Nosotros, los buenos

Nosotros, los buenos

Si era cuestión de inventar, ¿por qué no decir que nuestro himno era el mejor del mundo y ya?

30 de diciembre 2017 , 12:00 a.m.

Salió en The Economist un artículo sobre los doce himnos más bonitos del mundo. Sudáfrica, Rusia y Uruguay, en el podio; más allá, Brasil, Japón y Ucrania; Gales y Francia, cerrando. Ni idea de en qué se habrán basado, pero ni asomos del colombiano. Y es raro, porque toda la vida crecimos con el cuento de que el nuestro era el tercero, después del de Estados Unidos y el de Francia. Y si este ranking hecho por la revista es real, el que nos colgaba la medalla de bronce fue un mito porque nunca nadie lo vio.

Si era cuestión de inventar, ¿por qué no decir de una vez que nuestro himno era el mejor del mundo y ya? ¿Qué necesidad de ponernos de terceros? ¿Para que la mentira fuese más creíble? ¿Por eso también dijimos que perdíamos ante dos potencias para no sentirnos tan mal, o para creernos que de alguna manera éramos como ellas? Aunque parece que no somos los únicos. En las reacciones al artículo salieron comentarios en los que se descubrió que en México, República Dominicana, Ecuador y Chile crecieron tan engañados como nosotros.

Fieles a nuestra estirpe, no podíamos ser primeros ni en nuestra propia mentira. Virreinas en Miss Universo, subcampeones en las grandes vueltas ciclísticas, nos suele faltar el ingrediente secreto para ganarles a todos, y el asunto es que a fuerza de logros en reinados y eventos deportivos nos hemos creído que somos la clase media del mundo, cuando la realidad es que vivimos en un solar.

Aparte de la clasificación del país más feliz del mundo, que tampoco ni idea de por qué figuramos ahí, el único ranking mundial que lideramos es el de desplazados internos. Eso según la ONU, que no será gran cosa, pero es lo mejor que tenemos para medir esas vainas.

Fieles a nuestra estirpe, no podíamos ser primeros ni en nuestra propia mentira. Nos suele faltar el ingrediente secreto para ganarles a todos.

¿Cómo pudimos vivir engañados tanto tiempo con eso del himno? ¿Han oído bien la letra? Está llena de frases intragables. Once estrofas y un coro que, en total, duran 17 minutos, lo mismo que In A Gadda Da Vida, para que calculen. Si fuera bonito, lo viviríamos oyendo por gusto y no porque nos lo ponen en la mañana y en la tarde, siempre a las seis. Si fuera placentero de oír, y de cantar, Shakira no hubiera dicho “la libertad de ublime”.

Lo que da tranquilidad es que no solo es el nuestro; los himnos son feos. Los de los países, departamentos y ciudades, los de los equipos de fútbol, los colegios y los religiosos. Y no porque suenen bien o mal, sino porque no dicen la verdad y enaltecen unos valores que no sé si tengamos. No solo nos hacen creer en cosas como Dios y la patria, sino que, de paso, nos ponen a matarnos por ellas.

Más que himnos, lo que habría que analizar es por qué siendo como somos nos creemos buenas personas y estamos convencidos de que somos parte de la solución y no del problema. Decimos que el mundo está contaminado, pero siempre con ese tono de que lo ensuciaron los otros. Nuestra basura, nuestras bolsas plásticas, nuestros electrodomésticos viejos no le han hecho daño al planeta. Lo mismo pasa cuando nos metemos en un trancón. Los que congestionan la vía son los demás; nosotros, en cambio, no armamos trancón, tan solo estamos ahí de paso.

Pasa específicamente con los colombianos, que, encima, tenemos vocación de víctimas. No solo creemos que ser fiesteros es una virtud y confundimos el folclor con recocha, sino que juramos que el mundo nos odia. Por ser colombiano, Zidane sentaba a James, y por ser colombiano también le anularon el gol a Yepes. Nos creemos lo máximo y somos incumplidos, flojos, deshonestos y no tenemos palabra. Les exigimos a los demás una rectitud que nosotros no estamos dispuestos a cumplir, y cuando cometemos un error no nos excusamos sino que nos justificamos.

Y, encima, tenemos el mejor himno del mundo; otra cosa es que la comunidad internacional nos acabe de robar una vez más un título que merecíamos.

ADOLFO ZABLEH DURÁN

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