Vasos rotos

Vasos rotos

Está subvalorado el no hacer nada, y nadie envidia la vida del jubilado, ni siquiera ellos mismos.

03 de junio 2017 , 12:00 a.m.

En la sección de cartas al director del diario El País publicaron el siguiente texto: “Ayer se me cayó un vaso de cristal y se rompió. Lo cuento aquí porque, como hay tanta gente que lo cuenta todo por Twitter y demás redes sociales, he pensado que también podría interesar a los lectores de este periódico. Hoy se me ha caído un vaso de cristal, y después he tenido que recogerlo”. Lo firma Gonzalo Sánchez Marín, de Sevilla, se titula ‘Se me ha roto un vaso’ y es lo más bonito que he leído en mucho tiempo.

Es posible que Gonzalo no exista y que la carta la haya redactado un desocupado, solo para burlarse de quienes registramos en internet cada idea y cada evento. Sin embargo, me gusta pensar que Gonzalo es un señor viejo y solitario, un viudo al que los hijos no lo llaman ni para pedirle dinero y que, además de no tener mucho contacto con el mundo digital, no tiene nada más importante que hacer que levantar un vaso roto para aferrarse a esta vida.

Falso o real el episodio, eso es lo que hacen los famosos o quienes tenemos delirio de tales: compartir si nos comemos un helado o si vamos al mar. Nada más hace un par de semanas fue el día de la madre, y muchos las presentaron en redes como si fueran los Kardashian. Si a la gente le interesara conocer a nuestra madre, iría a visitarla. Eso sí, nunca ponemos la foto del día que lavamos ropa ni la del domingo que nos quedamos en pijama. Compartimos el paseo, la fiesta, no la cotidianidad.

Entre postales de cumpleaños, graduaciones y parejas de enamorados, se nos olvida que la vida tiende a carecer de emociones fuertes, pero no por eso deja de ser bella

Encima, nos cuesta aceptar públicamente que no hay nada que hacer, en especial si es viernes en la noche. A mí me preguntan qué voy a hacer y siempre improviso la respuesta: anuncio una comida o un cumpleaños, cuando la verdad es que por lo general ni para recoger un vaso roto, tengo porque los he comprado de plástico para evitar inconvenientes.

Quien está solo muchas veces inspira lástima y es visto como un perdedor, por eso me invento planes así me quede en casa. Debo hacer una vuelta, me invitaron a un matrimonio, tengo la despedida de un amigo. Mentira todo. A esta edad, los amigos que se tenían que ir de Colombia ya se fueron, ya nadie se casa y tampoco nadie se muere.

Ahora, los viernes en la noche reviso los neumáticos de mi bicicleta, le engraso la cadena y me acuesto temprano, diga usted tipo nueve, para poder salir al día siguiente, cuando aún está oscuro, a pedalear hasta donde me den las piernas. A veces lo hago acompañado, pero casi siempre prefiero montar solo. Y de sábado a domingo hago exactamente lo mismo.

Eso sí, si me interrogan por mi fin de semana respondo por reflejo que estuve con amigos. En viernes prefiero la soledad a la fiesta, pero luego veo a la gente colgando videos riendo y bailando, y no puedo evitar sentirme como un miserable así la haya pasado bomba por mi cuenta.

Entre postales de cumpleaños, graduaciones y parejas de enamorados, se nos olvida que la vida tiende a carecer de emociones fuertes, pero no por eso deja de ser bella.
Un amor por acá, un viaje por allá, una aventura de vez en cuando, pero por lo general es monótona. Está subvalorado el no hacer nada, y nadie envidia la vida del jubilado, ni siquiera ellos mismos. Raro, si una vida sin sobresaltos es un mundo lleno de oportunidades.

Cuentas por pagar, cuentas por cobrar, hablar con tu madre, que la tienes olvidada, lo mismo que a tu hermana. Contestar correos, regar las plantas, cambiar un bombillo, enviar propuestas, almorzar por trabajo, comer con un amigo, dormirse temprano. Hay que ser fuerte, que la monotonía de la vida no para; y encima, pasado mañana ya es lunes.

ADOLFO ZABLEH DURÁN

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