Muerte en Haití

Muerte en Haití

Solo personas como Isabel Solá fueron capaces de ayudar, de entregarse, de sobrevivir en medio de la tragedia, el dolor y la soledad de la destrucción.

05 de septiembre 2016 , 05:37 p.m.

Cuando en Roma era canonizada Teresa de Calcuta, aquella monja que como otras miles y miles de misioneras y voluntarias dio su vida entre los pobres más pobres y desheredados, enfermos y moribundos, horas antes moría asesinada en Puerto Príncipe Isabel Solá, religiosa española que llevaba ocho años en Haití. Cuando Benedicto XVI visitó el campo de la muerte de Auschwitz, cruzando aquellas puertas que eran la entrada al infierno mismo, se preguntó teológicamente ¿dónde estaba Dios? Era una manera de interpelar sobre aquel horror que cometieron hombres embriagados de locura.

Cuando vimos las imágenes de Haití tras el terremoto, y apenas ha cambiado el paisaje en estos años, ni siquiera pudimos percibir la verdadera magnitud de la tragedia. No puede haber males mayores que la muerte de miles de inocentes. En un instante, la tierra palpita y se abre. Abismo y destrucción. La fragilidad humana es la primera que lo sufre. El resto es olvido. Como en el olvido está Haití, un Estado sin Estado, un país roto, pobre, mísero y violento. Y en medio de todo ello, hombres y mujeres, voluntarios, religiosos, sanitarios, educadores, etc., que lo dejan todo, lo dan todo por ir a este país. Compromiso, fe, solidaridad, entrega, ayuda; vale cada motivo, pero el patrón no es otro que ayudar a quienes sufren.

Hablar del país caribeño es hablar de tragedia, de despotismo. Aquella lo abraza como una sombra perpetua. Son las cadenas de una esclavitud nunca redimida, de miseria, de dictaduras que han devastado al pueblo, de corrupción, de gobiernos títeres, de golpes de Estado, de analfabetismo, de falta de articulación total de la sociedad civil, de ausencia de estructuras y organizaciones políticas, de mitificaciones más allá de la religión, amén de ser epicentro de todo tipo de tempestades y calamidades. Tras el temblor, empezó otra tragedia de magnitudes incalculables. Fue noticia durante unos días y luego hubo silencio total, pues nuestra hipócrita conciencia aguanta las imágenes solo unos días, después viene el olvido.

La naturaleza se cobró un sangriento tributo. Miles de personas perdieron la vida. Los niños ya no sonríen, tampoco tienen lágrimas. Todo se ha secado de golpe en el manantial de la vida. Un infierno de escombros y cascotes rodea las calles arrasadas, sin luz, sin agua, sin alimentos ni medicinas. Los cuerpos se apilaron y alinearon en las calles, sin intimidad, sin rubor, inermes, sin nombre ni nadie que les llore. El miedo a las enfermedades hizo que miles de cadáveres fueran amontonados en fosas que serían definitivas. El anonimato envuelve la cal y la tierra. Nadie sabrá dónde llorarles, tal vez no haya quien que les llore. Y en medio de ese atroz y terrible duelo, una religiosa española, enfermera y educadora, entregó su vida y su coraje a esa gente abandonada, sin derechos y sin nada en la vida.

La violencia estalló con brutalidad poco después del temblor. No hay Estado, no hay nada. Haití es un país fracasado. Una fotografía daría la vuelta al mundo: alguien entre un túmulo de cadáveres arranca o tal vez arroja a un niño con pantaloncillo verde. Su brazo queda detrás de su frágil cuerpo como si no quisiera desprenderse de los otros cuerpos y su cabeza, flácida por la muerte, voltea hacia el vacío. Solo personas como Isabel fueron capaces de ayudar, de entregarse, de sobrevivir en medio del caos, la tragedia, el dolor, el abandono y la soledad de la destrucción.

Había creado un taller para elaborar prótesis para los que fueron mutilados durante el temblor. La alegría desbordante de esta mujer entregada a los demás, a los que nada tienen, fue secada, arrancada violentamente por los disparos en Puerto Príncipe como consecuencia de un robo. Entre los más humildes vivía alguien que sentía su vida, su fe, su trabajo al lado de los que sufren.

Abel Veiga Copo

Columnistas

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