Pasaje a la India
Por: ADRIANA LA ROTTA | 8:08 p.m. | 07 de Enero del 2011
KAKALWADA (India).
En una fría mañana del mes pasado, fui con un equipo de 20 funcionarios y voluntarios de una organización no gubernamental que trabaja en proyectos de educación a la aldea de Kakalwada, en Rajashtan, noroeste de la India.
La idea del viaje era crear una conexión entre los voluntarios que todo el año hacen proselitismo, organizan eventos y recogen fondos para esta ONG en lugares como Bélgica, Canadá o -en mi caso- Hong Kong y los niños que patrocinan con sus campañas.
Un grupo de treinta alumnas de la escuela local de Kakalwada nos esperaba. Las niñas estaban descalzas, pero impecables en sus uniformes de color azul claro, y ni bien llegamos, empezaron a hablar sin ninguna timidez de su vida cotidiana, de sus materias favoritas y, sobre todo, de sus planes para el futuro.
En un país en donde las castas sociales siguen determinando las vidas de muchos de sus habitantes y casar a las hijas adolescentes es práctica común, aquí estaban estas jovencitas demostrando que no solo eran buenas para matemáticas y lenguaje, sino excepcionales en el arte de imaginarse una vida mejor que la que tuvieron sus madres.
Sabiendo que se han criado en un medio pobre y limitado, sin acceso a televisión o teléfono celular y mucho menos a Internet, me asombró que tuvieran tanta confianza en sí mismas y que no se dejaran intimidar cuando la conversación entraba a terrenos más delicados, como los cambios del cuerpo en la adolescencia o los riesgos de contagio del VIH.
Esas niñas no se ganaron la lotería de la vida como nos pasó a otros, que nacimos y crecimos en familias que entendían la importancia de la educación y tenían los recursos para costearla. Pero sí tuvieron la fortuna de entrar en el radar de Room to Read -así se llama la ONG-, que implementa programas para aumentar el alfabetismo y mejorar la calidad de la instrucción en los estados más pobres de la India y en ocho países más de Asia y África.
Además de las materias convencionales, como historia o ciencias naturales, las estudiantes de Kakalwada hacen talleres de salud y reciben entrenamiento para pensar de manera crítica y aprender a tomar decisiones inteligentes. Es un programa bautizado 'herramientas para la vida' y no puedo imaginar un activo más valioso para las niñas y jóvenes de todo el mundo que saber cómo ampliar sus horizontes e identificar las oportunidades que se les presentan. Otras tres mil niñas de aldeas remotas y tugurios de la India están cubiertas por esta iniciativa y un total de diez mil se benefician en todo el mundo.
A pesar del impacto que tiene, este proyecto educativo es una gota de agua frente a la terrible realidad de que el 42 por ciento de las mujeres que nacen en los países en desarrollo, nunca llegan a ir al colegio.
La tragedia es que todos los estudios demuestran que cuando una niña recibe educación, cambia no solo su vida y la de su familia, sino la de toda su comunidad.
El analfabetismo en India no se limita a las mujeres. Según las Naciones Unidas, 35 por ciento de todos los analfabetos del mundo están en ese país y, a no ser que se produzca un cambio dramático en la tendencia, a mediados de este siglo ese porcentaje será del 50 por ciento.
Frente a semejante desafío, es fácil caer en el desaliento, pero yo creo que hay otro camino. La batalla contra el atraso es librada a diario, en salones de clase descascarados sin tableros ni pupitres, por alumnos ansiosos por aprender y profesores que tienen pasión y no apenas una obligación.
Los que salimos favorecidos en la lotería de la vida tenemos el deber moral de ayudar a esa causa. Después de todo, haber nacido donde nacimos y no en una aldea miserable en el norte de la India no fue cuestión de mérito, sino única y exclusivamente de suerte.
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