Diez horas de torturas por protestar contra Nicolás Maduro

Diez horas de torturas por protestar contra Nicolás Maduro

Relato de un joven venezolano sometido a insultos, golpes y electrochoques tras ser detenido.

Protestas en Venezuela

Más de 2.000 personas han sido arrestadas en las protestas contra el régimen de Maduro en Venezuela. 700 siguen detenidas.

Foto:

Juan Barreto / AFP

14 de mayo 2017 , 12:00 a.m.

Tulio ya está fuera de prisión con libertad condicional. Ese no es su nombre, pero es un joven que salió a protestar, como miles en Venezuela, exigiendo un cronograma electoral, respeto a la Constitución y liberación de los presos políticos.

En cambio, encontró la cárcel y por lo menos 10 horas de tortura a manos de la Guardia Nacional y funcionarios del Servicio Bolivariano de Inteligencia (Sebín). Dice a EL TIEMPO que “salió premiado” si se compara su historia con las 39 víctimas mortales que suman las protestas. Pero su historia es ejemplo de cómo actúan los cuerpos de seguridad con quienes se atreven a alzar la voz contra el presidente venezolano Nicolás Maduro. Este es su testimonio para EL TIEMPO.

I. La captura

“Yo me encontraba a la altura de El Recreo, en la (autopista) Francisco Fajardo. Llegó un punto en el que la ‘ballena’ (tanque con agua a presión) empieza a avanzar, avanzar, y cuando vemos, realmente los tenemos muy cerca. Es una ballena que tiene una pala como si fuera un tractor que empieza a quitar las barricadas. Una vez que limpian el paso salen como unos 15 guardias, nos empiezan a corretear a pie, agarran a varias personas, incluyéndome, pero en el forcejeo me logro zafar de ellos, salto un murito que estaba a mi derecha y empiezo a correr hacia arriba.

Cuando veo que tengo una distancia considerable, me dije: ‘Aquí no me agarra nadie’, pero a los dos segundos a mitad de calle cruzaron unas 10 motos de la Policía Nacional Bolivariana (PNB) con parrillero. Ahí me hacen una especie de sándwich, me agarran entre dos y me tiran al piso. Yo, con la mejilla contra el piso, un guardia me pone la bota en la cara, me quitan una trenza (cordón) del zapato, me amarran y me dicen un poco de groserías. Me atan las manos y ahí uno de los guardias me quita todo, la cartera, el celular.

Yo tenía un morral, pero no tenía gran cosa, dos potecitos de agua, unas guías de la universidad, la comida del trabajo. Ahí el guardia dice: ‘Vamos a sembrar a este coño de madre’. Me dejan solo la cédula en el bolsillo. Los guardias que me robaron llamaron a dos PNB para que me llevaran al Sebín. La camisa me la pusieron en la cabeza y con las manos atadas me montaron en la moto.

II. La música de Chávez

El policía que tenía atrás me pegaba puños por las costillas, y en la espalda me echaban yo creo que gas pimienta, sentía que me quemaba. Recuerdo que íbamos en la moto y la gente gritaba ‘¡suéltalo!’, pero ellos los insultaban: ‘Cállate vieja mamagüeva’. En el Sebín de plaza Venezuela un señor dijo que no tenían orden de recibir a nadie y me llevan al Helicoide (sede principal). En todo el trayecto eso eran golpes y más golpes en las costillas, me decían ‘eso te pasa por meterte con la guardia’, y me seguían echando el aerosol en la espalda. En el Sebín del Helicoide me bajan de la moto y me echan golpes y golpes. Ninguno en la cara, pero sí en los costados, en la espalda.

No tengo mayor marca ahora, pero no dejaban de pegarme. Cuando llego me hacen un primer video en el que me preguntan qué hago, dónde estudio, si soy de un partido político, si me habían pagado. Me reseñan, toman huellas dactilares, la foto con el cartelito.

Después me meten en un cuarto y me empiezan a poner canciones de Chávez a todo volumen, las del cierre de campaña (presidencial, del 2012). Me pusieron una canción tras otra y luego un extracto de un sonido de Chávez a todo volumen que decía: ‘A los guarimberos me les echan gas del bueno y me los meten presos’.

Yo fui uno de los primeros que llegué porque a las 4 de la tarde ya estaba en el Helicoide. A medida que pasaba el tiempo llegaban más y más detenidos y estaban esperando en las afueras del salón, pero las canciones de Chávez a todo volumen las escuchaba solo yo. Luego me pasan donde un médico que me ve, me chequea, me toma la presión, signos vitales: ‘tú estás bien’ y listo.

Ahí me pasan a un salón, donde entra un señor que empieza a manipular un polvito que resulta ser con el que se que hacen las bombas lacrimógenas y lo pone en un papel pequeñito, como una ‘cebollita’. Cuando termina, la prende y me vuelve a encerrar. Yo solo con esa minibomba lacrimógena. Sentí el efecto como cinco o diez minutos, creo, porque uno pierde allí la noción del tiempo.

Recuerdo que cada tanto les pedía hacer una llamada o poder mandar un mensaje de texto y me decían ‘no, no, tú estás aquí secuestrado por el Gobierno’.

