En sus justas proporciones

En sus justas proporciones

La gente se da más cuenta de que hay corrupción cuando se está haciendo algo para combatirla.

23 de septiembre 2017 , 12:00 a.m.

La corrupción es un problema, pero hay otro igualmente serio. “Aunque el campo está lleno de información empírica, hasta el día de hoy no hay un solo indicador que aborde la existencia de corrupción en forma comprensiva y precisa”, escriben los politólogos Kevin Casas-Zamora y Miguel Carter en un importante reporte sobre el fenómeno de la corrupción en Latinoamérica, publicado en febrero de este año por el Diálogo Interamericano. El reporte ‘Más allá de los escándalos’ da una necesaria y oportuna perspectiva regional sobre el tema que ocupa a los colombianos –en esta semana más que en ninguna otra– tras el encarcelamiento sin precedentes de un expresidente de la Corte Suprema de Justicia.

Entre las preguntas que el estudio responde hay una muy relevante: ¿hay más corrupción o lo que hay es más visibilidad y más rechazo público a la corrupción? La estadística disponible, según el reporte, no muestra que los niveles generales de corrupción hayan subido en Latinoamérica. Lo que sí ha cambiado es que hay más transparencia y menos tolerancia del flagelo y que las expectativas que tienen los ciudadanos con respecto a la integridad de las ramas del poder se han elevado.

En el 2006, escriben los autores, uno de cada cuatro latinoamericanos creía que pagar coimas estaba justificado bajo determinadas circunstancias. En el 2014, esa proporción había cambiado a uno de cada seis latinoamericanos, es decir, menos del 17 por ciento de los habitantes de la región creían en ese momento que los sobornos eran justificables. El estudio resalta también que la región ha pasado por dos décadas de cambios en políticas públicas, desarrollo institucional y fortalecimiento de los mecanismos de rendición de cuentas, que podrían ser en parte responsables por la ola anticorrupción que parece ir en aumento.

Ese efecto contraproducente de la lucha anticorrupción genera inestabilidad, pero es transitorio y, aunque no hay que celebrarlo, tampoco hay que sobredimensionarlo

Quise rescatar apenas algunos aspectos de este trabajo juicioso porque, como bien se señala en su prólogo, la gente se da más cuenta de que hay corrupción cuando se está haciendo algo para combatirla, lo cual produce la sensación de que las cosas están peor, cuando en realidad están mejor. No tengo duda de que esto se aplica en el caso colombiano.

Las acusaciones que tienen en la cárcel al exmagistrado Francisco Javier Ricaurte, una entre varias figuras públicas que se suponía debían ser ejemplo de probidad, son escandalosas. Es apenas natural que el país esté escandalizado en el grado en que lo está. Pero el riesgo que se corre cuando hay más transparencia sin que haya estadísticas que muestren la verdadera dimensión del problema es que la parte se vuelve el todo y, en lugar de un paso en la dirección correcta, la lucha anticorrupción se vuelve sinónimo de falencia general del sistema.

Que pase esto es quizás inevitable, y el estudio al que hago referencia señala la desigualdad económica como una de las razones por las cuales el destape de ollas podridas causa inestabilidad política. Es vista, en últimas, como una evidencia más de que el sistema existe apenas para favorecer a las élites.

Ese efecto contraproducente de la lucha anticorrupción genera inestabilidad, pero es transitorio y, aunque no hay que celebrarlo, tampoco hay que sobredimensionarlo. Sobre todo, no debe ser manipulado por quienes quieren crear un escenario de crisis generalizada para sacar amplios réditos políticos.

ADRIANA LA ROTTA

Columnistas

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