Al rescate de Omran

Al rescate de Omran

En Siria son millones los niños atrapados por el drama. Millones los que han nacido ya bajo las bombas y miles los que han sido reclutados y armados para la guerra.

19 de agosto 2016 , 06:19 p.m.

El pequeño Omran tiene cinco años. Como él hay muchos niños en medio de una encarnizada guerra, alimentada por el fanatismo, el odio, pero también por la industria militar de la que no estamos exentos los países occidentales. Como él hay tres millones de niños en un país devastado: Siria. Su imagen nos abruma, acaban de encontrarlo entre los escombros tras un bombardeo en Alepo. Antes, nos sobrecogió la de Aylan, con su cuerpecillo bocabajo sobre la arena de una playa de Turquía. Inerme, al vaivén de las olas y la resaca de la muerte. Entonces no reaccionamos; ahora tampoco. El país árabe sigue sumido en la violencia, la brutalidad y la destrucción. Ya no importa quién arrojó la bomba. Es la guerra, la negación del hombre.

¿Cuántos niños como Aylan u Omran hacen falta para detener esta locura? Desgraciadamente, no hay número. Omran ha sobrevivido; Aylan, no. La crudeza de amabas imágenes es desgarradora. Es el símbolo de la impotencia y de la fragilidad humana.

Omran está aturdido, en pleno estado de ‘shock’, cubierto de polvo y con su cara ensangrentada, la cual trata de limpiar con sus pequeñas manos y luego intenta secar sobre el sillón de una ambulancia. Es objeto de miradas, de fotografías, inocente, sin saber que es y será una de las imágenes icónicas de esta crueldad y necedad del mundo, de esta orgía de sangre y vómito de fuego total.

En Siria son millones los niños atrapados por el drama. Millones los que han nacido ya bajo las bombas y miles los que han sido reclutados y armados para la guerra. La inocencia les ha sido arrancada, vapuleada. La esperanza ha sido traspasada por el ruido de las bombas que destruyen un país. Los juegos solo son sueños; la paz, una ilusión que nunca han conocido.

Aylan y Omran vinieron a un mundo que solo los conoció con la tragedia. Vinieron a la vida en medio de la guerra, del terror, del sufrimiento. El desgarro y el horror de la brutalidad y la banalidad humana hicieron que sus padres buscaran un futuro mejor para ellos en Europa o se quedaran atrapados en Alepo. Todos hemos visto dos imágenes: el cuerpecito de Aylan sobre la arena de una playa sin alma y sin latido. Sus manos extendidas hacia atrás y su cara recostada sobre su lado derecho como queriendo escuchar el latido de una tierra indiferente y apócrifa nos han conmocionado, así como su soledad extrema en y ante la muerte. La zozobra de la noche y el oleaje impetuoso y osado que no tuvo piedad con él ni con su hermanito. La fotografía de su cuerpo sin vida, sin rostro, sin sonrisa, sin sus ojos crispantes y hermosos nos ha recordado a todos el pecado de la indiferencia, del egoísmo, del silencio pasmoso de nuestras conciencias de papel y hojalata. Contrastarlos con los ojos de Omran, sin embargo, nos conforta al ver que este ha sobrevivido a la muerte. Omran, con sus cinco años, es testigo de algo que no puede entender. Como ellos hay miles anónimos e ignotos para las cámaras de los periodistas.

Sin que ellos lo quisieran ni lo pretendieran, se han convertido en un ícono de esta vieja Europa prisionera en las atalayas de su propia soberbia y vanidad. Cuando solamente debían ser el símbolo de la alegría, la paz, la bendición de ser un niño, de la luminosidad de su despertar a la vida. Pero la muerte y la tragedia de ambos les arrancó lo más auténtico; a uno, lo que solo era suyo, la vida; al otro, la inocencia. A traición, de noche, con violencia, con fuerza desmedida y osadía esquiva.


Abel Veiga Copo

Columnistas

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