299 días secuestrado en Siria por radicales islamistas

299 días secuestrado en Siria por radicales islamistas

El periodista Antonio Pampliega narra su experiencia en uno de los lugares más peligrosos del mundo.

Antonio Pampliega, periodista secuestrado en Siria

Antonio Pampliega llega a su país, España, al abrazo con su familia, después de haber logrado salir con vida.

Foto:

Diego Crespo / AFP

26 de junio 2017 , 03:21 a.m.

Durante 10 meses, el periodista Antonio Pampliega vivió en la oscuridad de una habitación, secuestrado en algún punto de Siria. En ese tiempo lo humillaron, lo golpearon, lo intentaron convertir al islam e incluso simularon que le iban a rebanar la cabeza con un cuchillo, como habían hecho con su amigo James Foley un año antes, en el 2014.

Era julio del 2015, y en ese momento no sabía bien quiénes eran sus captores ni mucho menos cuál sería su destino, siempre con la imagen presente del periodista arrodillado, vestido de naranja y los tétricos videos que el Estado Islámico ha obligado a ver al mundo entero.

Pampliega había llegado a Siria por duodécima vez para terminar un reportaje que había dejado a medias sobre los cascos blancos, el grupo de voluntarios que asiste a las víctimas tras los bombardeos. Solo iba a estar dos semanas e iba acompañado por Ángel Sastre y José Manuel López, los dos amigos camarógrafos con los que trabajaba. Pero su guía, la persona que habían contratado como enlace y traductor en Siria, los traicionó, y al carro en el que iba se subieron unos tipos vestidos de negro que convertirían su vida en un infierno de 299 días.

Así lo cuenta en el libro 'En la oscuridad' (Ediciones Península), que ya alcanza la tercera edición: “Mi celda está en penumbras, salvo por un pequeño haz de luz procedente de un led situado en una de las paredes de la habitación, que me permite ver mi silueta recortada en el muro (…). La luz se va apagando al mismo ritmo que mi esperanza de salir con vida de este agujero. Me hundo en una profunda desesperación”. Una desesperación que lo llevó incluso a intentar suicidarse.

Ahora, casi un año después de su liberación, Antonio tiene fuerzas para hablar de lo que pasó cuando estaba en manos del Frente al Nusra, una facción de Al Qaeda en Siria. Y aunque no odia a sus captores, no olvida. Mientras Antonio estaba encerrado en una celda de la que solo podía salir 10 minutos al día para ir al baño, Reporteros sin Fronteras contabilizaba 26 periodistas secuestrados, detenidos o desaparecidos en Siria, 18 de ellos por el Estado Islámico.

Lo primero que le dice a su madre tras el secuestro es ‘lo siento’, ¿por qué?

Tenía mucho sentimiento de culpa; al principio con mi familia, y luego con mis compañeros, pues yo sentía que les había fallado. He mejorado trabajándolo mucho, dándome cuenta de que mi familia asume que mi trabajo es el que es, y que mis compañeros sabían dónde se estaban metiendo y los peligros que tenía. Pero sentía mucha culpabilidad.

Hay un punto en el que piensa en la muerte, por su propia mano o por la de sus captores, ¿cómo es llegar a ese límite?

Llega un momento en el que piensas: “¿Quiero que el último recuerdo que tengan mis padres y mis hermanos de mí sea de rodillas y vestido de naranja para ser decapitado?”. Uno llega a la decisión de que, antes de que vean eso, prefieres hacerlo tú mismo, en la intimidad. Las circunstancias te acaban empujando a ello. Hay un momento en el que yo llamo a la puerta de mi celda para pedir a mis secuestradores que me maten. Es como una liberación de decir ‘ya no los aguanto más’. Estaba hecho polvo: todos los días, ya no solo las torturas y los maltratos, sino estar encerrado y solo. Todos los días con tus fantasmas. Llega un momento en el que ya no se aguanta más. Es un proceso.

Los últimos siete meses lo separaron de sus compañeros y su situación se agravó, ¿qué fue lo peor del cautiverio?


Lo peor fue estar solo. Si hubiera estado con mis compañeros cuando me maltrataban, me hubiera apoyado en ellos. Al principio, cuando estábamos juntos, yo recibía amenazas, y ellos intentaban calmarme con pequeñas palabras, tonterías. Pero si siguen maltratándote y tienes que estar solo, se pierde la fe, las ganas y entras en una espiral de depresión hasta tocar fondo.

¿Cuál era su mayor miedo?

Mi mayor miedo siempre fue acabar siendo vendido al Estado Islámico, porque sabía que después de eso no había nada. Una vez en el EI, todo se acababa, de ahí no se salía con vida. Por eso, también tenía miedo de ser ejecutado y que mi familia lo viera. Y también me daba miedo que mis compañeros hubieran sido ejecutados, otra vez por ese sentimiento de culpa, porque yo pensaba que era el responsable de que ellos hubieran venido a Siria.

