Trump, el poder vacío

Trump, el poder vacío

Le falta demasiada humildad, pero también realismo, conocimiento e interés por las cosas.

27 de marzo 2017 , 03:52 a.m.

Si Trump no fuera un ignorante, sabría que tras la vitola del poder, la grandiosidad aparente del cargo, el suyo, tiene más limitaciones como jefe de Estado y de gobierno que cualquier primer ministro de Europa. Acabó de experimentarlo en carne propia en su alocada e interesada idea de deshacer todo lo hecho por Obama, sobre todo en el ámbito sanitario.

No era eliminarla del todo, porque no puede ni le dejarían dejar a millones de norteamericanos aunque sea con una mínima cobertura. Era sucumbir a sus peores pesadillas. Verse al filo de un precipicio, solo, con poder vacío. Porque Trump es simple y lisamente él solo. Sin importarle nadie más. Ni sus intereses. Henchido de orgullo, ha sido incapaz de reconocer su falta de sintonía personal con su propio partido, pero la estrategia es culpar a los demócratas.

El hombre que juega a ser líder no ha sabido negociar, transigir, proponer. La demagogia y la palabrería se enfrentan a un muro, primero de realismo, segundo de intereses en conflicto, tan fuertes o débiles como los propios de él.

La reforma sanitaria lleva implícita muchos intereses contrapuestos, también el de las aseguradoras, la industria farmacéutica y un largo etcétera. Durante décadas, fue la columna vertebral de la concepción más liberal del Estado y la ausencia de cualquier intervención pública.

En Estados Unidos, las políticas sociales tienen un corte y una concepción antagónica a la europea. Pero también un trasfondo político e ideológico más fuerte, el de los límites del Estado mismo y la política frente al desprecio a toda intervención de los poderes públicos en la economía, la educación, la sanidad, etc.

Es simplemente otra concepción, la que hunde sus raíces en los padres fundadores del país. En la ideología más rancia pero sagrada de un país hecho por sus gentes, pero una sociedad anterior a la política misma.

Bien lo saben los Roosevelt, los Johnson y los Obama cuando han tratado de implementar políticas sociales y hacer intervenir al Estado para arrumbar un ‘new deal’.

Obama dio respuesta a un enorme problema que desestructuraba a la sociedad y la discriminaba. Millones de norteamericanos de clase baja, sobre todo, no podían acceder a un seguro y una cobertura médica mínima, ya ni siquiera digna, y con unas contingencias medias.

Trump lanzó un órdago, pero en frente, ante ese todo o nada, no estaban otros empresarios acostumbrados a transigir, callar y esperar a la próxima, tiene a congresistas de un lado y de otro que jamás se rigen por la disciplina de voto monolítica y enemiga de toda libertad de criterio y decisión personal como ahoga la democracia verdadera en otros países, entre ellos el sistema partitocrático español.

En Estados Unidos, un presidente puede no tener partido detrás, ni siquiera al lado. Ese es el caso de Trump. Un presidente con poder vacío, pero aparente. Un presidente sin partido y al que parece importarle poco. Pero que sabe que gobernar no es negociar entre mercaderes. No es lanzar órdagos ni bravuconadas baratas. Y acusando a los demócratas, lanza su verdadero desafío al Partido Republicano. Sabe que el enemigo lo tiene en casa. Empezando por Ryan.

Es la política. La de los mediocres. Nadie se arriesga a las primeras de cambio a recibir semejante bofetada sin antes haber consensuado cada voto, cada congresista. La política sin máscaras ni maquillajes. La política compleja y dura, pero la verdadera. La que no entiende de populismos ni derivas absurdas. Da lástima que este presidente no es capaz siquiera de querer entenderlo. Le falta demasiada humildad, pero también realismo, conocimiento e interés por las cosas.

ABEL VEIGA

Columnistas

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