Caracas, ahí están las marcas de esos disparos

Caracas, ahí están las marcas de esos disparos

Fragmentos del reportaje de la revista 'Donjuán' sobre la realidad de la capital venezolana.

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En muchos de los barrios de Caracas, las bandas delincuenciales siguen imponiendo su ley, pese a la intervención de la Policía y la Guardia Nacional.

Foto:

Federico Parra / AFP

09 de diciembre 2016 , 07:05 a.m.

En medio de la crisis que golpea a Venezuela: inflación, corrupción, desabastecimiento, protestas callejeras y represión política, Caracas se ha convertido en una de las ciudades más peligrosas del mundo. Al Servicio Nacional de Medicina y Ciencias Forenses de la capital llegan alrededor de 50 cadáveres por muertes violentas todos los meses.

Nuestro periodista Leo Felipe Campos visitó algunas barriadas peligrosas de Caracas hasta que llegó a San Agustín, donde encontró a Miguelón, un maleante que creció entre robos, asesinatos y disparos. La criminalidad es uno de los mayores dramas de Venezuela hoy, ¿se ha convertido Caracas en la Medellín de los años noventa?, ¿podrán sus habitantes salir de esa espiral que crece entre homicidios, secuestros y extorsiones?

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La única vez que su padre le pidió una pistola tenía doce años. Es el último recuerdo que tiene de él: lo escuchó decirle entre dientes que lo habían robado y quería vengarse. El chico consiguió el arma a través de uno de sus tíos maternos y se la entregó. Su padre estaba casado con otra mujer, no con su mamá. Aquella mujer viajaba y la fue a buscar. La encontró en la cama con otro, les disparó a ambos y se suicidó.

–¿Cómo se llamaba tu padre?

–Miguel, igual que yo.

(Fotos: Más de un millón de venezolanos marcharon por el revocatorio)

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Formó parte de una banda delictiva llamada ‘el Autobús’, que obtuvo prestigio en el mundo del hampa. Para quien crece en la ley del cerro lo más importante es el cartel y eso se traduce en que portes un buen armamento y te tengan miedo. Nadie es más malandro que nadie, reza un proverbio común en los barrios. Le llaman respeto. Miguelón vendió drogas: marihuana y crack, sobre todo. Robó. Fue acumulando poder. Llevó el “volante” del “carro” en su sector, lo que quiere decir que tomaba decisiones en su banda. Era mujeriego. Le encantaban la bebida y el deporte.

–¿En ese momento aún vivías con tu abuela?

–No, ya vivía con Yelitza, mi primera mujer.

Yelitza quedó embarazada, pero perdió al bebé cuando nació. En un tiroteo mataron a una señora por accidente. Balas perdidas. Él no sabe si esas balas fueron de ‘el Autobús’ o de la otra pandilla. Esa señora era la suegra de una hermana materna y ella, su hermana, nunca supo que él estuvo implicado en el homicidio.

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–¿Sigues con Yelitza?

–No, ya te voy a contar...

En otra de muchas fiestas, una de sus “culebras” llegó “echando plomo”. Le mataron a un compinche, a uno de sus primos le dieron un tiro en el ojo y él terminó con una bala en el hombro. Los llevaron al hospital. Alguien le avisó a Yelitza, quien estaba en su rancho con la bebé, en ese momento de once meses. Ella salió a buscarlo y quedó atrapada entre las balas de los que dispararon en la rumba y los que respondieron desde una calle cercana. Terminó herida de muerte. La llevaron al hospital donde estaba Miguelón. Se encontraron en Emergencias. Él se sorprendió, le preguntó qué coño hacía allí.

–¿Por qué estás sangrando así? ¿Dónde está la bebé?

Los médicos no pudieron salvarla.

Miguelón supo entonces, más que cuando trataron de robarlo por primera vez, más que cuando su papá se mató con una pistola que él le había entregado, más que cuando pensó que su madre lo quería menos que a su hermana, más que cuando asesinaron a sus tíos, más que cuando perdió a su bebé, más que nunca supo que quería vengarse, exterminar a alguien, acabar con todo. No le importaba nada más.

Tenía 25 años. Hoy tiene 36, cinco hijos, siete balazos en el cuerpo y está en una silla de ruedas.

(Lea: Encadenada en el Vaticano, Tintori pide libertad de presos políticos)

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La historia de Miguelón no es una excentricidad en un país que tiene una tasa de homicidios de setenta por cada cien mil habitantes, según las estimaciones de la investigadora Dorothy Kronick, que rebasan las cifras oficiales y están por debajo de las proyecciones de otras ONG, como el Observatorio Venezolano de Violencia. Venezuela es uno de los países más peligrosos del planeta, y su capital, una de las ciudades que aporta más cadáveres abaleados.