Sus secuestradores le cambiaron el nombre. ¿Por qué?

Me lo cambiaron por el de Wail. No entiendo cuál era el objetivo, imagino que intentaban convertirme y cambiar mi identidad, que perdiera cualquier tipo de vínculo con España y con mi familia, y acabar eliminando la persona que yo había sido. Esa fue una de las cosas que más me dolió. Yo me repetía varias veces: “No me llamo Wail, me llamo Antonio, como mi abuelo”.

En el libro cuenta que escribir cartas a su hermana fue la única forma de desahogarse, ¿qué suponían para usted esos textos que llegó a memorizar para poder compartirlos después?

Cuando a mí me separan, me dan un cuaderno, y lo que empieza siendo una carta a mi hermana en la que le explico las ganas que tengo de verla y de abrazarla, y le pido perdón por perderme su cumpleaños, se acaba convirtiendo en un diario donde escribo lo que me va ocurriendo, los acontecimientos importantes: cuando me venían a interrogar, cuando me hacían videos, cuando me pegaban, cuando tenía momentos especiales como la Navidad o mi cumpleaños, con el objetivo de que alguien, en un futuro no muy lejano, pudiera entregar a mi hermana ese diario. Por eso, además del diario, escribí en la parte superior el nombre completo de mi hermana, su dirección y su teléfono.

¿Qué siente ahora al publicar el libro y poder contar lo que pasó?

Me siento un poco abrumado y también liberado de poder contar lo que pasó un año después del secuestro, con la esperanza de poder pasar página y que nadie más me pregunte qué pasó en esos 10 meses. Que no solo me sirva como terapia para poder avanzar, sino que la gente sacie su curiosidad… Sé que voy a seguir siendo el periodista que fue secuestrado por Al Qaeda toda mi vida, pero también tengo que pasar página, es necesario no estar viviendo siempre con lo mismo.

En el libro se desnuda y habla del miedo, del llanto, de los maltratos… casi como desmintiendo la imagen de héroe que tiene el periodista de guerra, ¿por qué optó por hacerlo así?

El objetivo de este libro también era quitarnos a los corresponsales de guerra ese halo de heroicidad; es una imagen que hay que desmentir. Tendríamos que ser más humildes y decir ‘oye, voy a cubrir una guerra y estoy acojonado’. Creo que sería mucho más humano, y a la gente le llegaría mucho más nuestro mensaje. Mi forma de escribir ha sido plasmar cómo me sentía: como un niño, en algunos momentos; una persona desamparada, en otros…

Su compañero Ángel Sastre dijo que quiere contar su historia, pero que ‘será un relato con muchos espacios en blanco’. En su caso, ¿hay cosas que ha preferido omitir?

No, en mi caso no. He contado todo lo que creo que puede aportar a la gente como mensaje de vida y también de superación, no me he guardado nada. Me desnudo delante de gente que me va a juzgar. Podría haber omitido el intento de suicidio, por ejemplo, y no lo hice, y eso es lo más íntimo que uno tiene. Lo que me guardo es lo que pasa a partir del 8 de mayo, cuando nos liberan.

Precisamente, el libro termina en Turquía, cuando lo liberan, pero ¿cómo se sigue la vida después de una experiencia así?

Ha tenido que pasar bastante tiempo para que me sienta mejor. Tardé cinco meses en regresar al trabajo, y todo lleva un proceso. Por suerte, mi núcleo familiar me ha protegido mucho. Cuando salí del secuestro, no quería estar solo en casa por nada del mundo, y mi madre tuvo que dejar de trabajar para estar conmigo. Todavía no estoy bien, queda mucho recorrido para terminar de curarme, pero voy paso a paso.

¿Qué secuelas dejó el cautiverio?

Me liberaron el día 7, el día 8 llegué a mi casa y sufrí por primera vez en mi vida un episodio de epilepsia por el estrés que había pasado durante este tiempo. Estuve tres días en el hospital La Princesa, de Madrid. Los primeros meses tenía que tomar pastillas para dormir, porque tenía muchas pesadillas. Al día de hoy, casi 13 meses después, ya no tomo pastillas, no he vuelto a tener ataques de epilepsia, y físicamente estoy mejor. Aunque yo entré en Siria el 11 de julio del 2015 con 105 kilos, y salí el 7 de mayo del 2016 con 70; perdí 35 kilos en 299 días.

¿Ha podido perdonar a sus captores?

Yo no odio a mis captores, pero no los perdono. No por lo que han hecho conmigo, sino por lo que le han hecho a mi familia.

¿Volvería a jugarse la vida por un reportaje?

No. Ningún reportaje merece que arriesgue mi vida. Está bien cubrir las guerras, pero con más cabeza, porque durante estos 10 años que llevo cubriendo guerras, en muchas ocasiones he sido bastante inconsciente.

IRENE LARRAZ
Especial para EL TIEMPO

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