Retrato íntimo de Gabriela Michetti, la 'vice' de Argentina

Retrato íntimo de Gabriela Michetti, la 'vice' de Argentina

A 21 años del accidente que la dejó parapléjica, la mano derecha de Macri cuenta lo aprendido.

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Marta Gabriela Michetti tiene 51 años y es licenciada en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la U. del Salvador.

Foto:

Sergio López I.

14 de agosto 2016 , 10:41 p.m.

“En el momento en que lo vi en el balcón, cuando anunciaron su nombre, me dio una alegría enorme. Lo conocía mucho, desde hace como diez años. Pero, por otro lado, tuve una sensación de pérdida. Una orfandad, si querés. Porque él fue mi director espiritual unos ocho años. Entonces, dije: ‘Ya está. Olvídate, Gabriela; ahora él ya es Papa’. Y en ese instante, tal como me pasó con lo de la médula, sentí claramente que ya no lo iba a tener más... Y dije: ‘Ahora se ocupa de cosas a otro nivel y tengo que entenderlo’. Lo vi sólo una vez desde que se fue. Antes lo veía cada dos, tres meses. Imagínate el nivel de intimidad. Pero lo perdí”.

En su silla de ruedas, con los ojos fijos en la ventana de la embajada argentina en Chile, la vicepresidenta Marta Gabriela Michetti sonríe con tristeza. El 13 de marzo del 2013 perdió a Jorge Mario Bergoglio (el papa Francisco) como su director espiritual y ahora le hace falta. Pero Michetti, la mano derecha de Mauricio Macri desde que asumió la presidencia de Argentina en diciembre, no es mujer para quedarse en las penas.

Por eso reflexiona: “Me dejó sus cuatro máximas: el tiempo es superior al espacio; el todo es superior a las partes; la unidad es superior al conflicto, y la realidad es superior a las ideas. Si trabajás con la idea de que somos una comunidad, una humanidad, con la idea de unidad y no de conflicto, y la idea de que hay un tiempo para las cosas, que se debe aprender a caminar y no resolver en inmediatez, te ubicás todo el tiempo en tu eje”.

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“Cuando me desperté del ‘shock’ en la tierra, boca arriba (porque salí despedida del auto), mi exmarido estaba al lado mío –recuerda ella sobre el accidente que la puso en una silla de ruedas–. Él estaba lastimado, pero yo no tenía ni un rasguño, ni un raspón. Inmediatamente agrandé los ojos y le dije: ‘Eduardo, nosotros tenemos un hijo, ¿verdad?’. Y él me contestó: ‘Sí, pero no te preocupes, no estaba con nosotros’. El primer impulso fue acordarme de mi hijo. Me salió la madre. Cuando ya me quedé tranquila con eso, le dije, muy angustiada: ‘Estoy parapléjica. Se me lastimó la médula’. Porque yo, como buena hija de médico, tengo conocimientos de medicina. Y sentía que la mitad de mi cuerpo no estaba. Es una sensación muy rara, muy difícil, que no la puedo transmitir porque solo la sienten los que tienen un problema en la médula. Yo sabía que era indefectible, porque la neurología es terrible: cuando uno se lastima la médula, no hay con qué darle”.

Han pasado 21 años. Su matrimonio con el periodista Eduardo Cura terminó, pero son amigos. Su hijo Lautaro, que el día del accidente tenía 2 años, hoy tiene 23 y toca batería en su tiempo libre. Ella está enamorada. Y, como corolario de una intensa carrera política de más de un decenio, es la recién asumida vicepresidenta de Argentina.

Sus ojos se apartan de la ventana y se posan en el abanico: con él resiste el calor de la ajetreada agenda que la trajo a Chile. El gobierno de Macri ha emprendido el desafío de reposicionar a Argentina en la escena internacional y sobre ella recae una parte crucial de la tarea.

