El plástico

El plástico

Abstenerse de usar bolsas plásticas puede que ayude al planeta, pero no sé si alcance a salvarlo.

08 de abril 2017 , 12:00 a.m.

Hace poco compré tres pendejadas en una de esas tiendas de bomba de gasolina y cuando pedí bolsa me dijeron que no, porque había que proteger el planeta. Antes de pedir que me devolvieran la plata porque no pensaba cargar esas vainas en la mano, miré los ojos de la cajera y supe que esas no eran sus palabras. Como si estuviera poseída por un demonio, quien hablaba no era ella, sino un ente que la había adoctrinado. Al final gané la pelea y me dieron una bolsa, aunque sé que dentro de poco tendré las de perder y bolsa que quiera tendré que pagarla.

Esa campaña para reducir el uso de bolsas plásticas parece sospechosa. No sé qué hay detrás, pero no es la conservación del medioambiente. Abstenerse de ellas puede que ayude al planeta, pero no sé si alcance a salvarlo. Mientras usted cierra la llave de la ducha para enjabonarse y decide usar una sola bolsa para cargar las compras por el resto de su vida, en China, por nombrar un país que produce mucho de lo que el mundo consume masivamente, está acabando con esto, al punto de que los medidores para determinar el grado de contaminación ya no alcanzan a registrarlo. No se trata de tomarse licencias y decir que si el otro no cuida, nosotros tampoco, pero no sobraría que los grandes contaminadores asumieran el compromiso ecológico con la misma seriedad de los ambientalistas de casa. Ahí sí veríamos un cambio.

Las bolsas las van a empezar a cobrar, y será perfecto porque será el cliente, y no los negocios, quien tenga que pagar por ellas.

Más que salvar el planeta, lo que queremos es sentirnos bien, por eso renunciamos a las bolsas, compramos electrodomésticos ahorradores de energía y protestamos contra la minería, como si quienes consumieran lo explotado fueran los demás, no nosotros. Nunca me ha gustado tomar con pitillo porque no alcanzo a sentir los sabores, pero ahora siempre pido uno solo para ver la cara de los que están en la mesa. Satanizamos bolsas y pitillos, pero no nos trasnocha tanquear el carro, cambiar de celular una vez al año, comprar objetos que vienen con tres y cuatro empaques y tener el clóset lleno de ropa que no necesitamos.

Todo es una alerta: el deshielo de los nevados, lo ocurrido en Mocoa, la proyección que dice que en un futuro el océano tendrá más plástico que peces. Por algo hay que empezar y los esfuerzos individuales son bellos, pero esa indignación selectiva, ese decir que lo malo está mal, pero que a veces lo malo es aceptable, no convence.

Desestimular el uso de las bolsas suena a treta orquestada por alguien muy calculador, como la guerra contra las drogas y el uso de los anillos de diamantes para sellar un compromiso matrimonial, inventado hace poco más de medio siglo por una agencia de publicidad para vender más diamantes. Las bolsas las van a empezar a cobrar, y será perfecto porque será el cliente, y no los negocios, quien tenga que pagar por ellas. Entonces, en vez de ser un gasto será incluso una ganancia, ya que les salen a precio de huevo. Y por ahí entra el Estado, que cobrará impuesto. Ganan los comerciantes, gana el Gobierno, paga el consumidor final, feliz porque siente que ayuda al planeta y, al final, se trata es de dinero también.

Quizá en la vida hay más conspiraciones de las que creemos. Nos sentimos libres y en realidad nos la pasamos adoctrinados por ni idea quién, que con un poco de manipulación logra que hagamos cosas y las sintamos de manera voluntaria. La verdad es que estamos ciegos. Lo entendí hace poco en un concierto al que fui. Al final íbamos como vacas, buscando la salida, pero sin verla. Todos seguíamos al de adelante porque asumíamos que sabía lo que hacía y terminamos en un callejón sin salida, confundidos, buscando el camino a casa a mitad de la noche. En medio de ese caos, conocí a una mujer, y hoy, semanas después, estamos saliendo. Quizá no me perdí.

ADOLFO ZABLEH DURÁN

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