Penalidades de la Colombia de hoy

Penalidades de la Colombia de hoy

Tanto como Colombia ha sufrido por obra del narcotráfico, debiera estar mirando a otros horizontes.

26 de octubre 2017 , 12:00 a.m.

Cuando se despliega este periódico, salta de pronto a la vista el azul de su nombre, que evoca en la memoria el poema de León de Greiff, grabado en nuestra entonces memoria juvenil, al menos en sus primeras estrofas:

No en vano azul el día:
para albergar el odio,
¡azul, azul el día y rutilante!
¡Azul, azul el día y henchido de alegría!
No solo azul: de sones
jubilosos, de cánticos lustrales
y de eufóricos himnos y serenos
grávido: ¡azul, azul y ubérrimo de dones!
No en vano azul, no en vano:
para albergar la ira,
¡azul, azul el día y transparente!
¡Azul, azul el día y alígero y liviano!


Sea, en verdad, ubérrimo de dones para Colombia y para sus gentes. Como el Centro de Lucha contra el Cáncer, pionero en América Latina. El antecedente familiar de mi padre, doblegado a los 65 años de vida por esta terrible dolencia, y el de mi hermano mayor, a los 67, me acompaña en este renovado y solidario clamor por la preservación de la salud de los compatriotas. No para durar mucho, como el autor de estas líneas, sino para sobrellevar sin graves penalidades la parábola vital.

Todo parece eclipsado por la ola criminal del narcotráfico, al que pareciera no habérsele levantado muro intraspasable.

* * * *

Por lo pronto, dominan el panorama del país dos delitos concurrentes: el del narcotráfico y el de la corrupción de las togas. Ambos sumamente graves por cuanto implican perturbación del orden público el uno, y perjuicio irreparable a la recta administración de justicia el otro. Duele en el alma la perversión en que ha caído la zona de Tumaco, de cuyo puerto guarda el suscrito recuerdo imborrable de su cálida hospitalidad, así como del trato encantador de sus gentes.

Todo parece eclipsado por la ola criminal del narcotráfico, al que pareciera no habérsele levantado muro intraspasable, a juzgar por los daños que dondequiera infiere. Ahora, disputando sus tierras a los aborígenes y entrando en riñas con las negritudes por la misma causa.

Tanto como Colombia ha sufrido por obra del narcotráfico, debiera estar mirando a otros horizontes, en lugar de seguir estérilmente en la misma brecha, como parece que le ha correspondido en suerte.

Mal haya el día en que se accedió a la suspensión de la aspersión aérea de glifosato como medio eficaz para erradicar los cultivos malditos. El error fue doble: cuando se pretendió sustituir este instrumento o recurso y cuando se optó por hacerse de la vista gorda frente al crecimiento exponencial de las siembras.

Nada de erradicación, pero asimismo de cualquier asomo de empeño por impedir la propagación de cultivos nuevos. El resultado está a la vista. Con reclamos de todas partes de que se proceda a desandar el camino y a sancionar a cuantos se empecinen en proseguir ruta próxima al delito.

Junto con el narcotráfico, la llamada corrupción de las togas, con nombres propios, estremece al país e intensifica el clamor por que se esclarezcan los casos denunciados y comprobados y se ponga tras las rejas a los inequívocamente culpables.

Siempre se ha considerado a los jueces como especie de sacerdotes y así se solía capacitarlos, tanto en los conocimientos como en los caracteres. A semejanza de tantas personalidades que honraron los tribunales y el foro con virtudes legendarias. No tanto a la luz del rigor de las penas impuestas, sino de su diafanidad, precisión y excelencia en cada caso. Pues se dan excesos inexcusables, pero también omisiones e indulgencias igualmente criticables. En la medida en que impere la justicia, habrá más paz en los espíritus y será más espontánea y tranquila la convivencia.

ABDÓN ESPINOSA VALDERRAMA

Columnistas

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