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La ciudad donde nací, la más violenta del mundo

Por: REBECA LUCÍA GALINDO | 5:23 p.m. | 23 de Enero del 2012

Así era hace más de una década San Pedro Sula, donde hay 159 homicidios por cada 100.000 habitantes.

Cuando comenzaron a robarse las escobas y hasta la ropa interior de mi mamá, optamos por cercar toda la casa, del piso al techo. En Villa Florencia, una colonia (barrio) de San Pedro Sula, Honduras, vivíamos en cárceles propias. El encierro, a 35 grados centígrados a la sombra y con racionamientos de luz diarios, era la única opción.

Eso es lo que más recuerdo de la que, según el informe de la ONG mexicana Seguridad, Justicia y Paz es la ciudad más violenta del mundo, la que me me vio nacer y me crió durante 14 años.

Me enorgullece haberla sobrevivido tan bien, pero aún me sorprende la forma desproporcionada cómo el 'crimen de cada día' se convirtió en una bola de hielo que hoy amenaza con hundir sus posibilidades de salir de la pobreza y llevarse al país entero con ella.

Como una ciudad que aglomera las grandes industrias del país, San Pedro Sula fue siempre el lugar ideal para encontrar trabajo, incluso es considerada como más 'vivible' que la capital, Tegucigalpa. Pero esas oportunidades nunca estuvieron abiertas para todos. Más del 62 por ciento de la población es pobre.

Las maras (pandillas) son un factor determinante en el fenómeno. Han sido una realidad en Centroamérica desde que el flujo de 'mojados' comenzó a revertirse. Durante años, Estados Unidos recibió a miles de jóvenes que entraban ilegalmente y que, aunque eran deportados sin un peso, ya tenían en 'know-how' de las pandillas de Los Ángeles.

El beneplácito de las autoridades frente al narcotráfico, la pobreza y los niveles de impunidad se encargaron de hacer el resto.

Bajo ese insoportable calor bromeábamos sobre la facilidad de encontrarse al diablo comiendo paleta en la esquina. Pero en la esquina había mucho más que eso. Las imágenes de la Mara Salvatrucha y la Mara 18 se colaron en las paredes cuando comenzaron a marcar su territorio con graffiti y a merodear el barrio por las noches con un cacho de marihuana en la boca.

Para una niña de colegio, los mareros estaban llenos de misterio e incluso podían llegar a ser 'cool'. Recuerdo a Lucero, una compañera que aprendió todas las señas que ellos utilizan para comunicarse; intimidaba hasta al más valiente. Se atrevía a dibujarse tatuajes en las manos y salir así durante el recreo. En un país donde tener tatuajes era un tabú solo nos podíamos preguntar cómo es que no la castigaban en su casa.

Muy similar al fenómeno que viven las comunas marginales de Medellín, en San Pedro Sula, hubo una especie de generación perdida en estas agrupaciones. Pero a diferencia de los 'combos', los mareros hacen parte de una familia internacionalizada de la que es muy difícil salir.

Para el Gobierno hondureño es sencillo culpar a las maras y a los carteles mexicanos del episodio de sangre que azota al país. La ciudadanía señala también a la Policía y al Ejército, dos instituciones a las que uno aprende a temer y, en el peor de los casos, cambiar de acera si están caminando muy cerca.

Después del golpe de Estado a Manuel Zelaya el 28 de junio del 2009, esa falta de credibilidad en las instituciones se agudizó. Los sectores de extrema derecha se radicalizaron y mi familia siente estar reviviendo el espíritu de los años ochenta, cuando Honduras era un nido de 'Contras' sobre el entonces gobierno sandinista de Nicaragua. Volvieron a sonar Mercedes Sosa y Silvio Rodríguez pero, igual que antes, sin una hoja de ruta clara sobre el camino que debe tomar el país: ¿la mano dura de México que cobró 42.000 vidas el año pasado?, ¿más inversión social?

No he vuelto a Honduras y, cuando tengo noticias de mi país, no son muy gratas. Que asesinaron al vecino por escribir columnas críticas, o que golpearon a una prima hasta casi botarle los dientes para robarla. Solo espero volver a mi colonia algún día y encontrar al menos un jardín sin rejas. 

Rebeca Lucía Galindo
Redacción Internacional

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