La democracia: amenazada, pero lejos de ser vencida

La democracia: amenazada, pero lejos de ser vencida

Se ha extendido a más de 100 países, pero algunos la ven debilitada por el populismo y corrupción.

Presidenciales Ecuador

Si bien la democracia sigue siendo favorecida por la mayoría del mundo, no es el único modelo de gobierno existente.

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Rodrigo Buendía / AFP

21 de abril 2018 , 10:32 p.m.

Aunque cueste creerlo, el mundo se está volviendo más seguro y más próspero en general. Y esto es especialmente cierto en los países democráticos, que destacan por sus mayores tasas de crecimiento económico y niveles de bienestar. Las democracias también suelen tener menos guerras, conflictos y genocidios, casi ninguna hambruna y ciudadanos más felices, sanos y mejor educados.

La buena noticia es que una gran mayoría de la población mundial ahora vive en una democracia. Sin embargo, en algunas de ellas, el ascenso de partidos políticos nacionalistas y populistas con tendencias autoritarias ha creado una sensación inconfundible de pesimismo que hace que muchos teman por el futuro de la democracia. Pero, ¿hay razones para preocuparse?

Mucha gente olvida que la democracia liberal es una idea relativamente nueva. La mayoría de sus preceptos centrales –la separación de poderes, derechos humanos, libertades civiles, libertad de expresión y reunión, medios pluralistas y elecciones libres, justas y competitivas– no se afianzaron genuinamente sino hasta el siglo XX. De hecho, hasta no hace mucho, en términos históricos, la mayoría de las sociedades había oscilado entre la anarquía y varias formas de tiranía.

Los gobiernos de antes de la era moderna solo produjeron mejoras marginales en la vida de sus súbditos, a quienes a menudo mantenían bajo control mediante una represión brutal. El despotismo despiadado perduró en la mayoría de los lugares, porque las alternativas –entre ellas, un estado de anarquía, como advertía Hobbes– eran aún peor.

La separación de poderes, derechos humanos, libertades civiles, libertad de expresión y reunión, medios pluralistas y elecciones libres no se afianzaron genuinamente sino hasta el siglo XX.

Según el politólogo Samuel P. Huntington, de Harvard, la democracia surgió en tres oleadas. La primera comenzó en el siglo XIX, encabezada por los Estados Unidos, que había desarrollado un sistema de democracia constitucional que era ampliamente admirado por sus controles sobre los poderes y privilegios del Ejecutivo, el Legislativo y la Rama Judicial. A lo largo del siglo XIX, los países de Europa occidental, en particular, emularon el modelo estadounidense. Para 1922, existían unas 29 democracias en todo el mundo, aunque ese número se reduciría a 12 en 1942.

La segunda ola, según Huntington, se produjo después de la victoria de los Aliados en la Segunda Guerra Mundial, y alcanzó su cresta en 1962, cuando había 36 democracias en todo el mundo. Aunque para 1975, el número había caído a 30, debido a las ‘conquistas’ comunistas y la vuelta a regímenes autoritarios en Europa, América Latina, África, Medio Oriente y el sudeste asiático.

La tercera ola fue más bien un sunami. Los gobiernos militares y fascistas cayeron a lo largo de los años setenta y ochenta. Y después de la caída del Muro de Berlín en 1989 y la implosión de la Unión Soviética en 1991, el número de democracias en todo el mundo se triplicó. Al comienzo de la administración del presidente estadounidense Barack Obama en 2009, había 87 democracias en todo el mundo.

Sombras y dudas

Hoy, la confianza en la marcha hacia adelante de la democracia se está atenuando. Los académicos hablan sombríamente de cómo las democracias están sufriendo un ‘retroceso’, ‘recesión’ e incluso ‘depresión’. A otros les preocupa que las democracias se estén vaciando y se vuelvan ‘parciales’, ‘de baja intensidad’, ‘vacías’ y ‘antiliberales’. En estos casos, las elecciones aún se llevan a cabo, pero las libertades civiles y los controles al poder son burlados.

Además, el fracaso de las llamadas ‘revoluciones de colores’ (2003-2005) en Georgia, Ucrania y Kirguistán fue muy desmoralizador, como lo fue el fracaso de la Primavera Árabe (2010-2011) en Egipto, Libia, Siria y en otras partes de Oriente Medio y África. Incluso, más recientemente, los gobiernos de corte autoritario en nuevas democracias como Hungría, Polonia y Turquía, y en viejas democracias como Estados Unidos, han hecho sonar las alarmas. Y una avalancha incesante de titulares negativos en otras democracias ha reforzado la sensación de que el liberalismo y el populismo nacionalista resurgen. Los grupos de vigilancia como Freedom House están convencidos de que el mundo se ha vuelto cada vez menos libre.

Una avalancha de libros nuevos se ha sumado a la creciente sensación de fatalidad. En ‘Cómo mueren las democracias’, Steven Levitsky y Daniel Ziblatt de la Universidad de Harvard sostienen que las democracias generalmente terminan no con un estallido, sino con un gemido, mientras demagogos como el presidente Donald Trump, en Estados Unidos, minan gradualmente los controles y equilibrios.

