Coloso de la cristiandad

Coloso de la cristiandad

La paz con justicia fue su principal objetivo dondequiera apareció el Papa.

14 de septiembre 2017 , 12:00 a.m.

La visita del papa Francisco deja a los colombianos lecciones imprescriptibles y también la sensación inmarchitable de haber tenido ante sí a un auténtico coloso de la cristiandad. No de otra manera se pueden calificar su personalidad, su capacidad de resumir en sentencias persuasivas la solución de problemas agudos y conflictivos.

Desde el comienzo de sus intervenciones en plaza pública, esta vez ante la multitud de jóvenes congregados frente al balcón del Palacio Cardenalicio, se destacaron la lucidez de sus enseñanzas y la diafanidad de sus preceptos. Como maestro de niños y jóvenes, pidió a su auditorio repetir en coro dichos preceptos para comprobar su cabal entendimiento. Se trataba, ni más ni menos, de pedirles que “no se dejen robar la alegría y la esperanza”. Por esa puerta grande habrían de discurrir sus demás consignas.

Tal la de “Colombia, déjate reconciliar” o la de “La paz nos impulsa a ser más grandes que nosotros mismos”. A la memoria ha venido, con este motivo, el título del libro de Gil Robles No fue posible la paz, en medio de la tormenta española de mediados de los años treinta del siglo XX, a falta de consejo persuasivo de la magnitud, la eficacia y la clarividencia del papa Francisco. Bajo su alero espiritual, todos nos hemos sentido más seguros y tranquilos. A sabiendas de que lacras como la del narcotráfico no van a ser toleradas, como tampoco ninguno de los crímenes indulgentemente a ellas asociados.

Bajo su alero espiritual, todos nos hemos sentido más seguros y tranquilos

La paz con justicia fue su principal objetivo dondequiera apareció, Bogotá, Villavicencio, Medellín o Cartagena, con ojo avizor en lugares conflictivos y emblemáticos del interior de esas mismas comunidades. Consigo llevaba lámpara esclarecedora y, en lo posible, sanadora de esas mismas llagas, que a su solo conjuro dejaban de constituir inminente y perpetua amenaza. El alivio de su gesto y de sus palabras resultaba de efecto inmediato.

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A la distancia, los huracanes han devastado islas del Caribe, como San Martín, donde pasamos, con mi difunta esposa, temporada de recreo plácida e inolvidable, disfrutando de los encantos de su cultura entre francesa y holandesa. Pero, más todavía: la inclemencia meteorológica ha afectado en materia grave al sur de la Florida, área continental de Estados Unidos, donde tantos compatriotas viven y pueden resultar damnificados.

Sin embargo, más que los desastres naturales, la mayor amenaza a la democracia colombiana procede de sus propias instituciones y, quién podría pensarlo, de la rama de la administración de justicia, a la que debiera caracterizar probidad emblemática.

Ha sido motivo de vergüenza institucional que tres expresidentes de la Corte Suprema hayan dado pie a sospechas ahincadas de manejos irregulares en el desempeño de sus respectivos cargos. Específicamente por la supuesta venta de decisiones judiciales, como la que se imputa al magistrado Gustavo Malo Fernández, cuya renuncia se pide para proteger a la institución. Si a este caso se agrega el de otros tres con imputaciones también graves, salta a la vista la necesidad, por no decir la urgencia, de descorrer todo velo de complicidad con manejos irregulares.

Las discusiones sobre la probidad de los magistrados en el ejercicio de sus respectivas funciones infieren sospechas vehementes de duda sobre la probidad de una rama que debiera ser paradigmática y dar ejemplo de pulcritud a todas las demás.

Si de administrar justicia se trata, hay que comenzar por aplicarla a cuantos a ella se hayan consagrado. No, desde luego, en forma restrictiva, por cuanto a todos debe aplicarse en lo pertinente. Por ejemplo, en la veda de toda actividad relacionada con el narcotráfico.

ABDÓN ESPINOSA VALDERRAMA

Columnistas

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