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29 de Junio de 2008 - BIENVENIDOS AL MUNDO REAL

El mundo después de Bush

La razón por la que deberíamos prestarle más atención a su partida no eslo que permitirá su ausencia, sino lo que permanecerá absolutamente igual.

Hay una pintura maravillosa de Brueghel en una galería de arte de Bruselas. El poeta británico W.H. Auden quedó lo suficientemente impresionado como para escribir un poema sobre el cuadro.

La pintura muestra a Ícaro, con las alas fundidas, desplomándose en una tumba llena de agua. Nadie parece muy interesado. El mundo sigue su curso, los campesinos no cesan de arar sus campos, continúan adelante con sus vidas. No demuestran ningún interés por la dramática caída de Ícaro.

Muchas veces la vida real parece seguir haciendo tic-tac, sin importar los titulares de los diarios ni los acontecimientos decisivos. De modo que el presidente George W. Bush regresará a Crawford, Texas, a fin de año. ¿Alguien se dará cuenta? ¿A alguien le importa? Con sus alas calcinadas desde Irak hasta Guantánamo, Bush ya parece historia del pasado; sus asistentes cuidadosamente guían a las audiencias a las primeras filas en los eventos públicos, pero la falta de interés en lo que está haciendo y diciendo se vuelve demasiado obvia.

La razón por la que deberíamos prestarle más atención a su partida no es lo que permitirá su ausencia, sino lo que permanecerá absolutamente igual. Consideremos cuatro ejemplos.

Primero, todavía tendremos que encontrar mejores maneras de manejar la economía mundial, reduciendo sus desigualdades y haciendo frente a sus peligros ambientales. Más importante aún, se necesita que los liderazgos norteamericano y europeo eviten caer en el proteccionismo y la consiguiente aniquilación de la ronda de comercio de Doha.

Al mismo tiempo, Occidente necesita desarrollar en conjunto una posición negociadora sobre las emisiones de carbono y el cambio climático que comprometa a China e India. Tendrá que tener en cuenta su responsabilidad histórica por el calentamiento global de hoy, la dimensión de la población y la actual fortaleza económica.

Segundo, la lucha palestino-israelí continuará. Es más, la campaña presidencial estadounidense ha demostrado que no fue solamente la falta de una política norteamericana práctica y responsable en los últimos siete años lo que contribuyó al impasse sangriento de hoy. Hasta el senador Barack Obama, quien manifestó un claro compromiso con la construcción de una relación más abierta y menos unilateral con el resto del mundo, ha dicho cosas sobre Palestina e Israel que parecerían descartar el tipo de iniciativas que se necesitan para un acuerdo de paz.

De hecho, lejos de criticar el continuo asentamiento israelí en Cisjordania, Obama prometió su apoyo -más de lo que han hecho algunos miembros del gabinete israelí- a Jerusalén como una capital indivisa de Israel. Esto parece ser una luz verde para todos aquellos defensores intransigentes de los colonos que hicieron campaña a favor del desarrollo de Jerusalén Este en lo profundo de Cisjordania, una línea de asentamientos que llegan hasta el Mar Muerto. Es difícil ver de qué manera una futura diplomacia norteamericana basada en esta estrategia contará con el apoyo palestino. De manera que Oriente Medio seguirá dominando la discusión y el debate diplomáticos.

Tercero, la proliferación nuclear seguirá representando una plaga. ¿Cómo negociamos concluyentemente con Corea del Norte, que quizá ya posee un puñado de armas nucleares? ¿Cómo manejamos nuestra relación con Irán, que tal vez -o tal vez no- desea desarrollar una capacidad nuclear militar así como un poder nuclear civil?

Estas cuestiones, con todos los efectos secundarios en el este y oeste de Asia, deben abordarse en el período previo a las discusiones sobre la renovación del Tratado de No Proliferación Nuclear en 2010. Las potencias nucleares que firmaron el TNP creen que sólo tiene que ver con impedir la proliferación. Otros países sostienen que tiene que ver con el desarme y que los países nucleares claramente acordaron trabajar para deponer sus armas nucleares. Este juego ha sido el principio básico del enfoque internacional frente a la proliferación. Ahora parece evidente que si queremos un tratado de no proliferación con más dientes -por ejemplo, un monitoreo y una vigilancia más tenaz-, los países con armas nucleares tendrían que respetar lo que otros creen es su bando en un regateo injusto.

Finalmente, incluso después de Bush -que se volvió tan impopular en Europa (no siempre justamente)-, a la Unión Europea le resultará difícil convertirse en el socio que Estados Unidos necesita y busca para hacer frente a los problemas globales.

La última disputa sobre el llamado Tratado de Lisboa, provocada por su rechazo en un referéndum en Irlanda, les recuerda a todos cuál es el principal problema de Europa. El viejo continente a veces parece más preocupado por sus propios acuerdos institucionales y asuntos internos que por sus responsabilidades globales. Pero la pobreza global, la catástrofe ambiental, la proliferación, Afganistán y Oriente Medio no son problemas que se puedan hacer a un lado mientras Europa se habla a sí misma.

Es más, la UE con mucha frecuencia da la impresión de que es posible ignorar a sus ciudadanos. Si lo que deciden los líderes de Europa entre ellos es criticado o rechazado por aquellos que los eligen, sólo demuestra -la élite parece sugerir- qué bien estaba ignorarlos desde un principio. Pero Europa no puede construirse sobre este déficit democrático. La UE debe aumentar la participación de sus propios votantes a la hora de avalar y respaldar las decisiones tomadas en Bruselas. Es necesario que esta lección se aprenda rápido.

De manera que Bush y Cheney se irán. Pero muchos de los mismos problemas de siempre permanecerán. Bienvenidos al mundo real.

* Ex gobernador de Hong Kong y ex comisionado europeo para Asuntos Externos. Rector de la Universidad de Oxford y copresidente del Internacional Crisis Group
© Project Syndicate, 2008

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