Asimismo, en ‘The People vs. Democracy’, Yascha Mounk, de Harvard, advierte que la democracia liberal está dando paso al ‘liberalismo no democrático’ y a la ‘democracia no liberal’. El primero protege derechos básicos pero delega poder real a cuerpos tecnocráticos no electos como la Comisión Europea. Este último presenta líderes elegidos democráticamente que ignoran los derechos de las minorías. En términos más generales, Mounk y otros temen que los jóvenes, incluso en Occidente, se estén alejando de la democracia, y lo califican de preocupante.

Los datos dicen que…

Y, sin embargo, hay razones para dudar que la democracia esté en retirada en todo el mundo. Para empezar, no hay pruebas claras de una disminución drástica del apoyo a la democracia en la mayoría de los países, incluido Estados Unidos. Y para el 2015, el último año para el que los datos de ‘Polity Project’ están disponibles, había 103 democracias en todo el mundo, que representan más de la mitad de la población mundial. Sumando a ese dato 17 países clasificados como más democráticos que autocráticos, la proporción de la población que vive en las democracias aumenta a dos tercios. En comparación, apenas el 1 por ciento de la población vivía en países democráticos a principios del siglo XIX. Incluso cuando se reconoce que hay muchos matices de gobernabilidad democrática, esta estadística por sí sola debe hacer una pausa a los agoreros de la democracia.

Lo anterior no es un llamado a la complacencia. La extensión continua de la gobernabilidad democrática está lejos de estar garantizada. Cuando se desglosan por niveles de pluralismo, participación política y respeto por las libertades civiles, varias democracias muestran signos inconfundibles de que hay problemas. Según el Índice de democracia de ‘The Economist Intelligence Unit’, solo 19 países, la mayoría de ellos en Europa occidental, pueden describirse como ‘democracias plenas’, en oposición a ‘democracias defectuosas’, ‘regímenes híbridos’ o ‘regímenes autoritarios’. Y de 167 países estudiados en este índice, 89 mostraron signos de deterioro en el 2017 en comparación con el año anterior.

Entre los países que se deslizan hacia formas de autoritarismo están algunos recién llegados a la democracia, como el llamado Grupo Visegrád: la República Checa, Hungría, Polonia y Eslovaquia. Y en Filipinas, al otro lado del mundo, el populista liberal Rodrigo Duterte está eliminando todas las restricciones liberales clásicas de una democracia. Recep Tayyip Erdogan, en Turquía, y Vladimir Putin, en Rusia, son fuente de inspiración para muchos de estos líderes populistas.

Si bien la democracia sigue siendo favorecida por la mayoría del mundo, no es el único modelo de gobierno existente. Del mismo modo, las teocracias en el mundo islámico y el capitalismo autoritario en China ofrecen alternativas que son atractivas para autócratas y populistas porque pueden generar ciertas ventajas económicas en el corto plazo.

Sin derramar sangre

Aun así, y frente a todas estas amenazas –sin olvidar la corrupción, claro–, vale la pena recordar que la democracia ha sido tan exitosa no solo por las instituciones o procedimientos que la caracterizan, como las elecciones o sus controles y equilibrios de poderes. Podría ser, parafraseando a Winston Churchill, que a pesar de sus muchos defectos, la democracia sigue siendo preferible a cualquier alternativa. Las democracias, después de todo, permiten a las personas despedir a sus representantes sin recurrir al derramamiento de sangre.

Como señala John Mueller de la Universidad Estatal de Ohio, las democracias liberales bien gobernadas dan a las personas la libertad de “quejarse, presentar peticiones, organizarse, protestar, manifestarse, publicar y hasta sacar sus ahorros o recursos del país para expresar una falta de confianza”. Y Mueller nos recuerda que incluso las democracias liberales más maduras son obras en proceso de construcción que necesitan constantes reparaciones y mejoras profundas.

Para que florezca una democracia (ya sea presidencial, parlamentaria o monárquica constitucional), los ciudadanos deben estar convencidos de que es una mejor alternativa a la teocracia, el derecho divino de los reyes, el paternalismo colonial o el gobierno autoritario. En los últimos siglos, gente de todo el mundo lo vio así y por eso la idea de la democracia liberal se volvió contagiosa.

A pesar de sus limitaciones, las democracias han demostrado ser notablemente eficaces para frenar los instintos más siniestros de los gobiernos y gobernantes. Consideremos solo los derechos humanos, que han sido ampliamente codificados desde 1948, cuando las Naciones Unidas adoptaron la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Tales cambios profundos son un recordatorio de por qué debemos luchar por elecciones libres y justas, los derechos de las minorías, la libertad de prensa y el Estado de derecho. Si bien muchas democracias han enfrentado una crisis de confianza en los últimos años, sus extraordinarias victorias y su continua superioridad a las alternativas continúan representando un motivo de optimismo.

STEVEN PINKER Y ROBERT MUGGAH
© Project Syndicate
Cambridge
* Steven Pinker es profesor de psicología en Harvard. Y Robert Muggah es director de investigaciones del Instituto Igarapé, de Brasil.

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