Celebrar lo ordinario

Celebrar lo ordinario

Los triunfos personales son eso, personales, y se disfrutan más en la intimidad

15 de julio 2017 , 12:00 a.m.

Tenemos claro que lo que ha hecho internet es darle repercusión a lo que siempre hemos sido las personas. No es que antes no peleáramos, no dijéramos estupideces ni nos indignáramos, es que lo hacíamos desde la privacidad de la casa. Ahora estamos llenos de megáfonos y los utilizamos para actualizar al mundo de lo que nos pasa.

Y no es que tenga algo de malo, es que ha dejado en evidencia nuestro afán de sentirnos únicos y especiales en un lugar donde la vida está en constante amenaza, pero al menos tiempo abunda. Por ejemplo, cuando llega el día de la madre o Navidad, mandamos mensajes de felicitación colectivos e impersonales, como si fuéramos la familia real británica o el Papa y el mundo estuviera atento a nuestro pronunciamiento en la materia.

Por mucho que pretendamos ser únicos e irrepetibles, la verdad es que, salvo sutilezas o excepciones, somos la misma persona una y otra vez, y a la larga la vida no tiene muchas variables, de ahí que sorprenda que todo lo tomemos como una conquista nunca antes vista. Ahora todo es un reto: madrugar, salir a correr, comer saludable. Somos un ejército de valientes sin épica, sin coraje.

Qué delicia tener casa nueva, buscarla y armarla, pero pasa todos los días, no tiene mucho de especial. Usted se muda, lo comparte en Instagram y de inmediato viene la catarata de felicitaciones como si hubiera escalado el Everest. Es bonito sentir que la vida mejora, bonito también sentir apoyo, pero me pregunto si no estaremos exagerando, celebrando lo cotidiano y hasta lo mediocre.

En el inmenso mar de la mediocridad hacemos lo que sea por destacarnos, por eso hay tanto opinador, tanto influenciador, tanto youtuber

Entiendo que no cualquiera corre 20 kilómetros, lo que no entiendo es que lo celebremos como una hazaña jamás completada, y que encima le digamos 20K. Claramente nuestro tiempo es muy valioso, y esos dos segundos que nos ahorramos los vamos a usar en cosas muy productivas, pero no cuesta nada decir kilómetros, y encima no quedamos como unos tarados. De hecho, en esas carreras les dan reconocimientos a todos los que participan. Si todos reciben medalla, entonces nadie es especial. Lo dicho, la celebración de lo común y corriente.

Hoy le gritamos al mundo que conseguimos trabajo, que tenemos pareja, que compramos carro y hasta que votamos. Luego nos echan (del trabajo y de la relación), nos ponen un parte y el candidato que elegimos resulta siendo un torcido, y ahí sí no anunciamos nada. De todos, los que más me llaman la atención son los que publican el certificado electoral. En la cédula podrán tener más de 18, pero mentalmente no están en capacidad de votar.

A quien monta en bicicleta para moverse en la ciudad lo llamamos héroe, y tener un hijo es visto como un logro, como si no fuéramos miles de millones y cualquier pareja de adolescentes no pudiera hacer lo mismo. Los triunfos personales son eso, personales, y se disfrutan más en la intimidad. En vez registrar la vida del bebé desde la primera ecografía hasta la primera vez que hace popó sin ayuda (me tocó verlo en Facebook), darle mucho amor y guiarlo por buen camino para que el día de mañana anuncie al mundo que halló la cura del cáncer y no que tiene abdominales porque va al gimnasio todos los días.

En el inmenso mar de la mediocridad hacemos lo que sea por destacarnos, por eso hay tanto opinador, tanto influenciador, tanto youtuber. Por eso existe una tendencia, llamada ‘la selfi honesta’, donde el autorretrato que se monta a internet no tiene retoques, como si tocara agradecer el detalle tan original. Por eso también encontramos la noticia de que alguien hizo el experimento de vivir todo el tiempo en una bicicleta, u otra donde un fotógrafo toma imágenes de personas desnudas siendo electrocutadas por una de esas pistolas que tanto le gustan a Francisco Santos. ¿Qué carajos nos pasa? Pues que estamos desesperados y tanta vulgaridad nos va a llevar a la destrucción, eso pasa. Y nosotros, preocupados por Trump y las bolsas plásticas.

ADOLFO ZABLEH DURÁN

Columnistas

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