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Niñas afganas, vestidas de niños por necesidad

Por: Redacción eltiempo.com | 9:36 p.m. | 06 de Octubre del 2010

Niñas afganas se visten de niños
Foto: Adam Ferguson / The New York Times

La presión social para tener varones obliga a que las familias finjan que sus niñas son niños.

Mehran Rafaat, de seis años, es como todas las niñas de su edad: le gusta ser el centro de atención. A menudo se siente frustrada cuando las cosas no son como ella quiere. Al igual que sus tres hermanas mayores, está ansiosa por descubrir el mundo fuera del apartamento de la familia en el barrio de clase media en Kabul.

Sin embargo, cuando su madre, Azita Rafaat, legisladora del Parlamento, viste a sus hijas para ir a la escuela, hay una diferencia importante: las hermanas de Mehran se ponen vestidos negros y mascadas en la cabeza, y Mehran, pantalones verdes, camisa blanca, corbata y el cabello corto.

No existen estadísticas sobre cuántas niñas afganas se disfrazan de niños. Cuando se pregunta, afganos de varias generaciones cuentan una historia de una pariente, amiga, vecina o compañera de trabajo que creció disfrazada de niño.

La gente no se refiere a estas niñas ni como "hija" ni como "hijo", sino como  bacha posh , que en dari significa "vestida como un niño".

Es una costumbre que ha permanecido oculta para la gente de fuera; no obstante, atraviesa clase, educación, origen étnico y geografía, y ha perdurado a pesar de las muchas guerras y gobiernos de Afganistán.

Las familias afganas tienen muchas razones para fingir que sus niñas son niños, incluidas la necesidad económica, la presión social para tener varones y, en algunos casos, la superstición de que hacerlo puede llevar al nacimiento de uno de verdad. Por la falta de un hijo, los padres deciden inventar uno, por lo general, cortando el cabello de una hija y vistiéndola con ropa típica afgana para varones.

No existen proscripciones específicas, legales o religiosas contra la costumbre. En la mayoría de los casos, el retorno a la feminidad se realiza cuando la niña entra en la pubertad. Los padres son los que casi siempre toman esa decisión.

En un territorio donde los hijos se valoran más porque en la cultura tribal son, por lo general, sólo ellos los que pueden heredar la riqueza paterna y transmitir el apellido, las familias sin varones son objeto de lástima y desprecio. Incluso, un hijo inventado aumenta la posición de la familia.

Un 'disfraz' en la desigualdad

Una "bacha posh" también puede recibir más fácilmente educación, trabajar fuera de la casa, incluso, acompañar a sus hermanas en público, permitiendo libertades insólitas para las niñas en una sociedad que separa a los hombres de las mujeres. Para algunas, el cambio puede ser desorientador, así como liberador, porque las mujeres están en un limbo entre los sexos.

"Sé que es muy difícil para usted creer por qué una madre hace estas cosas a su hija", dijo Rafaat en una entrevista. Desde el día en que fue madre por primera vez - el 7 de febrero de 1999-, Rafaat supo que había fallado, dijo. Había dado a luz a las hermanas mayores de Mehran, Benafsha y Beheshta.

La primera gemela nació tras casi 72 horas de trabajo de parto, con un mes de anticipación. La niña sólo pesó 1,2 kilogramos y no respiró desde un principio. Su hermana nació 10 minutos después. Ella también estaba inconsciente.

Cuando su suegra empezó a llorar, Rafaat sabía que la anciana estaba decepcionada. "¿Por qué nos están llegando más niñas a la familia?", gritó. Rafaat creció en Kabul, donde fue una estudiante de altas calificaciones, que hablaba seis idiomas y albergaba sueños de convertirse en doctora.

Sin embargo, una vez que su padre la obligó a ser la segunda esposa de su primo hermano, tuvo que someterse a ser la mujer de un campesino analfabeta, vivir en una casa rural sin agua corriente ni electricidad, donde mandaba la suegra viuda, y donde se esperaba que ayudara a atender a las vacas, ovejas y gallinas.

Presiones

Los conflictos con la suegra comenzaron de inmediato porque la nueva Rafaat insistía en mejor higiene y más contacto con los hombres de la casa. También pidió a su suegra que dejara de golpear con su bastón a la primera esposa de su marido.

Cuando Rafaat rompió el bastón en protesta, la anciana exigió a su hijo Ezatullah que controlara a su nueva esposa. Él lo hacía con una vara de madera o un alambre. "En el cuerpo, en la cara. Traté de detenerlo. Le pedí que no lo hiciera"

Pronto quedó embarazada. La familia la trató un poco mejor a medida que aumentó en volumen. "Esperan un hijo esta vez", explicó.

La primera esposa de Ezatullah parió dos hijas, una de las cuales murió pequeña, y ya no podía concebir. Azita Rafaat parió dos hijas, volvió a intentarlo y tuvo dos hijas más: Mehrangis, ahora de 9 años, y, finalmente, Mehran.

Al preguntarle si alguna vez consideró abandonar a su esposo, se sorprendió: "Pensé en morirme, pero nunca pensé en el divorcio. Si me hubiera separado perdía a mis hijas, y no tendrían ningún derecho". Hoy, está en una posición de poder, al menos en el papel. Es una de 68 mujeres del Parlamento de 249 escaños en Afganistán, y representa a la provincia de Badghis.

Su esposo está desempleado y pasa la mayor parte del tiempo en la casa. Al convencerlo de alejarse de su suegra y ofrecer contribuir al ingreso familiar, ella preparó el terreno para su vida política. A los tres años de casados, después de la caída del Talibán en 2002, empezó a hacer trabajo voluntario en atención de la salud en diversas organizaciones no gubernamentales. Hoy, gana 2.000 dólares mensuales como parlamentaria.

Como política, trabaja para mejorar los derechos de las mujeres y el imperio de la ley. Hace poco contendió por la reelección, pero sólo lo pudo hacer con el consentimiento de su esposo. Persuadirlo no resultó fácil: quería volver a intentar tener un hijo. Sería difícil combinar el embarazo y otro niño con su trabajo, dijo, y, en cualquier caso, podría ser otra niña.

Sin embargo, la presión para tener un varón se extendió más allá del marido.

Comentó que era el único tema del que hablaban sus electores cuando llegaban a su casa. "Cuando no tienes un hijo en Afganistán, es como si algo enorme te faltara en la vida -dijo-. Todos se sienten tristes por ti".

En un intento por conservar el trabajo y aplacar a su marido, así como eludir la amenaza de que él se consiguiera una tercera esposa, le propuso hacer que su hija más pequeña pareciera niño. Juntos hablaron con la niña, dijo: "¿Quieres verte como un niño y vestirte como niño, y hacer cosas más divertidas como las que hacen los niños, como andar en bicicleta, y jugar fútbol y críquet? ¿Y te gustaría ser como tu padre?".

Mehran no dudó en decir que sí. Esa tarde, su padre la llevó a la peluquería, donde le dejaron muy corto el cabello. Siguieron al bazar, donde obtuvo ropa nueva. Incluso, le pusieron un nombre nuevo; primero se llamó Manoush, y lo ajustaron a Mehran, que suena más a nombre de niño.

Su regreso a la escuela -con jeans y sin coletas- pasó sin grandes reacciones entre sus compañeros de la escuela. Aún tomaba la siesta de la tarde con las niñas y se ponía la ropa de dormir en un cuarto separado de los niños. Sin embargo, siempre se presentaba como niño a los recién llegados.

Jenny Nordberg
The New York Times
Kabul (Afganistán)

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