‘Algunos chicos estaban sin zapatos porque estaban en clase de yoga’

‘Algunos chicos estaban sin zapatos porque estaban en clase de yoga’

Visita a la escuela de Rébsamen, lugar de uno de los mayores dramas del terremoto en México.

Labores de rescate en colegio derrumbado durante terremoto en MéxicoMéxico permanece unido: voluntarios ayudaron a rescatar a los menores que quedaron atrapados en uno de los niveles colapsados del Colegio Enrique Rébsamen.
Enrique Rébsamen
22 de septiembre 2017 , 09:12 a.m.

Diego Hernández estaba en clase de matemáticas de segundo de secundaria cuando su escuela, la Enrique Rébsamen, en Coapa, comenzó a caer. Corrió al patio de primaria y trepó por unas escaleras que los vecinos tendieron del otro lado para cruzar la barda. Cuando se le pregunta por sus amigos, baja la voz y dice despacio: “Algunos iban conmigo… A otros sí les tocó la escuela”.

Está sentado en el borde de un andén cercano. Tiene los ojos bien abiertos y la mirada perdida. Lleva dos días en la lista de desaparecidos y ha venido con sus padres para reportar que está bien. Pero no lo está, dice su madre. Como él, todavía hay personas y familiares que aguardan frente a la escuela esperando noticias.

Y aunque todavía figuran 30 desaparecidos reportados en la lista, a las 3 de la tarde la Secretaría de la Marina informó que ya no hay más niños sepultados bajo los escombros: “Todos los niños que había en la escuela fallecieron o están en hospitales, o están a salvo en sus casas”, señaló el oficial en el comunicado, en el que agregó que solo esperan poder encontrar a una persona de intendencia. “A partir de las imágenes vimos rastros de sangre, como si se hubiera arrastrado”, dice.

Esta declaración levantó una polvareda mediática, ya que la prensa del mundo estaban al tanto del rescate de una niña llamada Frida, que estaba por convertirse en el símbolo de la tragedia mexicana. Pero cuando las autoridades dijeron que la niña no existía, fue como un baldado de agua fría.

Mientras el país cuenta 273 muertos por el sismo de 7,1 grados que el pasado martes golpeó al centro y sur del país, aquí, en la escuela Rébsamen, la gente vela por los 25 cuerpos que ya han sacado de los escombros: 19 niños y 6 adultos.

La esperanza

La escuela se ha convertido en un símbolo del dolor por las víctimas que se llevó el temblor. Pero también de la esperanza por seguir encontrando gente con vida. En este lugar se ha logrado rescatar a 11 menores vivos y durante las horas siguientes al sismo nadie perdía la esperanza de que pudieran ser más. Cada vez que alguien alza el puño, el silencio se hace total, y por unos momentos parece inminente una buena noticia.

Mientras se escribe esta crónica están demoliendo un edificio a media cuadra de la escuela, y no se descarta que puedan ser más. La colonia está consternada por cómo han quedado muchas de las viviendas que han tenido que ser desalojadas pero, sobre todo, por el vacío que deja la escuela. “Eran niños que veíamos todos los días, a los maestros los saludábamos y ahora…”, relata Brenda Serret, que acaba de poder entrar a su vivienda para recuperar las cosas de valor.

Serret, que vivía en una de las casas colindantes a la escuela, fue una de las primeras en acudir a prestar su apoyo. Ahora recuerda con angustia los primeros momentos tras el temblor: “Todo el frente de la escuela estaba colapsado. Todos nos pusimos enseguida a ayudar a sacar a los niños, y los que salían estaban bien, con algún rasguño, nada grave. Pero también me tocó ver a los papás de algunos niños que ya habían puesto en lista de los que habían fallecido –cuenta con lágrimas–. Yo vi cómo cargaban a los niños envueltos en sábanas. El caso es que estás muy cerca, ayudas, pero no puedes hacer más. No puedes sacar a los niños rápido, porque puede caerse todo, es con mucha paciencia y mucho cuidado que hay que hacerlo”, dice Brenda.

El regreso

Diego aún no ha podido hablar con sus amigos, y junto a sus padres revisa las listas de fallecidos en busca de nombres conocidos, pero está absorto y habla poco.

Recuerda que eran 14 en su salón, y que en el patio, después de que el edificio se desplomó, solo vio a siete.

Solo hablé con uno cuando estábamos en el patio y le dije que se calmara, que todo iba a estar bien. Una niña tenía una mano cortada, con sangre, y había niños descalzos que venían de clase de yoga”, dice. Su hermana, Anahí, cuenta que cuando llegó a buscarlo se escuchaban muchos gritos: “Ni siquiera se distinguía si era dentro de los escombros o estaban ya afuera, en el patio de la escuela, porque había una barda que no nos dejaba ver”, añade. “Ahora es todo distinto, volver aquí, a estas calles por las que siempre caminábamos a la escuela y verlas así es muy difícil”.

También Lulu Puerta, de 10 años, que estaba en el salón de sexto de primaria, está inquieta. No puede parar de moverse mientras relata delante de una decena de micrófonos cómo fue su experiencia: “Así, como una escuela normal, tranquila y traviesa, y de eso se siente así –dice simulando el temblor–. Yo pensé que era yo, porque a veces muevo el pie y me muevo mucho. En eso nos dice la maestra: ‘Está temblando’. Para cuando yo salí, se movió toda la escuela. Con el impulso me pude agarrar del barandal, y luego me pegué a la pared. Cuando salí al patio, miré y se caía toda la Dirección, entonces me espanté mucho porque pensé que venía ahora primaria y abracé a una compañera. Después que pasó todo, bajé. Nos dice la maestra: ‘Se bajan rápido, porque si hay otra réplica, esto se cae’. Lo primero que hice fue buscar a mi hermano, lo abracé y como había una fuga de gas nos dijeron que iba a explotar, entonces salimos más rápido”.

Lulu ha venido con su madre, Lourdes Prieto, buscando más información. Dice que nadie se ha comunicado con los padres y quiere saber qué va a pasar ahora.

“Entiendo que la urgencia es otra, y nos solidarizamos mucho, pero sí les pediría a las autoridades que nos contacten: necesitamos saber qué va a pasar. Al final del día, también nuestros hijos son damnificados, y necesitamos un apoyo. Tenemos que seguir brindándoles educación y necesitamos un contacto para tener una certeza de qué vamos a hacer”, dice con la voz entrecortada.

A la zona llegaron cantidad de rescatistas y voluntarios que reparten comida y organizan las donaciones. Las lluvias que cayeron en la tarde-noche del miércoles dificultaron las labores de rescate, pero enseguida se pusieron unos toldos para guarecerse.

Mientras tanto, en otras partes se vuelve a una normalidad extraña. Las oficinas llaman a sus empleados a regresar al trabajo y poco a poco la ciudad trata de recuperar el pulso tras el infarto que sufrió el martes.

IRENE LARRAZ
Para EL TIEMPO

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