Confesiones de un matón a sueldo de Bashar al Asad
Por: ETHEL BONET PARA EL TIEMPO MARAA (SIRIA) |
Los shabihas están recluidos en el laboratorio de ciencias de un colegio de secundaria.
Foto: Ethel BonetEn una improvisada cárcel, EL TIEMPO habló con un paramilitar al servicio del régimen sirio.
"A veces me arrepentí por lo que hice, pero la mayoría de ellas no éramos conscientes de nada porque estábamos bajo los efectos de las drogas o el alcohol", justifica Ahmad Faji, miembro de una milicia de shabihas, los paramilitares seguidores de Bashar al Asad que han sembrado de terror las ciudades sirias.
Como si se tratara de un interrogatorio policial responde a las preguntas de EL TIEMPO sin titubear y sin levantar la vista al frente. Faji está sentado en una silla de plástico escoltado por tres rebeldes armados. La situación resulta cómica al ver la improvisada sala del tribunal que es el laboratorio de ciencias de una escuela de secundaria, transformada en la prisión más grande de la provincia de Alepo, donde hay encarcelados, en las aulas, unos 200 prisioneros de guerra, la mayoría matones a sueldo del régimen y agentes de seguridad.
Su grupo de 25 sicarios tiene un largo historial de barbaries cometidas en la ciudad de Alepo y la vecina Anadane. Su banda ha violado a seis estudiantes de la Universidad de Alepo; ha acuchillado hasta la muerte a decenas de opositores, y plantado explosivos que han hecho estallar para que parecieran atentados y responsabilizar así a los "terroristas", relata el prisionero sin inmutarse.
Este grupo está bajo las órdenes del coronel Zuher Bitar, jefe de Inteligencia de la Aviación en Alepo. "El coronel Bitar nos pagó mucho dinero por cada misión", asegura el shabiha, antes de detallar que el grupo cobra 50.000 liras sirias (alrededor de 20.000 euros) por una misión normal (golpear o torturar a activistas o manifestantes) y el doble cuando se trata de hacer estallar explosivos.
Una vez, plantaron explosivos en un parque público de Alepo por la madrugada y llamaron a la televisión prorégimen Al Dunia "para que grabara lo que hacíamos y dijesen que era obra de terroristas".
"Los jueves por la noche nos traía botellas de vodka y whisky, que mezclábamos con anfetaminas y otras drogas, y nos pasábamos así toda la noche para estar preparados para las manifestaciones del viernes", explica el asesino. Totalmente drogados, los shabihas cogían cuchillos y palos. "Subíamos a las pick up negras, conduciendo a toda velocidad, y atacábamos las manifestaciones y golpeábamos como locos a los manifestantes", relata sin obviar detalle.
El criminal confiesa que atacaron una protesta de estudiantes de la Universidad de Alepo: "Secuestramos a seis chicas y las violamos de camino a los servicios de Inteligencia". "Tengo las manos manchadas de sangre y el Islam castiga a los asesinos".
Como se trata de una prisión muy reciente, los presos han sido encarcelados sin un juicio previo, pero el director de la cárcel, Abu Hatib, asegura que están organizando un tribunal penal con abogados y jueces "civiles".
"Aquí no juzgamos a nadie bajo las leyes de la sharia (ley islámica); no somos islamistas", increpa Abu Hatib, que ya ha tenido alguna que otra situación comprometida y desconfía de la prensa extranjera.
"Aquí tratamos a todos por igual, con el respeto que se merecen los presos. Ahora es ramadán y no comen hasta la ruptura del ayuno", explica Abu Hatib, director de la prisión, con un tono de poco convencimiento.
"Sacamos a los prisioneros al patio dos veces al día, por un periodo de tiempo de 45 minutos, cada una de las veces y les damos a los reclusos lecciones de reeducación y reinserción social para cuando salgan de la cárcel", continúa Abu Hatib.
El director nos permite acercarnos a una de las celdas donde están encerrados los shabihas. En un aula donde han cambiado la puerta por una reja, hay medio centenar de prisioneros hacinados en el suelo. Nerviosos por la presencia de la periodista algunos reclusos intentan taparse la cara con los brazos o con lo que pueden para no ser reconocidos en las fotos.
Sin entrar a la celda, Abu Hatib llama a uno de los presos para que se acerque y le obliga a levantarse la camiseta. En el pecho y en la espalda lleva tatuado de derecha a izquierda el busto del jeque Hasan Nasrala (líder del movimiento chií libanés Hezbolá); en el centro al 'rais' Bashar al Asad y el de Ayatolá Jamenei.
La espalda la lleva cubierta con insignias del régimen, nombres en árabe, entre ellos el Partido de Dios (Hezbolá) y dos leones que representan a Hafez y Bashar al Asad.
"El tatuaje me lo hice hace seis meses. Me hice shabiha porque soy alauí y cuantos más perros sunís mate me recompensarán con un lugar mejor en el Paraíso", explica convencido el prisionero.
Ethel Bonet
Para EL TIEMPO
Maraa (Siria)


Miembro de
Miembro de