Michetti no conoce tregua desde el 2003, cuando se inició en la política. Por eso, nueve años después de sufrir el grave accidente que la dejó con discapacidad –en noviembre de 1994–, comenzó a sentir fuertes dolores en sus extremidades inferiores, al punto de que necesitó, en el 2011, un implante de neuroestimulador. Ni siquiera eso surtió efecto: hoy pasa el día con calmantes. Y no baja las revoluciones, a pesar de las advertencias que le han hecho los médicos.

“Ahora estoy con un dolor bajo, porque levanté un montón el umbral –afirma–. Tal vez para otro sería insoportable, para mí es normal. Trato de hacer lo que me han dicho que haga y la medicación me ayuda mucho. Pero si tengo que trabajar en algo y me está doliendo, ¡lo voy a hacer igual!”.

El día de su accidente en Laprida, a 453 kilómetros de Buenos Aires, su padre, médico del pueblo, la esperaba en el hospital. Michetti dice que se volcó debido a una falla mecánica de un Fiat Duna alquilado.

“Cuando llegué al hospital y le vi la cara de preocupación a papá, quise calmarlo”, relata. “Como todo cirujano y obstetra que hace 4.000 partos al año, él es una persona muy segura, que se siente casi omnipotente. Fue la primera vez en mi vida que le vi esa cara de zozobra. Le dije: ‘Vos no te preocupés. Yo voy a ser feliz igual, aunque sea en silla de ruedas”.

¿Qué causó el accidente?

“Iba manejando –contesta–. Se le trabó una rueda delantera y yo, que iba medio rápido para despegarme de un auto que venía atrás, aceleré para no echarle tierra, porque era un camino de tierra. Entonces, esa falla mecánica, con la velocidad que yo llevaba, me hizo volcar”.

Mucho después, comenta Michetti, descubrió que en ese mismo año hubo varios accidentes con autos de esa marca y ese modelo. Nunca demandó, porque los tiempos legales habían vencido. Lo sintió como destino: ella y su marido no tenían auto propio y solo alquilaban cuando viajaban a Laprida para ver a sus papás.

“Me llevaron al hospital en camilla de madera. De ahí salimos a Buenos Aires en ambulancia. Fue una cosa increíble, porque llegamos a la ciudad, que es enorme, y el ambulanciero no la conocía. Entonces, yo le iba diciendo, desde atrás, por dónde estaban las calles: ‘Tomá por tu derecha, agarrá tal calle’. Imagínate, qué fuerza”, subraya.

¿De dónde cree que le viene esa fuerza?

Temperamento, seguro. Pero también de unos padres que nos dieron un ejemplo y un testimonio de mucha fortaleza. Papá es resiliente porque a él se le murió su padre muy chico: es un médico que resuelve, una autoridad en el pueblo. Más que nada, son un matrimonio muy unido. En casa me transmitieron mucha fe. Siempre escuché: “Todo se va a resolver, todo se puede si vos te esforzás”. Ese mensaje, todo el tiempo, te da la sensación de que si vos te proponés algo y ponés esfuerzo, lo conseguís. Esa es la educación, el testimonio y el clima en el que me crié.

Pero a usted le tocó más duro...

Nunca pensé en caerme o en quedarme angustiada, no. Tenía tristeza, lloraba. A veces me daba bronca después del accidente, obvio, pero nunca llegué a deprimirme. Nunca llegué al punto de no tener voluntad para salir adelante. Y también fue muy importante el afecto alrededor, ¿sabés?, porque mi familia, mi exmarido y mis amigos siempre estuvieron todo el tiempo al lado mío. Yo tenía un amigo que me llamaba todos los días en la mañana, ¡durante dos años! Los recursos de contención son muy importantes en esos momentos.

¿Y cómo se enfrenta la vida desde una silla de ruedas?

Me di cuenta de que, en esencia, no me iba a cambiar la vida. Porque yo iba a poder ser madre y hermana, amiga, iba a poder tener trabajo, todo. Lo único que iba a ser distinto de verdad era lo estético. Funcional y estéticamente yo era otra persona ahora, sin esa seguridad que me daba –sin ser divina– estar con una linda falda, unos tacones, porque yo antes siempre andaba de tacones. Estamos en sociedades que le dan mucha importancia a la imagen, y la silla está todavía considerada una cuestión distinta desde lo estético. Y yo dije: “¿Sabés? Voy a trabajar esto en terapia”.

