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Mirando hacia adentro

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En vísperas de una cirugía ocular ambulatoria, que no sé por cuántos días haya de inhabilitarme, se me ocurre mirar al interior del país, parcialmente convulsionado, a poco de reanudarse las sesiones ordinarias de la legislatura, tras el cierre abrupto de su período anterior. Cualesquiera sean las opiniones sobre su trayectoria reciente, cabe hacer votos por que reencuentre el hilo de sus deberes éticos, legales y constitucionales. Comprobado ha quedado que el hecho de ponerse de acuerdo en el error no redime a este de su viciada naturaleza.

La guerra caliente en el Cauca, a donde acudió el Jefe del Estado en forma ejemplar, da trazas de ser otro episodio de la alianza de las Farc con el narcotráfico. Por allí salen los cargamentos de estupefacientes a tomar las naves que los llevan a mercados intermedios, desde los cuales prosiguen la travesía hasta su destino final. Pero no por ello es posible desconocer el problema económico y social de la región, su desempleo, miseria y contraposiciones étnicas.

En nuestros años mozos, circulaba un poema sobre Jambaló, en el cual se exaltaban líricamente sus luchas indigenistas. Al parecer, luego se encontró remedio para lo más agudo de esa situación crítica, pero otros factores han vuelto a revivirla y a plantearla ardorosamente en términos de medios de subsistencia, de seguridad y de neutralidad en el conflicto armado.

Claro que las Fuerzas Armadas de la República no pueden retirarse de esos territorios y menos dejarle libre el campo al delito. Ni permitir que a sus soldados se les maltrate por hallarse en ejercicio vigilante y sereno de su función, velando por la legalidad democrática y los derechos de todos los ciudadanos. Con tacto y tranquila energía hay que hacer ver a los revoltosos su peligrosa, violenta e insostenible actitud.

Brotes subversivos de diverso signo se observan en zonas localizadas del país, pero todos giran en torno del común denominador del narcotráfico, la gran peste a la que temerariamente se le abrió la puerta. No había tal que con la desaparición de los capos mayores se suspendería la actividad terriblemente nociva e ilícita. Otros vendrían a ver de llenar sus vacíos y a juntar los eslabones de sus cadenas delictivas. Circunstancia que no incita a desmayar, sino a redoblar esfuerzos, empezando por el de crear oportunidades de trabajo.

Aquí, en la insuficiente creación de empleo, está el meollo del problema económico. Aunque continúa el entusiasmo febril por multiplicar los tratados de libre comercio, convendría hacer un alto en el camino para justipreciar hasta dónde se está garantizando en Colombia la ocupación de su fuerza laboral. No nos equivoquemos sobre el caldo de cultivo de la inconformidad de desempleados y desplazados que en el narcotráfico, en la minería ilegal o en las bandas armadas encuentran lenitivo. Recordemos que el desempleo ocasiona hambre y el hambre es inhumana e impulsa a acciones desesperadas.

Embelesados como estamos con el auge mineropetrolero, no parecemos en vía de imprimir al desarrollo dinamismo social y humano. Entre otras cosas, por olvidar que la industria extractiva rinde frutos a expensas del agotamiento de sus recursos y de la apertura de grandes socavones, pero no crea empleo en la medida necesaria.

En Colombia, este elemento de bonanza se ha traducido en la apreciación del peso que desalienta y desplaza la producción industrial y agrícola y beneficia unilateralmente a la competencia extranjera en el propio mercado nacional y en los demás. Es un suicidio gradual y consentido que va minando la capacidad productiva de la nación y distrayéndola de sentar las bases de su perdurable y equitativo desarrollo.

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