El partido demócrata afianzó su mayoría en el Congreso de E.U. y a niveles que no se veían, por lo menos desde 1992.
En la Cámara de Representantes, el partido alcanzaba 254 curules de las 435 disponibles y aún pendientes los resultados en otros 8 distritos del país. Eso es, por el momento, un incremento de 17 asientos frente a su actual mayoría de 235.
Los republicanos, por su parte, sumaban 173.
En el caso del Senado, ampliaron su ventaja a 56 votos de los 51 que ya tenían (si se suman los dos independientes que suelen votar demócrata).
Faltaban aún por definir cuatro carreras -en Alaska, Minnesota, Óregon y Georgia- que hasta ayer seguían muy disputadas pero que tendían a favorecer -al menos tres-, a los republicanos.
Una de las más polémicas se libraba en Alaska donde el senador Ted Stevens, aventajaba a su rival demócrata Mark Begich por 3.000 votos. El problema para Stevens, aún de ganar, es que acaba de ser condenado por corrupción, algo que le impediría ejercer como Senador y forzaría a una nuevas elecciones.
Otra que se disputaba por un pelo era la de Minnesota, donde el comediante Al Franken perdía frente a su rival republicano, Norm Coleman, por menos de 600 votos.
Aún si Alaska o Minnesota pasaran a la columna demócrata, parecía improbable, no obstante, obtener los 60 votos que aspiraban y así contar con una "súper mayoría" en la Cámara Alta.
Este era una de las ambiciones más grandes para el partido pues la "súper mayoría" garantizaba la aprobación de proyectos de ley sin la concurrencia de los republicanos. De acuerdo con las leyes del Senado, un solo miembro puede bloquear un proyecto a punta de una maniobra que se conoce como "filibustering" y que solo puede ser impedida si se cuenta con un mínimo de 60 votos.
Pese a ello, el partido estará muy cerca de la "súper mayoría" pues solo bastaría con convencer a un par de republicanos de corte moderado.
Y eso, sumado a la gran ventaja a la Cámara les permitirá avanzar su agenda sin mayor oposición.
Lo cual es una ventaja para el nuevo presidente Barack Obama, pero a la vez un peligro.
Por supuesto, arrancar su administración con un Congreso amigable no puede ser malo. Pero ese mismo legislativo, compuesto por fuerzas muy liberales estará tentado a mover con vigor su agenda ideológica. Cosas como el cubrimiento universal de la salud, o el fin a la dependencia de fuentes de energía extranjera. Cosas con las que el mismo Obama se comprometió como candidato, pero que son onerosas e implican un alto riesgo político. Pero si no cumplen con ellas, también podrían ser castigados por el mismo público que los eligió.
Si la historia es un referente, los últimos dos presidentes demócratas que iniciaron sus mandatos con Congresos bajo su control -Bill Clinton en el 92 y Carter en el 78- vieron esa mayoría esfumarse en las elecciones legislativas solo dos años después. En el caso de Clinton, por que empujó una agenda que fue vista como muy liberal para el país y en el caso de Carter, que llegó con una agenda centrista, por les quiso poner freno y terminaron haciendo muy poco.
Como dice Thomas Mann del Brookings Institute, Obama ni el Congreso, pese a su gran mandato, no pueden olvidar que un poco más de 56 millones de personas (el 46 por ciento) votó por el rival. "Si lo hacen, o cometen grandes errores, corren el riesgo de repetir la historia", dice Mann.
SERGIO GÓMEZ MASERI
CORRESPONSAL DE EL TIEMPO
WASHINGTON
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