Democracia bajo presión / Opinión

Democracia bajo presión / Opinión

Convencer a las personas molestas con el sistema ya no depende de las palabras.

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El riesgo de la frustración hacia la clase política en su conjunto es la destrucción de la institucionalidad.

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Alfredo Estrella / AFP

14 de enero 2017 , 10:16 p.m.

El Partido Revolucionario Institucional (PRI) surgió para dar una salida pactada y ordenada a los grupos ganadores de la Revolución mexicana (1910-1920) que se disputaban el poder en aquellos años. La pacificación del país fue posible, en gran medida, gracias a la simulación de democracia surgida a partir de esa idea de Plutarco Elías Calles.

Sin embargo, así como el modelo monolítico tocó fondo a finales del siglo pasado, hoy el sistema de partidos está mostrando sus limitaciones. La población no se siente representada.

En entrevista con ‘El Universal’, Ivonne Ortega, diputada federal por el PRI y exgobernadora de Yucatán, afirma que es difícil ser priista en este contexto de protestas sociales y carestía.

Ampliando su concepto, en realidad es difícil ser panista (Partido Acción Nacional), perredista (Partido de la Revolución Democrática) o integrante de cualquier otro instituto político en un México enojado con la élite en general. El desprestigio que envuelve a los tomadores de decisiones no es gratuito; ha sido ganado a pulso con alternancias en el gobierno que resultan en colección de obras inútiles y profundos endeudamientos. Tan evidentes han sido las malas administraciones que varios exgobernadores están a un pie de la cárcel.

Si la actuación de la mayoría de los políticos es similar a la hora de asumir el poder, no se puede esperar otra conclusión por parte de la ciudadanía más que la necesidad de cambiar todo el sistema. En este escenario, el desprestigio, por desgracia, no lo cargan solamente los malos gobernantes sino la democracia misma. La historia ha demostrado que cuando eso ocurre cunden también quienes ofrecen soluciones inmediatas, aunque en el proceso ocasionen más daño que sus antecesores.

El riesgo de esta frustración hacia la clase política en su conjunto es la destrucción de la institucionalidad. Con facilidad puede incubarse un discurso muy simple: si la democracia y las elecciones no dan salida al enojo social, ¿para qué conservarlas, si, encima de todo, nos cuestan millones de pesos?

De esa manera llegó Donald Trump al poder en Estados Unidos, y ahora el mundo entero padecerá la decisión de hartazgo de millones de estadounidenses hacia su sistema político tradicional. La amenaza de los extremismos ideológicos en Europa es latente debido a las mismas razones. ¿Por qué habría de ser diferente en México?

Convencer a las personas molestas con el sistema ya no depende de las palabras. Únicamente con acciones que acerquen a la población con sus representantes es como el sistema democrático podrá seguir siendo válvula de escape para la frustración social.

No hace falta esperar a las elecciones del 2018 para redimir a la democracia. El momento es ahora.

Editorial del diario mexicano ‘El Universal’
GDA

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