Rosas partidas

Rosas partidas

La del Partido Socialista Español es la crisis más severa y dramática de los últimos 40 años.

03 de octubre 2016 , 02:24 a.m.

Pobre y lamentable espectáculo del Psoe. Réquiem por un partido que ha perdido sus señas de identidad. Fracturado, roto, irreconocible, víctima de sí mismo, de su cortedad de miras, de su empecinamiento anclado en irrealidades y falta de percepción objetiva, en la sordera dolosa y el abismo entre la militancia y las élites; viejas élites bien asentadas en la realidad económica y empresarial, de intereses diversos.

La rosa se partió por la ambición y la torpeza, por el juego sucio y el amago impenitente. Por la falta de un proyecto ilusionante y la oscuridad de maniobras y sombras. Por una guerra sin escrúpulos ante la indefinición definida y la ambigüedad que lastra. Por unas ambiciones personales y elitistas que han ahogado todo proyecto.

Decía hace unos días el expresidente de la Xunta, Pérez Touriño, cómo nos “hemos labrado nuestro futuro desde el 2009”, fecha en que él perdía la reelección. Frase que situaba obviamente en Galicia. Trasladémoslo a nivel nacional: ¿cuándo el Partido Socialista dejó de ser primero socialdemócrata y luego partido y se ha convertido en una caterva de conspiración, de ciertas mediocridades y cuchillos largos pero oxidados?

La del Partido Socialista es la crisis más severa y dramática en estos 40 años desde la primera dimensión de aquel joven secretario que echó un pulso al comité y lo consiguió después, dejando atrás el viejo marxismo. Luego dejaría la pana también. Hoy muñe entre bastidores algunos alambres, al tiempo que dicta conferencias y se dedica a más menesteres.

Y probablemente la segunda y quizás mortal de estas crisis arrancó ya en 1996 con la derrota de Felipe González y su abandono de la secretaría meses después. Ni Josep Borrel, ni Joaquín Almunia, ni Rodríguez Zapatero, ni Pérez Rubalcaba, ni tampoco Pedro Sánchez, que dimitió ayer, han sabido enderezar, fortalecer, ilusionar y fidelizar votos y militancia.

Esta se ha cansado de las componendas y parches, pactos de salón y navajeos entre taifas y barones, o condesas que tiran la piedra y esconden la mano. Hoy, el partido está en catarsis total. En una línea tan delicada como riesgosa, donde puede conducirse al abismo, o sobrevivir dejándose muchas heridas entre los suyos y cicatrices entre los votantes.

No hay ahora mismo nadie con el liderazgo, con la auctoritas ni potestad suficiente que enhebre, corrija y cree un proyecto, menos una alternativa de gobierno, mucho menos una posibilidad de gobernar. Simplemente no hay autoridad ni respeto en un partido roto en dos. Rota la unidad, roto el sentido común, la guerra no va a dejar nada bueno. El que a hierro mata a hierro muere. Siempre en política ha sido así. La brecha es grande y profunda.

Quienes han protagonizado tamaño esperpento no pueden capitanear ni aderezar unas riendas que les quedan demasiado grandes. Pueden quizás elegir cómo va a ser el final de un partido centenario y una agonía lenta pero segura si todo sigue por estos derroteros. Podrá censurársele a Pedro Sánchez muchas cosas, desde su terquedad y ceguera, su confusión entre interés propio y personal, e interés por sobrevivir alcanzando el gobierno como sea, hasta su poca claridad y escasa perspicacia ante partidos que primero solo lo quieren doblegar, arrodillar y engullir y, segundo, utilizar para sus fines propios. No hay más ciego que el que ve y no quiere ver.

Pero tampoco es menos cierto que, desde que llegó, la daga pendía de un delicado hilo sobre su cabeza. Y si a él le ha tocado capitanear los peores resultados, incluido Pérez Rubalcaba, ningún otro líder, ni Eduardo Madina (contrincante suyo hace dos años por la secretaría), ni Carme Chacón, ni Susana Díaz hubieran conseguido un resultado mejor. Siquiera unas décimas, pero la marejada es de fondo, y con una reseca bronca y áspera y una bajamar donde Podemos saltar al agua para quedarse, para triturar a los socialistas. Estos han competido por este espacio y descuidado otros, porque se creyeron que toda la playa era suya.

Lástima el espectáculo, pobreza áulica de unos dirigentes llevados por el sectarismo de unos contra otros y sobrerrepresentando su verdadero poder, que no es otro que el que mana de la militancia. El daño que han hecho unos y otros al partido, y de paso a la poca credibilidad de la vida política española, es inmenso. Lo malo es que cuando lo vean y perciban, aunque nunca reconozcan su culpa propia, sea demasiado tarde. Entierren ya el cuerpo. Todo ha empezado. Es el final, pero eso sí, el principio del final, donde la farsa continuará. La farsa camuniana. La rosa ha muerto, partida en dos.

ABEL VEIGA

Columnistas

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