Vivir con el miedo

Vivir con el miedo

La irracionalidad del terror no tiene límite ni mesura. Las religiones no matan. Matan los hombres en nombre de ellas, de una falsa interpretación.

06 de enero 2017 , 05:24 p.m.

Vivimos con miedo, con angustia, en medio de una zozobra tanto interna como externa. Hace unos días, el año finalizó con un atentado en Bagdag, y el nuevo comenzó con otro en Estambul. Semanas atrás fue en Berlín. Puede ser en cualquier lugar, en cualquier momento. El terrorismo del islamismo más radical nos golpea, pero no lo hace ni con la fuerza ni la brutalidad con que lo lleva a cabo en países musulmanes. Las muertes allí apenas son noticia de unos segundos. Las muertes aquí nos conmocionan, nos rompen. Indiferencia ante lo lejano, no solo física, sino también cultural, social y económicamente.

Todo cambia cuando vemos a nuestras sociedades ser cada vez más vigilantes, más armadas, más preventivas frente al terror. No sabemos si sirve o no, pero nos da un mínimo de tranquilidad, aunque somos conscientes de que en cualquier esquina, el lobo que aúlla de hambre y sed de sangre está dispuesto a matar. Hambre de muerte y violencia, de sembrar el terror.

La irracionalidad del terror no tiene límite ni mesura. Las religiones no matan. Tampoco el islam. Matan los hombres en nombre de ellas, de una falsa interpretación. El islam es tolerancia, es paz. Sociedades desgarradas y fracturadas por el autoritarismo, la corrupción, las diferencias sociales, la miseria, la ignorancia: el caldo de cultivo donde los que nada tienen, esperan y desesperan. Una edad de piedra donde la brutalidad es el santo y seña.

El miedo y el rechazo al islam es un grave error. Pero es lo fácil, lo cómodo, la demagogia que necesitan al final los demagogos de la política. O los que se aprovechan de todo en nombre de la misma. ¿Por qué el mundo árabe y musulmán sufre el desgarro de tanta violencia, caos, desorden, injusticia, desigualdades? ¿Por qué la paz es inalcanzable frente al atropello constante de derechos y libertades que se produce en prácticamente todos y cada uno de los países? No queremos ver, pero homologamos autocracias y monarquías despóticas como si fueran gobiernos legítimos, solo por los intereses de las potencias occidentales y también de una asiática. Poco o nada nos importa lo que sucede de puertas adentro de estos países, donde las personas sufren represión, persecución y negación de sus derechos y libertades, y ni siquiera tienen la consideración de ciudadanos. El cinismo y la hipocresía son tan baratos como falsa es la conmoción que, en apariencia, nos producen las imágenes desnudas de asesinatos y atrocidades.

Pueblos y sociedades que fueron colonizados hasta bien avanzado el siglo XX. Sociedades fracturadas y arbitrariamente sojuzgadas bajo Estados artificiales y concedidos a familias o dictadorzuelos, quienes gozaron del beneficio y la complicidad de las superpotencias en la Guerra Fría y, ahora, de los intereses económicos y la venta de armas. Esa es la única realidad, que acaba generando violencia, muerte, terrorismo, nacionalismo impenitente y radicalización religiosa.

Europa paga indirectamente un precio, vivir y saber vivir con el miedo. Con la angustia, con la certeza de que están ahí esperando para arrodillarnos, golpearnos, asesinarnos. No vale la pena preguntarse siquiera por qué. Lo sabemos bien. Tampoco repetir que desprecian nuestra democracia, nuestros derechos y libertades. Es el odio, la única justificación de una visceralidad irracional, de una impotencia de vida y creencia que es envuelta en sangre inocente derramada.


Abel Veiga

Columnistas

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