Morir en Kabul, morir en Europa

Morir en Kabul, morir en Europa

¿Por qué las muertes en Oriente Medio nos son indiferentes y las de Europa sí son nuestras?

06 de junio 2017 , 12:00 a.m.

Un brutal atentado en Kabul se ha cobrado, de momento, cerca de cien víctimas mortales y centenares de heridos. Una sola explosión ha provocado un desastre mortífero desolador. Como recordaba a los pocos minutos el presidente Ghani, es Ramadán, pero esto no ha importado a quiénes accionaron la bomba, tampoco quiénes ordenaron y decidieron su tropelía. No hay piedad. El odio, la violencia está enquistada hasta tal punto que el país está simplemente volatilizado, fragmentado, roto por mil jirones.

Unos culpan al estado islámico, otros a los talibanes. Afganistán ha sido y es el campo de pruebas de un terrorismo y una guerra inacabada. En apenas unos días se celebrará una enésima conferencia de paz. Pero allí, la paz, no es alcanzable. Nunca lo ha sido en la historia sangrienta de este país en medio de muchos intereses y cuyo subsuelo es rico.

Entre los muertos no hay ningún occidental. Tampoco ningún europeo, ni norteamericano. Solo afganos. Sin nombre, sin rostro, sin historia para nosotros. Kabul no es Manchester, Niza, ni tampoco Bruselas, París, Berlín, Madrid, Londres o tampoco Múnich. Si solo hace unos días en Manchester morían asesinados 22 personas, la noche del 3 de junio de nuevo en Londres otras siente víctimas británicas se unían a esta era del miedo en que estamos condenados a vivir por el terrorismo islámico.

Aquí nuestros muertos solo son los europeos. Aquí les honramos, les lloramos, les ponemos flores, les organizamos conciertos, homenajes, inundan durante días periódicos y telediarios. Los de allí, los de Kabul, Damasco, Alepo, Bagdad, Yemen, no importa a los ojos europeos.

Estos muertos, los afganos, no nos duelen. La hipocresía es así, nos aguijonea y expurga cuando nos sentimos vulnerables, pero no cuando esto sucede a miles de kilómetros y parias de países destruidos, asolados, desolados. Duele esta masacre solo cuando golpea en casa, sea en Francia, sea en Estados Unidos, sea en España. Y duelen porque las muertes a diario que suceden en África, Oriente Medio, en Irak, en Siria, en Libia, en Egipto, simplemente no nos duelen ni hacen reflexionar.

Pastunes, uzbekos, tayikos, turcomenos, hazaríes, chiíes y otras etnias deambulan por un país en el que el poder solo pendula en los primeros y sus alianzas

Como tampoco el drama de los miles de refugiados que huyen de ese fanatismo y terror que el odio siembra. Ellos no nos duelen. Pero sí cuando los muertos son occidentales o mueren a nuestro lado. Ese es nuestro doble rasero. El de la inmoralidad y el cinismo. Ignoramos si es el fanatismo religioso o no, si el vínculo y cierta lealtad al ISIS o no, si es un crimen atroz simplemente.

Pero la realidad es que más de 90 inocentes han sido asesinados, sin que ellos hayan daño a nadie. Inocentes ejecutados. ¿Qué puede mover a un hombre a la brutalidad? Todo y nada a la vez.Un país apenas sin Estado, dividido y fragmentado, etnizado y tribalizado en clanes, anteriores al Estado mismo. Sociedades desestructuradas, arcaicas, perdidas en costumbres ancestrales, límites porosos, inexistentes instituciones, faltas de legitimidad y credibilidad; corrupción larvada, depravada y asfixiante.

Pastunes, uzbekos, tayikos, turcomenos, hazaríes, chiíes y otras etnias deambulan por un país en el que el poder solo pendula en los primeros y sus alianzas. Sharia o democracia parece la dualidad, pero todo seguirá igual, la división en clanes y señores, predominio de la etnia pastún. Búsqueda de pactos entre clanes, etnias, reparto de prebendas, impunidades y derechos, también abusos. Democracia, concepto imposible. Islamización progresiva, nadie la detiene, ni siquiera el Gobierno. En Afganistán se libra una guerra, una guerra perdida, asimétrica, ocultada y silenciada a la comunidad internacional. Estados Unidos y la OTAN, y con ella la Unión Europea la perdieron, se fueron. Cuarenta y dos países componían una fuerza internacional que no vino a hacer la guerra, y ahora la libra sin estrategia definida.

En Europa se libra otra guerra muy distinta: la del odio de los radicales islámicos que golpean, que matan, que tratan de arrodillarnos en nuestras casas, en nuestros hogares, barrios, plazas y calles. Quieren condenarnos a una era de miedo y terror, donde el sentimiento de fragilidad, de vulnerabilidad esté presente. Quieren sembrar dolor y horror. No hay por qués, porque esta vez son los ciudadanos, al sociedad civil, los que son golpeados. No valen excusas, ni pasados remotos, ni lo que otros gobiernos o países hubieran hecho en el pasado. Es el odio, la indiferencia, la bestialidad disfrazada de seres humanos la que siembra la muerte, el pánico. No les importa perder su vida. El fanatismo les ha bloqueado. Repelen la libertad, la justicia, la solidaridad, la democracia y sus valores. Nuestra forma de vivir, de ser, de existir, de pensar, de comportarnos es una guerra asimétrica, desigual. Una condena que nos infligen, pero que saben que perderán. Los muros del miedo siempre acaban derribándose.

ABEL VEIGA

Columnistas

Ya leíste 20 artículos gratis este mes

Rompe los límites.

Aprovecha nuestro contenido
desde $10.999 al mes.

¿Ya eres suscriptor? Ingresa

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta gratis y pódras disfrutar de:

  • Acceso ilimitado al contenido desde cualquier dispositivo.
  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta gratis y disfruta de acceso ilimitado al contenido, desde tu computador, tableta o teléfono inteligente.

Disfruta del contenido sin límites

CREA UNA CUENTA GRATIS


¿Ya tienes cuenta? INGRESA