Es la gente

Es la gente

No es Uribe, es la gente. Él es apenas el canal, el reflejo de lo que somos.

28 de julio 2018 , 12:00 a.m.

No es Uribe, es la gente. Él es apenas el canal, el reflejo de lo que somos. Mientras para los que no simpatizan con él es una desgracia, para sus seguidores es un gran líder. Y lo es porque condensa lo que ellos ven en sí mismos. En su cuerpo vive ese país rezandero, guerrerista y feudal de ideas retrógradas que se niega a las reformas.

Esa gente siempre ha estado escondida. Un día apareció Uribe y la aglutinó, le dio voz, la hizo fuerte. Ambos se alimentaron del otro y crecieron juntos. Y, a menos que aparezca otro líder, el día que Uribe no esté volverán a diseminarse porque su forma de pensar es obsoleta para un mundo cada vez más progresista. Sus seguidores más fieles volverán a sus cavernas y sus fincas y, aunque ya no serán tan fuertes, aguantarán hasta que sea la hora de aparecer de nuevo. Mientras, educarán así a sus hijos, aleccionarán desde las iglesias, operarán desde grupos violentos.

Lo del líder que lo reemplace no veo cómo, si él mismo se ha rodeado de borregos y extremistas que no le llegan ni a los tobillos, carentes de sus aptitudes y su carisma. Y Uribe no solo se ha encargado de que nadie le haga sombra, sino de dividir el país. Esta polarización de hoy se la debemos a él, no exclusivamente, pero sí en gran parte; por eso y por otras cosas no es considerado por muchos un gran líder.

Un día la historia le pasará factura por haber incendiado una nación en lugar de llevarla por buen camino, como le correspondía a una persona de sus capacidades. Uribe es de alguna manera un talento desperdiciado.

Un día la historia le pasará factura por haber incendiado una nación en lugar de llevarla por buen camino.

Pero, insisto, él es solo la cara, no la enfermedad. La enfermedad son los retrógrados que se oponen al cambio, que ponen la fe por encima de todo, que son inflexibles, odian lo diferente y creen que las cosas tienen que ser de cierta manera y que no hay discusión al respecto.

Se llaman a sí mismos gente de bien y creen que defienden los valores, pero sus valores son una cantidad de tradiciones cuestionables. Son permisivos con ciertas cosas e intolerantes con otras. No soportan la delincuencia común, pero hacer del crimen una industria estatal de saco y corbata es aceptable. Rezan mucho los domingos, pero pecan en viernes; con licor, eso sí, porque consumir droga (al menos de frente) está mal. Promueven el matrimonio católico porque pareja que no sea bendecida por la Iglesia está pecando, pero no le ven problema a tener amantes a escondidas.

Creen en Dios, pero rompen sus mandamientos a conveniencia y sin asco. Piensan también que la homosexualidad es una enfermedad que se cura con exorcismos. Están en contra del aborto porque la vida es sagrada, pero, una vez nacida, la gente es dispensable y sirve muy bien como carne de cañón. En realidad no defienden la vida y la buenas costumbres, defienden sus privilegios y la propiedad privada.

Así no anden armados y con escoltas, tienden a resolver los problemas con violencia disfrazada de intercambio de ideas. Y no me refiero a hablar con ellos, que eso es perder el tiempo, sino a los foros en internet. Muchas veces creo que allá no discuten seres humanos sino robots porque, aunque exista, me niego a creer que aún hay gente que no solo piensa así, sino que expresa sus ideas de manera tan torpe.

Por pensar como piensan, le justifican y le celebran todo a Uribe y tampoco dejan que lo toquen, porque desacreditarlo sería desacreditarse a ellos mismos, cuestionar todo en lo que creen, y esa no es una posibilidad.

No sé si Uribe termine en la cárcel y no tengo claro si eso importe ya, lo que sí noto es que está decayendo y que cada vez está más cerca el día en que quede como quedan todos los que alguna vez fueron admirados por muchos: como un objeto decorativo que solo sirve para tomarse fotos con él.

ADOLFO ZABLEH DURÁN

Columnistas

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