blog en el que conté anécdotas, comenté noticias y relaté viajes, como una especie de antídoto a la soledad que a veces se siente cuando se está tan lejos de la patria y de los afectos.
Ahora que me preparo para dejar Asia y volver a vivir en Occidente me alegro de haber escrito esas letras, porque la memoria no es de fiar y la vida práctica, con sus trámites y procedimientos, tiene el mal hábito de desalojar los recuerdos.
Hay un momento, sin embargo, del que posiblemente nunca me voy a olvidar, aunque jamás lo haya puesto por escrito. Fue un lunes por la mañana en Tokio, muy poco tiempo después de haber llegado a la ciudad, cuando por primera vez me subí a un tren atestado de pasajeros.
Sofocada entre dos oficinistas, miré a mí alrededor y me di cuenta de que estaba naufragando en un mar de orientales. Hasta donde alcanzaba la vista, yo era la única alienígena en el planeta desconocido y asustador al que acababa de llegar. Sentí tanto miedo que me quedé paralizada y juro de todo corazón que no entiendo cómo no me desmayé.
Cuando vuelvo a ese momento y me pregunto qué fue lo que me aterrorizó, la respuesta es simple: yo sabía muy poco de Asia, en especial de la porción al este del continente que se conoce como el Lejano Oriente. Venía cargada de ignorancia y de prejuicios y, lamentablemente, esa es una posición en que los seres humanos nos encontramos con frecuencia.
Hoy estoy lejos de ser una experta, pero sé lo suficiente para entender que este siglo será muy distinto del que lo precedió y que si las profecías sobre el futuro crecimiento de Asia se cumplen, es mejor que empecemos a familiarizarnos con este continente.
Según el Banco Asiático de Desarrollo, a mediados de este siglo, Asia será responsable de más de la mitad del producto interno bruto, el comercio y la inversión de todo el planeta. En medio de la desaceleración mundial, esta región ha seguido en la trayectoria del crecimiento y debemos agradecer que sea así, porque ha jalado a todo el resto.
Creo que es importantísimo seguir tomándole el pulso a China y superar la imagen del gigante asiático como una gran fábrica de baratijas. Cada año se gradúan en China seis millones de universitarios y muchos de ellos van a trabajar a compañías como BGI, una empresa de Shenzhen que se dedica a la investigación del genoma humano y que es líder mundial en su campo. Detalle: la edad promedio de los empleados de BGI es de 23 años.
Cuando llegué al Oriente tenía tanto que aprender, que lamento no haberlo hecho de manera más ordenada y provechosa. Aun así, creo que al cabo de ocho años puedo destilar al menos una lección: la educación ha sido una de las claves del crecimiento asiático de las últimas décadas.
La transformación ha provenido no solo de gobiernos como el chino o el indio, que hacen genuinos esfuerzos por democratizar el acceso a la instrucción, sino también de los individuos, que la ven como un medio seguro para acceder a un futuro mejor. Hace 40 años, el promedio de escolaridad de los países más pobres de la región era de cuatro años, mientras que el año pasado llegó a casi ocho.
Ningún país puede crecer de manera acelerada sin contar con una mano de obra calificada. En Asia, estudiar es un valor y todo el que puede lo hace con empeño. Los latinoamericanos tenemos todo para alcanzar a los tigres, los dragones y los elefantes del Oriente, pero no lo haremos mientras nuestros sistemas educativos y nuestros valores se muevan a paso de tortuga.
A partir de julio, Adriana La Rotta escribirá sus columnas desde Nueva York.
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