Riesgos y brotes de depresión
Por: ABDóN ESPINOSA VALDERRAMA |
Mientras aquí nos debatimos entre los episodios de las narcoguerrillas, la ola invernal y el retraso en la construcción de obras apremiantes, en la Unión Europea, y con menor intensidad en Estados Unidos, se adelanta fuerte debate sobre dos grandes concepciones de cuya aplicación se deducen consecuencias absolutamente contrapuestas.
Entre ellas corresponde escoger: o la depresión, el desempleo masivo y el conflicto social como costo del vertiginoso ajuste fiscal y el pago acelerado de la deuda soberana, o los estímulos para mantener el dinamismo de las economías y los puestos de trabajo, sin perjuicio de equilibrar gradualmente las cuentas presupuestarias y aliviar la carga de las deudas.
Es, hasta cierto punto, la lucha entre la equidad y la inequidad, entre el apretón brutal y el manejo imaginativo de las circunstancias adversas, entre la ocupación de la fuerza laboral y su desocupación. Entre las posiciones de demócratas y republicanos de Estados Unidos, con tesis diametralmente antagónicas, actualmente reflejadas en las campañas presidenciales.
No se entiende cómo la Unión Europea se ha expuesto a la explosión social y a la desarticulación de su estructura por mantener criterios sumamente rígidos en el grado y la cronología del saneamiento fiscal y en los términos rigurosos para el pago de las deudas, aunque debiera, en el caso de Grecia, admitir radicales descuentos. Al principio, el problema pareció limitado a la periferia continental, pero poco a poco ha ido afectando a las demás: Holanda y Bélgica y, quién lo creyera, Gran Bretaña, que no forma parte de la zona del euro y que tiene moneda (la libra esterlina) y banco central propios.
Las perspectivas de agrietamiento de la Unión Europea y del triunfo en Francia del candidato socialista François Hollande dan trazas de haber suavizado el rigor de las posiciones de que Alemania es abanderada, dentro de su rechazo a cualquier asomo de inflación. La austeridad que el doctor Ludwig Erhard desechaba en su patria germana ha sido paradójicamente considerada única tabla de salvación, sin importar el sacrificio de millones de seres humanos. Como sucede en la ahora acosada economía española.
Por fortuna, ha surgido la ceja de luz de un plan para mitigar la recesión a través del Banco Europeo de Inversiones, simultáneo con el ajuste fiscal, que ojalá funcione y llegue a tiempo. Y, respecto de la eventual ruptura o desaparición de la Unión Europea, voces como la del expresidente español Felipe González se alzan para denunciar, desde las columnas de El País de Madrid, los peligros del renacimiento del virus de los nacionalismos que desgarraron a Europa en la primera mitad del siglo XX.
Para salir del agujero -afirma- necesitamos un gobierno económico y fiscal de la zona euro. El Banco Europeo debe, a su juicio, como la Reserva Federal de Estados Unidos, el Banco de Inglaterra o el Banco del Japón, ser prestamista de última instancia y hacer política monetaria de acuerdo con los intereses de la zona del euro. En una palabra, "gobernanza", o sea, según el Drae, "Arte o manera de gobernar que se propone como objetivo el logro de un desarrollo económico, social e institucional duradero, promoviendo un sano equilibrio entre el Estado, la sociedad civil y el mercado de la economía".
La suerte de la economía europea interesa al mundo entero. No digamos la de Estados Unidos, superpotencia situada en nuestro mismo Hemisferio, habiendo sido eje cíclico planetario, cuya prosperidad o cuya adversidad repercute, como sus crisis y sus experiencias, en nuestros pueblos emergentes, sin excluir a China. Fuera del sentido mismo de las soluciones a intrincados problemas.
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