Siria: un drama de casi seis años y sin ninguna señal de pronto final

Siria: un drama de casi seis años y sin ninguna señal de pronto final

Analistas coinciden en que la integridad territorial del país se perderá así haya paz.

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Un niño sirio recibe tratamiento en un hospital situado en la zona controlada por el régimen en la ciudad de Alepo.

Foto:

George Ourfalian / AFP

16 de octubre 2016 , 06:18 a.m.

Hasta hace muy pocos años, cuando se pensaba en Siria se veía a un país con una presencia política importante en Oriente Próximo, como una potencia militar que proyectaba sus intereses más allá de sus fronteras y con un liderazgo incontestable.

Hoy se ve como un país inviable, sumergido en un conflicto de casi seis años que se convirtió en un laboratorio de una soterrada ‘Guerra Fría’ entre suníes y chiíes o, lo que es lo mismo, entre Arabia Saudí e Irán, y con la intervención de las potencias extranjeras que en un ajedrez geopolítico complejo intentan sacar provecho.

El fundador del clan Al Asad, Hafez, militar que llegó al poder mediante un golpe de Estado en 1971, mantuvo la unidad nacional a sangre y fuego hasta su muerte en el año 2000, cuando lo sucedió Bashar, su hijo oftalmólogo educado en Europa.

(También: El rompecabezas geopolítico que alimenta el conflicto en Siria)

Asumido a su llegada al poder como un reformista, Bashar pronto se dio cuenta de que no podía tocar mucho las estructuras que cimentaron el régimen familiar, que en suma se basaba en frágiles equilibrios sobre una cuerda muy floja. De ahí a continuar la represión hubo poco.

La Primavera Árabe, que se desató desde el 2010 como una ola de cambio en los regímenes de Oriente Próximo, llegó a Siria transformada en un huracán de protestas contra el gobierno de Al Asad, que las reprimió de forma brutal entre marzo y junio del 2011. Desde entonces, la violencia solamente escaló. Actualmente, la existencia del Estado sirio se define por las zonas donde están presentes las fuerzas leales a Al Asad, pero el país nacional como tal podría ya no existir.

Siria es hoy un territorio en el que más de 30 factores armados ejercen violencia, entre ellos el ejército del régimen, el Estado Islámico, los rebeldes de la oposición moderada, yihadistas de Al Qaeda en la forma del Frente Al Nusra, los kurdos y las contribuciones en forma de bombardeos de Rusia, la coalición occidental dirigida por Estados Unidos y la presencia turca. Toda una paradoja de intereses en conflicto, pues, por ejemplo, el EI y Washington quieren ambos derrocar a Al Asad, pero al mismo tiempo son enemigos jurados.

(Además: 'Rusia no tiene mayor lugar en la región' / Análisis)

Y en la mitad, las víctimas de la población civil que resisten con el apoyo de los cascos blancos, heroicos rescatistas que se juegan la vida para sacar a los atrapados bajo los escombros que deja la lluvia de bombas.

El mundo tiene que hacerse a la idea de que la Siria que conocíamos antes de este conflicto no existirá más, incluso si mañana se firmara la paz. El país se ha roto por completo”, le asegura a EL TIEMPO Efraim Inbar, director del Centro Begin Sadat de Estudios Estratégicos.

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Muertos en Siria

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Al Asad es consciente de ello. En la partición que se haga en una posible posguerra, su aspiración sería el poder quedarse con la región de Damasco, pero también con la de Alepo, considerada la capital económica del país.

Alepo es la ciudad en la que se fijan todos los ojos del mundo. En su intento por retomar su parte oriental (dominada por los rebeldes), el régimen de Damasco, apoyado por los bombarderos rusos, ha empleado toda su fuerza y ha desatado una crisis humanitaria sin precedentes.

(Vea: 'En Alepo, o te matan las bombas o te mata el hambre')

Para Washington, las relaciones con Damasco siempre fueron vistas como las que se tienen con un agente potente en la región. Pero desde hace cinco años, EE. UU. exige la salida de Al Asad como uno de los puntos para alcanzar la paz. En esto choca con Moscú, a lo que se suma que muchos consideran que esta posición, junto con la no intervención de tropas estadounidenses en el terreno, es ambivalente.

Rusia, tradicional aliado sirio, se ha convertido en un factor desequilibrante. Con presencia de todas sus fuerzas armadas y una base en el puerto de Tartus, los rusos entraron directamente en la guerra el 30 de septiembre del 2015 con bombardeos, más que todo contra los rebeldes moderados, aunque el Kremlin asegura que también asesta golpes al EI.

Las relaciones entre Washington y Moscú están tensas, y se habla incluso de una posible nueva Guerra Fría. La reciente y fallida tregua entre el 13 y el 18 de septiembre, en la cual fue aniquilado un convoy del Ejército sirio por un ataque de la coalición occidental, es una muestra de ello. Peor aún fue el ataque contra el convoy humanitario que iba rumbo a Alepo y que se sospecha fue perpetrado por los rusos.

La presencia foránea en este conflicto no se refiere solo a las dos superpotencias. En las filas de grupos como EI y otros que se hacen presentes en el terreno hay militantes de múltiples nacionalidades que responden a la yihad (guerra Santa) contra Occidente.

Irán y Turquía también tienen intereses. Los iraníes apoyan a Al Asad (miembro de la minoría chií siria de los alauíes); su grupo afín, Hezbolá, está en el terreno, y los turcos hacen parte de la coalición que ataca a EI en Siria, pero también están inmersos en una guerra contra los kurdos. Esto en el marco de la soterrada guerra entre el islam suní, liderado por Arabia Saudí y del que se cree apoya al EI, y el chií, liderado por Irán.

Así, el conflicto en Siria ha remodelado el mapa geopolítico. Turquía se ha vuelto a acercar a los rusos. De otro lado, EE. UU., que ya tenía una estrategia de acción en Siria e Irak contra el EI mientras patrocinaba la lucha de los rebeldes contra Al Asad, ve la intervención rusa como un desafío mayúsculo.

Durante los cinco años del conflicto, los israelíes se han mantenido expectantes, pero no quietos. Sabiendo que esta guerra se está dando muy cerca de sus fronteras, el gobierno de Benjamin Netanyahu recompuso sus relaciones con Ankara y Moscú. Una misma suerte no han corrido los lazos con Washington, debilitados por serios desencuentros con Barack Obama.

En suma, un gran puzle con millones de civiles sirios como víctimas y que no ven luz al final de este oscuro túnel.

LUIS ALEJANDRO AMAYA E.
Subeditor Internacional
En Twitter: @luisamaya2

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