Dentro de las 32 parroquias (como se les dice a varios barrios agrupados en Venezuela) que conforman Caracas, San Agustín, donde vive Miguelón, tiene un estimado oficial de cincuenta mil habitantes repartidos en sus lomas, y solo entre mayo y junio del 2016 varios entrevistados afirman haber conocido sobre al menos nueve asesinatos. Uno de ellos tuvo amplia notoriedad, pues ocurrió dentro de uno de los funiculares del sistema de metrocable, un teleférico que funciona como transporte masivo y conecta a los habitantes del barrio, enclavado en montañas, con la parte baja de la ciudad.

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La columna de Miguelón hizo cortocircuito y sus piernas no respondieron más. Nunca volvería a caminar, dijeron los médicos.

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San Agustín cuenta con una impronta criminal y cultural reconocida en la capital. De esta barriada que se extiende entre laderas y miles de viviendas, callejones que serpentean verticalmente bajo techos de zinc, cables de alta tensión, cabillas, bloques de concreto y ropas secándose al sol, como si algo estuviera siempre a medio construir, han surgido músicos, artistas y deportistas, pero también malandros: ladrones, traficantes, asesinos.

El crimen y su configuración en esta parroquia, sin embargo, distan de las formas de acción de otras barriadas peligrosas de Caracas, como El Valle, El Cementerio y la Cota 905, sectores que se comunican entre sí por la parte alta de sus montañas y donde el gobierno de Venezuela ha centrado la llamada Operación de Liberación y Protección del Pueblo (OLP), un operativo armado y represivo que busca combatir a las bandas criminales que han establecido alianzas entre sí.

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Después de envenenarse de odio por el asesinato de Yelitza, la madre de su hija, Miguelón incendió la casa de los homicidas, que en ese momento estaba vacía. Siguió su rutina criminal entre rumbas y partidos de baloncesto hasta que conoció a una chica llamada Haiskel, que tenía 17 años, y se enamoró. Ella le pidió que abandonara la delincuencia. Tuvieron un hijo y él comenzó a alejarse de sus fechorías, pero era mujeriego y agotaba a su nueva pareja, así que se fue a vivir con otra.

(Además: Vaticano pide a Venezuela que diálogo establezca calendario electoral)

Sus robos eran cada vez más esporádicos y en uno de ellos fue capturado por la Policía: le decomisaron la pistola y lo dejaron en libertad esa misma madrugada, luego de pagar una extorsión.

Como uno de sus compinches le debía dinero, él lo amenazó: le dijo que tenía que pagar o atenerse a las consecuencias. El 6 de junio del 2010 fue a una fiesta. Seguía desarmado a causa del robo frustrado. Se estaba marchando cuando pusieron tambor, un ritmo musical hecho para cinturas vertiginosas y cuerpos que saben sudar. Una mulata le pidió devolverse. Estaba bailando cuando escuchó que alguien gritó su nombre sobre el repique de los cueros. No llegó a voltearse del todo.

Uno.

Dos tiros.

Por la espalda.

Fue su compinche.

Quiso matarlo antes de que él lo liquidara por el dinero que le debía.

Miguelón terminó nuevamente en el hospital. Juró vengarse, pero su columna hizo cortocircuito y sus piernas no respondieron. Los especialistas dijeron que nunca volvería a caminar. Comenzó la recuperación en San Agustín con médicos cubanos. Haiskel, la madre de su hijo, lo convenció para que acudiera a una iglesia cristiana.

–Mi mentalidad fue cambiando, antes tenía miedo de salir porque decía: “Si pasa la ‘culebra’ y me ve en silla de ruedas, me mata”, pero empecé a luchar. Me había separado de la mamá de mi hijo y estaba con la otra chama, que me había salido preñada, pero yo era desconfiado, pensaba que me iba a “montar cachos” por estar así, sin poder caminar. Me separé. Hablé con Haiskel. Hablé con el niño. Ella volvió conmigo y me puso condiciones, me ayudó en la rehabilitación. Fue una lucha, un proceso tremendo, pero poco a poco me levanté. Con voluntad.

Se puso en pie en pocas semanas. Aunque puede apoyarse en unas muletas para andar trayectos cortos, se cansa rápido y hoy, prácticamente, vive en su silla de ruedas. Así encaró al hombre que le había disparado por la espalda. Le dijo que él podía haberlo matado, pero que ya no importaba. Lo perdonó.

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A Miguelón lo salvó el baloncesto. Durante la inauguración de la cancha Por la Paz y la Vida, junto a la estación de metrocable La Ceiba, pidió entrenar a los niños y adolescentes que quisieran ser dirigidos por él. Nunca antes lo había hecho y en su condición sería más difícil. Comenzó con seis muchachos y al mes eran treinta.

LEO FELIPE CAMPOS
Revista ‘Donjuán’
* Lea la nota completa en la revista impresa y en revistadonjuan.com

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