Israel, 'en camino a unirse a las democracias no liberales'

Israel, 'en camino a unirse a las democracias no liberales'

Para el Shlomo Ben-Ami, Netanyahu está adoptando prácticas inspiradas en Putin.

Israel, 'en camino a unirse a las democracias no liberales'

Para Ben Ami, 'el primer ministro de Israel (foto) coincide con los republicanos estadounidenses de la línea más intransigente'.

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Andy Rain / EFE

15 de febrero 2017 , 11:42 a.m.

Después de medio siglo de ocupación del territorio palestino, Israel está sucumbiendo a sus más profundos impulsos de etnocentrismo, y rechaza cada vez más las fronteras reconocidas. Israel está ahora en camino a unirse al creciente club de democracias no liberales, y se tiene que dar las gracias por esto al primer ministro Benjamín Netanyahu.

Durante los 11 años en los que ha desempeñado el cargo de primer ministro de Israel, Netanyahu ha reformado la psique colectiva del país. Ha elevado al judío aislado y traumatizado –quien aún no se reconcilia con los gentiles, sin llegar a mencionar a los árabes– por encima del israelí laico, liberal y globalizado conceptualizado en la visión de los padres fundadores del país.

El propio Netanyahu es una persona laica, y es un cínico hedonista que se enfrenta a una investigación en curso sobre su supuesta aceptación de lujosos regalos ilícitos de un magnate de Hollywood.

Benjamin Netanyahu

De izquierda a derecha, el presidente israelí, Reuven Rivlin, el expresidente estadounidense, Barack Obama, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu. AFP

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Sin embargo, es experto en jugar la ficha judía en su propio beneficio. En 1996, su promesa de que él era “bueno para los judíos” hizo que ganara el poder.

En 2015, su advertencia sobre que los judíos deberían apresurarse a votar por él, o su destino iba a ser decidido por “manadas” de árabes que supuestamente se dirigían a las mesas de votación, logró el mismo cometido.

Así como apelar a la judeidad de las personas logra que se ganen elecciones, también logra que se bloqueen las negociaciones de una solución al conflicto palestino-israelí.

La insistencia de Netanyahu sobre que los palestinos reconocieran a Israel como un Estado judío en el 2014 se convirtió en el último clavo en el ataúd de un proceso de paz ya moribundo.

En muchos sentidos, el perfil político de Netanyahu coincide con el de los republicanos estadounidenses de la línea más intransigente. Su esposa una vez dijo, jactándose, que si Netanyahu hubiese nacido en EE. UU., podría haber sido presidente de dicha nación.

Probablemente, habría preferido tal vida, en gran medida por el gran poder que ello le hubiese otorgado. También le habría permitido evitar ocho años frustrantes de desacuerdos con el presidente Barack Obama.

Ahora, sin embargo, Netanyahu está aliviado al tener en la Casa Blanca a Donald Trump, un republicano con ideas afines a las de él, que es, prácticamente, el polo opuesto de Obama.

El último presidente estadounidense mostró empatía por las minorías y los inmigrantes; defendió los derechos humanos y civiles; logró un avance diplomático con Irán; buscó la paz en Palestina y, lo más problemático de todo, intentó que el líder israelí se responsabilice por sus actos.

Netanyahu prefiere, de lejos, la cruda charlatanería de Trump al liberalismo profesoral de Obama.

De hecho, Trump y Netanyahu tienen en común varios aspectos –y también con otros líderes no liberales, como el presidente turco Recep Tayyip Erdogan–.

Los tres consideran la hostilidad abierta hacia los medios de comunicación como una forma de asegurar y consolidar el poder.

Trump ha lanzado, inequívocamente, una “guerra contra los medios de comunicación”. Erdogan, por su parte, ha reprimido la libertad de prensa, arrestando a periodistas por acusaciones de participación en el fracasado golpe militar de julio pasado. Netanyahu se ha desempeñado como ministro de comunicaciones en ejercicio de Israel desde finales del 2014.

La lógica no es difícil de discernir. Se supone que los medios de comunicación tienen que cuidar que quienes están en el poder se responsabilicen de sus actos. Por lo tanto, aquellos que están en el poder tratan de sofocar a los medios de comunicación.

Por supuesto, Netanyahu no está haciendo todo el trabajo pesado en cuanto a empujar a Israel hacia el no liberalismo, y la censura y el acoso no están reservados exclusivamente a los medios de comunicación.

El ministro de Educación, Naftali Bennett –presidente del partido Casa Judía, un aliado clave en la coalición de extrema derecha de Netanyahu y un destacado defensor de la anexión de tierras palestinas–, ahora está impartiendo instrucciones a las escuelas en el sentido de que “estudiar el judaísmo es más importante que estudiar matemáticas y ciencia”.

La ministra de Justicia, Ayelet Shaked, también miembro del partido Casa Judía, es la segunda persona tras Bennett que muestra su ardor ultrasionista.

Ahora está encabezando un ataque contra la última frontera de la democracia israelí, la Corte Suprema, condenándola por decisiones como en la que se sostuvo que las políticas sobre el gas natural de Israel eran inconstitucionales.

Más recientemente, Shaked aprobó la “ley de lealtad en la cultura”, que haría que el financiamiento cultural del gobierno vaya a depender de la “lealtad” que tiene el receptor hacia el Estado judío.

Las nociones de lealtad se utilizan como armas no solo contra los artistas. Un recién aprobado proyecto de ley –claramente dirigido a los representantes de los árabes-israelíes en el Knesset (parlamento)– permitiría que los miembros del Legislativo sean retirados por deslealtad al Estado. Las ONG que se centran en los derechos humanos y la búsqueda de la paz son escudriñadas como agentes extranjeros.

Para Israel, la democracia siempre ha sido un activo estratégico, porque un Israel democrático encaja de manera natural en la Alianza Occidental. Mientras que Occidente no perdió tiempo en imponer sanciones a la Rusia del presidente Vladimir Putin después de su anexión de Crimea, no ha castigado la ocupación israelí de tierras palestinas. Sin embargo, cuanto más Israel adopta prácticas inspiradas en Putin, hace que su conexión con su retaguardia estratégica en Occidente se torne cada vez más débil.

Queda por ver si el impredecible Trump cumplirá las expectativas de Israel. Lo que está claro es que al debilitar sus credenciales democráticas, Israel pone en peligro la cuerda salvavidas que lo conecta con Occidente, incluyendo a EE. UU. pos-Trump.

SHLOMO BEN-AMI
Exministro israelí de Asuntos Exteriores, vicepresidente del Centro Internacional de Toledo para la Paz y autor del libro ‘Cicatrices de guerra, heridas de paz. La tragedia árabe-israelí’.
© Project Syndicate

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