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Efectivamente, Gabriela Michetti se puso en manos de una psicóloga que le enseñó uno de los ejes de su actual equilibrio: el posicionamiento subjetivo.

“Si vos estás con la cabeza puesta en que sos una persona en silla de ruedas, te empezás a vestir distinto, eso se transmite al otro. Pero si la silla de ruedas para vos es como tus zapatos, que te llevan a otro lado, te trasladan, la gente no la verá. Me ha pasado estar en reuniones y que me digan: ‘¿Y qué hacés en silla de ruedas?’. Y yo contestar: ‘¡Pero si la semana pasada me viste en silla de ruedas!’. Y me dicen que no”.

¿Cómo la condiciona el dolor? Usted tiene una agenda política imparable como vicepresidenta...

En algún momento fue muy duro porque no le encontrábamos la vuelta. El dolor empezó alrededor de nueve años después del accidente, cuando me metí en política y descontinué mi rehabilitación, Antes hacía un montón de gimnasia y ahora es imposible. La rehabilitación no te saca el dolor, pero te lo baja un montón. Es un dolor que se genera en la médula. Son como impulsos eléctricos desordenados y, como todo está roto ahí, los recibes en las piernas como calambres, pinchazos, corrientes eléctricas, apretones, quemazón.

¿En algún momento se le agudizó?

Yo convivo con el dolor todo el tiempo. Pero hubo un momento en que fue ¡terrible!, por ahí entre el 2009 y el 2011. Cuando yo era diputada, las sesiones eran terribles. A las 3 de la mañana se me saltaban las lágrimas. Pero yo seguía.

¿Qué rol jugó su voluntad?

La voluntad ha sido enormemente importante. Pero con 50 años te puedo decir que me he vuelto más conocedora de la naturaleza humana: con la voluntad sola no vas a ningún lado, en algún momento se te termina. Debes tener un sentido, una convicción de trascendencia de la vida. Una vocación que va más allá de hacerse el bien a uno mismo, una vocación de servicio. Yo la expreso en política, pero mañana tal vez la desarrolle en otra cosa; en una ONG, digamos.

Con esa óptica crio a Lautaro, que es licenciado en comunicaciones…

Tenemos una relación muy linda. De mucha independencia, porque no soy sobreprotectora. Soy de las que dicen: “Lauti, ¿no te querés ir de viaje? Como no puedo viajar yo, te pago tal viaje, porque total, yo no puedo, así que hacelo vos”. No sé cuánto hace no me viajo de vacaciones.

Ahora se fue por seis meses a estudiar a Sciences Po de París y fui yo quien lo impulsó. Y es superafectuoso, al punto en que, siendo un chico de 23 años, me dice: “Mamá, te quiero contar algo”. Y nos tiramos en un sillón y me cuenta todo de su vida, no tiene secretos. Es muy sano, muy bueno y terriblemente informado, muy intelectual.

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Michetti confiesa que le habría gustado tener más hijos. “Muchísimos más. Lamentablemente, tuve una situación difícil con el accidente; eso me complicó mucho embarazarme rápido y ya no pude tener más chicos”.

Pero no se ha negado al amor de pareja...

¡Nunca! Y ahora tengo una pareja lindísima, estoy feliz. Estuve 13 años casada, fue maravilloso. Adoré a mi marido. Y ahora tengo un novio que es una maravilla de persona. Tenía tanta vocación por enamorarme de nuevo que sabía que iba a encontrar a alguien y que sería feliz. Lo bueno es que mi novio me conoció en silla de ruedas y se enamoró de mí así. Es algo que está metido dentro de la relación.

MARÍA CRISTINA JURADO
EL MERCURIO (Chile)
Santiago.

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