Algunas verdades incómodas sobre la inmigración

Algunas verdades incómodas sobre la inmigración

Este analista desmonta los argumentos clásicos de los beneficios económicos de la inmigración.

Inmigrantes en Europa

Llegada de inmigrantes al puerto de Motril, España.

Foto:

Alba Feixas / EFE

20 de enero 2018 , 09:38 p.m.

La sociología, la antropología y la historia han venido haciendo grandes avances en el debate sobre la inmigración. Parece que el ‘Homo economicus’, que vive solo por el pan, le ha cedido el lugar a alguien para quien una sensación de pertenencia es tan importante como comer.

Esto hace dudar de que la hostilidad hacia la inmigración masiva sea simplemente una protesta contra las pérdidas de empleo, los salarios deprimidos y la creciente desigualdad. El bienestar económico no es lo mismo que el bienestar social.

Empecemos, sin embargo, por la economía, utilizando como ejemplo al Reino Unido, donde entre 1991 y el 2013 hubo un ingreso neto de 4,9 millones de inmigrantes. La teoría económica estándar dice que la inmigración, al igual que el libre comercio, es benéfica. El argumento es que si uno aumenta la cantidad de mano de obra, su precio cae. Esto aumentará las ganancias. El aumento de las ganancias lleva a más inversión, lo que hará crecer la demanda de mano de obra, revirtiendo así la caída inicial de los salarios, con una clara mejora en el bienestar general.

Sin embargo, un estudio del economista de Cambridge Robert Rowthorn ha demostrado que los “efectos temporales”, en términos de trabajadores nativos desplazados y salarios más bajos, pueden durar cinco o diez años. Y que incluso descartando una recesión, si existe un ingreso continuo de inmigrantes, en lugar de un incremento excepcional en el tamaño de la fuerza laboral, la demanda de mano de obra puede ir constantemente a la zaga del crecimiento de la oferta. “El argumento de que los inmigrantes les quitan el empleo a los trabajadores locales y hacen caer sus salarios”, sostiene Rowthorn, “puede ser exagerado, pero no siempre es falso”.

Un segundo argumento es que la inmigración rejuvenecerá la fuerza laboral y estabilizará las finanzas públicas, porque los trabajadores jóvenes importados generarán los impuestos necesarios para sostener a un creciente número de pensionados. Rowthorn desestima este argumento. “El rejuvenecimiento mediante la inmigración es una cinta sin fin, porque requiere un flujo interminable de inmigrantes –explica–. Una vez que el ingreso de inmigrantes se detenga, la estructura etaria se revertirá y volverá a su trayectoria original”. Un ingreso menor de inmigrantes y una edad jubilatoria más alta serían soluciones mucho mejores para el envejecimiento de la población.

Por lo tanto, incluso en contextos económicos óptimos, es decir sin recesión, los argumentos económicos para una inmigración de gran escala son poco concluyentes. Eso nos lleva a su impacto social, donde el beneficio de la diversidad choca con el riesgo de una pérdida de cohesión social.

David Goodhart, exeditor del periódico ‘Prospect’, plantea el tema desde una perspectiva socialdemócrata, sin adoptar postura sobre si la diversidad cultural es buena o mala. Para Goodhart, la raíz de la hostilidad de los liberales ante los controles a la inmigración es su visión individualista de la sociedad. Al no entender el apego de la gente a las comunidades establecidas, catalogan la hostilidad a la inmigración como irracional o racista. Y aquí cabe anotar que una actitud de ‘laissez faire’ frente a la composición de la población de un país es tan insostenible como la indiferencia ante su tamaño.

Un ingreso demasiado rápido de inmigrantes debilita los lazos de solidaridad y, en el largo plazo, erosiona los vínculos afectivos necesarios para sostener el estado de bienestar

El exceso de optimismo liberal sobre la facilidad de integrar a los inmigrantes tiene el mismo origen: si la sociedad es una colección de individuos, la integración no es un problema. Por supuesto, dice Goodhart, los inmigrantes no tienen que abandonar sus tradiciones por completo, pero “existe algo que se llama sociedad” y si no hacen ningún esfuerzo por integrarse, a los nativos les resultará difícil considerarlos parte de la “comunidad imaginada”.

Un ingreso demasiado rápido de inmigrantes debilita los lazos de solidaridad y, en el largo plazo, erosiona los vínculos afectivos necesarios para sostener el estado de bienestar. “La gente siempre favorecerá a sus propias familias y comunidades”, sostiene Goodhart, y “es la tarea de un liberalismo realista la de buscar una definición de comunidad que sea lo suficientemente amplia como para incluir a gente de contextos diferentes, sin ser demasiado amplia como para que pierda sentido”.

Los liberales económicos y políticos son aliados a la hora de defender una inmigración irrestricta. Los liberales económicos ven las fronteras nacionales como obstáculos irracionales para la integración de los mercados. Muchos liberales políticos consideran que los Estados nación y las lealtades que inspiran son obstáculos para la mayor integración política de la humanidad. Y esto pone sobre el tapete el debate más antiguo de las ciencias sociales: ¿La política y los mercados pueden crear comunidades o estas presuponen una sensación previa de pertenencia?

Me da la impresión de que cualquiera que piense sobre estas cuestiones está inclinado a coincidir con Goodhart: que la ciudadanía, para la mayoría, es algo con lo que se nace. Los valores se cultivan a partir de una historia y una geografía específica. Si la conformación de una comunidad cambia muy rápido, arranca a la gente de su propia historia y termina perdiendo sus raíces. La ansiedad de los liberales por no parecer racistas les impide ver estas verdades. El resultado inevitable es una explosión de lo que hoy se llama populismo.

No se debería forzar la tolerancia de un pueblo al cambio y a la adaptación más allá de sus límites, porque eso, seguramente, provocará hostilidad.

ROBERT SKIDELSKY*
© Project Syndicate
Londres
* Profesor emérito de política económica en la Universidad de Warwick y autor de una biografía sobre John Maynard Keynes

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