El peligroso juego de Rusia en Siria/ Análisis
Por: EDUARD SOTO |
A Rusia no le importa ser el malo de la película.
La indignación internacional por el veto a la resolución de la ONU que le exige al presidente sirio, Bashar al Asad, dar un paso al costado para evitar una guerra civil y parar el derramamiento de sangre no parece inquietar a su gobierno.
Moscú, en plena campaña electoral, entiende que tiene intereses nacionales que defender, aun a costa de la vida de miles de sirios. Un brutal libreto de realpolitik. Varias son las razones.
La defensa radical de la tesis de que lo que sucede en Siria es un problema interno, en que ningún país debe tener injerencia, se refleja directamente en el caso de Chechenia, su provincia rebelde e independentista.
A Putin y compañía no les interesa que el mundo indague demasiado sobre cómo controlan lo que sucede allí, algo que se solapó con éxito en tiempos de la guerra contra el terrorismo de George W. Bush. O, peor aún, que haya un contagio ‘revolucionario’ en su territorio.
Por otra parte, Rusia goza de una base naval en el puerto sirio de Tartus. Eso le permite tener acceso privilegiado al Mediterráneo. En la época de la Guerra Fría, la base sirvió como elemento disuasorio de un eventual ataque de la Otan. Hoy es de sus enclaves más importantes, que le permite tener un respaldo más allá de lo diplomático a su política para la región, en la que por cuenta de la Primavera Árabe ha perdido notoria influencia.
Y está el tema del orgullo nacional de la superpotencia, agitado por un renovado Putin que quiere volver a la presidencia formal y que aún seduce a millones de nostálgicos con los tiempos de esplendor soviético.
En esa medida, Rusia juega el papel de contrapeso global de Estados Unidos, incluso oponiéndose a resoluciones razonables del Consejo de Seguridad de la ONU. O, en el colmo del pragmatismo, tiene claro que, con Al Asad o sin Al Asad, el panorama en Siria no va a mejorar.
EDUARD SOTO
EDITOR DE INTERNACIONAL