Mientras que pasaba la bomba me tiré al piso y seguía las recomendaciones de las protestas: ‘Respira cortico, no abras los ojos, bota el aire por la boca’.

Después que pasó eso, bajó un señor con una hoja y un bolígrafo y me dice ‘anota aquí todas tus claves y tus redes sociales’ y yo se las doy, la clave del Facebook, del Twitter, del Instagram, mi correo Gmail. No se las di mal adrede, pero alguna clave no coincidió, uno tiene tantas claves y al final no te las sabes porque tienes todo eso abierto en el teléfono.

Cuando el tipo se va y regresa a los tres minutos me empieza a decir ‘me engañaste, carajito de mierda, me estás haciendo perder el tiempo’ y con un táser, de esos de electricidad, me electrocutó como dos o tres veces. Me lo aplicó en los costados, por las costillas. No sé la sensación o lo que hice de inmediato, pero caí sentado y quedé atolondrado, quedé sentado, nunca había sentido eso.

Nunca llegué a perder la conciencia, recuerdo que mientras estaba allí sin poder moverme pasaba gente del Sebín y me gritaban ‘eres un perro muerto, dónde están tus líderes, eres un inútil, nadie está preguntando por ti, nadie te está auxiliando’. No sé cuántos, pero el que pasaba me decía algo: ‘Este es otro guarimbero, hay que llevarlo a Tocorón, a Yare, para que lo violen’. Hubo uno o dos que se me acercaron y me dijeron ‘mira chamo, di la verdad, ten fuerza, ten paciencia’, pero me lo decían muy rápido.

Luego en otro cuartico donde me llevaron me tenían esposado con un brazo en alto. Había como una cafetera y un microondas y la gente iba como que a calentar comida ahí, y entonces uno me dijo ‘cuando vayas a salir de aquí vas a ser un mártir’.

Yo a veces les respondía que esto que estamos haciendo es también por ustedes, por sus familias, porque ustedes también están pasándola mal, el país está mal. Algunos se ofendían, me pegaban, otros sencillamente bajaban la mirada.

En el cuarto había una ventana, veo que es de noche, sigo insistiendo con una llamada, con un mensaje de texto.

III. Entre homicidas

Al rato a uno le pedí el favor para ir al baño y amablemente me llevó, me dijo que no mintiera que aquí se descubre todo. Yo le dije que realmente no tenía mucho que ocultar. Después de ir al baño me hacen una segunda entrevista que duró entre 10 y 15 minutos, que era básicamente las mismas preguntas de diferentes formas.

Me preguntaban qué estaba haciendo, yo les decía que manifestando; que si alguien me pagó, les decía que no; que por qué manifestaba, porque hay razones para manifestar. Luego me pasan a una celda donde había 30 personas, de los cuales 27 eran manifestantes, otros dos homicidas y un extorsionador.

En la celda veía cómo seguía llegando gente y llegando gente y viene un guardia del Sebín y dice: ‘Párense que se van pa’l coño’. Nos metieron en un camión. Ahí nos dejaron encerrados como una hora y media, prácticamente como en una urna con gente al lado, pegada. Al rato empezamos a incomodarnos, empezó a pegar la claustrofobia, los nervios, el juego mental, estás sudando, todo oscuro. Te vas a volver loco.

Después de una hora sentimos que el camión se empezó a mover, nos aliviamos. Al final nos abren la puerta y nos habían llevado a la avenida Urdaneta, al Centro de Investigaciones Científicas Penales y Criminalísticas. Allí nos subieron al piso cuatro, a la Oficina de Terrorismo. Esas son oficinas, no celdas, lo que hicieron fue como acondicionarlas como celdas, sacaron todos los escritorios y muebles para recluirnos allí, todos esposados.

Eran como las 3 o 4 de la mañana y finalmente alguien se apiadó y nos dieron agua. Todavía no me habían dejado ni mandar un mensaje ni llamar a mi mamá.

IV. La salida

Al final de ese día nos presentaron ante tribunales. Pude ver a mi familia. Los abogados –del Foro Penal Venezolano– nos dijeron que el juez suele apegarse a lo que pide la Fiscalía o los abogados defensores, pero esta vez hizo lo que le dio la gana.

Me acusaron a mí y a otros 12 por alteración del orden público y aunque se pidió libertad plena o con régimen de presentación el juez nos obligó a presentar un fiador. Lo que pudo haberse resuelto ese día me costó otros 30 días de cárcel porque eran muchas las condiciones para el fiador, el tribunal despacha muy pocos días y de paso el juez se fue y debimos esperar a otro. Pasé todos esos días detenido en las oficinas del CICPC, donde llegaron a meter hasta 40 personas, pero los comisarios fueron profesionales y humanos, respetaron nuestros derechos, no nos golpearon ni agredieron, pude meter hasta una radio.

Hoy me siento tranquilo, comparado con lo que les ha pasado a otros. Creo que hasta salí premiado”.

VALENTINA LARES MARTIZ
Corresponsal de EL TIEMPO
Caracas

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