El hombre del espejo

El hombre del espejo

Vi a un hombre ojeroso, arrugado, barbón, cabellón, lo miré de frente insinuándole un cambio y cambié; desde ahí, no he dejado de hablar con el espejo.

02 de septiembre 2016 , 07:39 p.m.

Nací en un hogar católico, con una madre devota y un padre religiosamente comprensible. Fallecida mi madre a los 8, mi padre me internó donde el Maestro ‘Pepe Rodríguez’, el colegio de mi pueblo; un liberal uribista, pero de Uribe Uribe, con costumbres conservadoras como muchos en Colombia: rezo para acostarse con cabeza gacha, fila para la misa, respeto al superior y santo temor a Dios. Había compuesto a los 5 años una puya indígena, 'Mazamorrita crúa'; pero en el instituto, cero canciones. Ser interno en Cartagena me alegró por contraste y se me desató mi inspiración musical; el viejo Miguel –aunque no quería que fuera músico, admiraba mis décimas, que solía hacer en cartas para pedirle dinero– siempre admiró y me recitaba dos décimas que luego ya mayor llevé al acetato.

Después de mi fracaso como estudiante de ingeniería de la Javeriana, por la ruina de mi padre, volví a mi pueblo a buscar la terrible libreta que no me dejaba trabajar y desaproveché una beca que me ofreció la Universidad de la Amistad de los pueblos de Moscú. Me vinculé luego al Instituto Rodríguez como profesor de elemental, y al sustituirme comenzó entonces mi viacrucis con tres hijos, conociendo así la pobreza absoluta.

La música fue mi salvación; me convertí en intérprete suplente y compositor de planta de Andrés Landero, el cual aproveché para hacer mi juglaría andando por todos los pueblos de la Costa. En una de mis correrías, Landero me llevó a conocer en Algarrobo (Magdalena) a un personaje alcoholizado que dormía en los pretiles, pero con una voz y una nota nostálgica diferente: era Juancho Polo Valencia. Landero le dijo adiós y respondió: “A Dios se le dejan las cosas cuando remedio no tienen”. Cediéndole el acordeón, mi compadre entonó las notas de su obra 'Alicia adorada': “como Dios en la tierra no tiene amigos, / como no tiene amigos anda en el aire, / tanto le pedí y le pido, ay, hombe, / siempre me manda mis males”. Comencé a llorar enternecido por semejante expresión nostálgica.

Llegué impresionado a mi casa y Judith, mi mujer, había comprado un espejo grande y me miré en él; con sorpresa, vi a un hombre ojeroso, arrugado, barbón, cabellón, con canas prematuras a mis 28 años; insulté a la imagen, lo miré de frente insinuándole un cambio y cambié; desde esa ocasión, no he dejado de hablar con el espejo. Comencé debido a los sucesos anteriores a componer un paseo titulado el 'Hombre del espejo', con muchos cuestionamientos religiosos; pero mi vinculación al Pío XII, de monjas, como profesor de matemáticas, me hizo dejar ‘mocha’ la canción.

Invitado este año al Festival Bolivarense del Acordeón, en Arjona (rey de reyes), a mis años vi imposible mi participación, pero me acordé de la frase del barón Pierre de Coubertin en su discurso para las Olimpiadas: “Lo más importante en los Juegos Olímpicos no es ganar, sino participar; porque lo esencial en la vida no es lograr el éxito, sino esforzarse por conseguirlo”. Entonces vino a mi mente la canción ‘mocha’ de mis años mozos; la arreglé, concursé y gané al lado de Romualdo Britto, Rosendo Romero, Sergio Moya, Mateo Torres, Wiston Muegues, Robert Oñate, Chuto Díaz y otros grandes.

Adoso parte de la canción.

Qué es la vida, qué es la muerte /
Se preguntan, yo comento/
La vida pal palenquero es un
sufrimiento /
La muerte lo pone alegre y toca el
‘pechiche’ /
Y yo como soy cristiano, la muerte
me pone triste /
La vieja me trajo al mundo
dicharachero y contento /
No quiero solemnidades, tampoco
me carguen luto /
Que suenen los acordeones y
gaitas para el difunto. /
Coro.
Si me muero, quémenme de la cabeza
a los pies /
Si estoy vivo, quiéranme, soy un
man de buena fe.


Adolfo Pacheco Anillo

Columnistas

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