Jesús

Jesús

Hay tanto odio en el mundo que la única salida es empezar a amar de nuevo y acercarse al otro, no para juzgarlo sino para entenderlo, que es una gran forma de entendernos a nosotros mismos.

12 de agosto 2016 , 07:35 p.m.

Mi abuela materna era una buena mujer, pero tenía sus cosas. Era racista y homofóbica, además de clasista. Estaba también cerrada a los cambios y solo le gustaban las cosas a su manera. Rechazaba lo que se saliera del libreto y usaba la frase “Como Dios manda”. El único rasgo de modernidad que le recuerdo es que jugaba básquet en el colegio, según me contó una vez.

Nació en 1914 y fue educada bajo un severo catolicismo, así que otra cosa no se podía esperar. Lo chistoso es que más de un siglo después haya gente más cerrada que ella. Con mi abuela ya no puedo, pero me gustaría saber qué piensa la gente que cree que la homosexualidad es una enfermedad contagiosa y que se puede curar. En un mundo donde moverse a través del amor y la tolerancia es la salida, muchas religiones han escogido el miedo y la manipulación. Ese es el tema con algunos católicos, que acomodan a su conveniencia, por eso han convertido el mensaje incluyente de Jesús en una cruzada contra lo que no les cabe en la cabeza.

Porque la homofobia es un retraso. No porque las preferencias sexuales de una persona difieran de las de otra y eso cause incomodidad, sino por no poder reconocer que el mundo es diverso; la vida, cambiante; y que la única salida es aceptar aquello que existe y ver de qué manera se implanta en la sociedad para convivir en paz. Amar y entender es el reto de todos, especialmente de aquellos que se consideran religiosos. Amar lo diferente, digo, porque amar lo que es igual a uno es muy fácil, no requiere de esfuerzo ni vuelo intelectual. Las mentes de vanguardia no juzgan, más bien entienden y se adaptan, pero parecen ser las menos. El odio se esparce rápido mientras que el amor es difícil de contagiar, de ahí que el discurso de Jesús sea tergiversado y de corto alcance.

Cuando la gente es reprimida, su cabeza es cosa miedosa. Y la entiendo, enfrentarse a uno mismo es lo más difícil, sale más barato echar tierra encima y seguir viviendo como si nada, aceptando el orden establecido. Por eso es clave entender que las cosas no son inmutables y que el cambio es vida. Lo que no se reforma muere. La vida no es “así”, la vida es lo que uno hace de ella, leí alguna vez.

El debate sexual lo hemos llevado a un nivel muy bajo. Pero también el religioso, el de la paz, y el de cualquier tema que se nos cruce. No podemos mantener la altura. Y somos homofóbicos, segregacionistas, racistas, violentos, cerrados. Por eso esto no es Japón ni Alemania. Por eso no figuramos en economía ni en deportes, no pesamos en el mundo, nuestra moneda no vale. Por eso tenemos guerra, desplazados y altas tasas de criminalidad en lugar de filósofos, científicos y orden. Por eso la justicia no anda, porque nos encanta cagarnos en el otro, especialmente si es diferente.

Crecimos en un sistema católico y heterosexual. Ser una cosa, la otra o ambas está bien, pero no implantado a la fuerza porque pocas cosas impuestas a la brava permanecen. Hoy se siente un cambio de orden y es imparable. Va a pasar, no lo duden. Todo lo que surge decrece, y le pasará en su momento a esto nuevo que se está cocinando. Es la ley de causa y efecto, que es universal, y no hay drama en ello. Sería fácil de entender si en vez de la Biblia leyéramos historia y física.

Hay tanto odio en el mundo que la única salida es empezar a amar de nuevo y acercarse al otro, no para juzgarlo sino para entenderlo, que es una gran forma de entendernos a nosotros mismos. El mejor negocio es ser buena onda y aplicar el manual de convivencia más simple y claro que existe: no joderles la vida a los demás. Esto lo van a malinterpretar muchos lectores, y varios se van a zafar con insultos, pero no importa; estoy acostumbrado a que no entiendan mi mensaje. Soy Jesús.


Adolfo Zableh Durán

Columnistas

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