Diplomacia vs. garrote
Por: ADRIANA LA ROTTA |
NUEVA YORK. Una de las columnas más comentadas y compartidas entre los lectores de prensa norteamericana ayer fue escrita por Liz Cheney, hija del ex vicepresidente republicano Dick Cheney. La columna contiene un recuento demoledor de todas las instancias en las que el presidente Obama les falló a sus aliados internacionales, otras en las que se disculpó por las acciones ordenadas por sus predecesores -especialmente las guerras en Irak y Afganistán- y hace una lista de las decisiones presidenciales que, según la columnista, han fortalecido a los enemigos de Estados Unidos.
Obama ha llevado al país a un estado de postración en materia de política exterior, sostiene Liz Cheney, en que ni sus aliados lo respetan, ni sus enemigos le temen.
Sea que esté uno de acuerdo o no, la columna es importante porque, transcurridos casi cuatro años del término de la administración de George W. Bush, uno puede empezar a preguntarse si realmente es buena idea tener en la Casa Blanca a un presidente como el actual, que cree en el poder de la diplomacia suave, o sería mejor tener a uno como Bush, que le apuesta al poder del garrote.
¿Será que los hechos de estos días -las protestas contra embajadas estadounidenses que produjeron, entre otras cosas, la muerte de cuatro diplomáticos en Libia- le dan la razón a Cheney?
A los partidarios de esa postura habría que recordarles que los atentados contra las Torres Gemelas se produjeron durante una administración que creía más en la imposición que en la conciliación. Si a Obama se lo acusa de estar defraudando a sus socios, es bueno acordarse de que la antipatía universal que engendró el presidente Bush fue responsable de que ninguno de sus aliados en Occidente, excepto Gran Bretaña, lo apoyara plenamente en la invasión de Irak. Dicho sea de paso, la asociación con Bush le costó al primer ministro Tony Blair no sólo el puesto, sino hasta cierto punto su lugar en la historia.
El gobierno estadounidense no se ha beneficiado del desprestigio generado por la constatación de que la tortura fue moneda corriente durante la pasada administración, ni tampoco le ganó amigos entre los gobiernos extranjeros que el secretario de Defensa de la época, Donald Rumsfeld, declarara que había dos Europas, una vieja y una nueva, y la que valía la pena era la que apoyaba sus métodos guerreristas.
Al tiempo que ha aplicado la diplomacia suave, el gobierno de Barack Obama ha tenido éxitos resonantes, como la muerte de Osama Bin Laden y la transición democrática en varios países del Medio Oriente. La posición norteamericana en el tema Israel-Palestina tiene muchos más simpatizantes a nivel global que la persistencia de su antecesor en ver únicamente un lado del conflicto. Y no hay duda de que si bien Obama no ha dado una cantidad enorme de atención a América Latina, al menos la relación es mucho menos contenciosa y hay menos intervencionismo del que hubo en el pasado, cuando éramos literalmente el patio trasero del Tío Sam.
Es difícil saber cómo los eventos de los últimos días van a afectar el resultado de las elecciones de noviembre. Se sabe, eso sí, que el Partido Republicano va a jugar bien esa carta y tratará de propagar la idea de que la actitud conciliadora de la administración Obama ha hecho de su país, y hasta cierto punto del resto del mundo, un lugar menos seguro.
Ojalá que la idea no pegue, porque sería un retroceso. Desde que asumió el cargo como cabeza de la diplomacia estadounidense, la secretaria de Estado, Hillary Clinton, ha volado casi 900.000 millas para sentarse frente a frente con líderes de todos los continentes, en un esfuerzo incansable por convencer y conciliar. Ahora menos que nunca, el mundo necesita un regreso al reino del garrote.
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