Fidel, el hombre que internacionalizó la revolución

Fidel, el hombre que internacionalizó la revolución

Castro quiso exportar su modelo a América Latina y a África. Por eso no pasó inadvertido.

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Fidel proyectó un sinigual liderazgo y una influencia que ni siquiera los años y sus enfermedades pudieron contener.

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Henry Romero / REUTERS

27 de noviembre 2016 , 08:30 p.m.

“Pronto seré ya como todos los demás. A todos nos llegará nuestro turno”.

Así, con palabras pronunciadas con lentitud, pero con firmeza, Fidel Castro Ruz, el líder histórico de la revolución cubana, se dirigió en abril pasado a los delegados que asistieron a la clausura del Congreso del Partido Comunista, muchos de los cuales se marcharon con la idea de que lo que acababan de escuchar era una melancólica despedida.

Tantas, tantas veces pensaron haberlo matado, y a tantos complots sobrevivió –638, según la inteligencia de la isla–, que cuando al filo de la medianoche del viernes su hermano, el presidente Raúl Castro, anunció –también con voz firme– su deceso a las 10:29 de la noche, llegó a su fin una era no solo en la historia de Cuba sino también en la de Latinoamérica y del mundo.

Fidel, desde esa pequeña isla caribeña y en un abierto desafío a la superpotencia estadounidense, proyectó un sinigual liderazgo y una influencia de alcance planetario que ni siquiera los años y sus enfermedades pudieron contener. Las cifras son contundentes: sobrevivió a 11 presidentes en la Casa Blanca.

“Fidel Castro hizo todo lo que estaba en su mano para destruir el sistema colonial. Permanecerá en nuestra memoria como un político y un hombre extraordinarios y como nuestro amigo (…)”, dijo Mijail Gorbachov, otra figura capital del siglo XX que con su Perestroika y su Glasnost en la Unión Soviética terminó alejando a Moscú de La Habana.

En su ocaso y quizás en lo que es la mayor paradoja de su historia, tuvo que ver lo que parecía imposible: el restablecimiento de relaciones entre su país y Estados Unidos, su principal adversario por más de medio siglo, fruto de un histórico acercamiento iniciado por Raúl y el presidente Barack Obama. Ambos países restablecieron lazos diplomáticos el 20 de julio de 2015, cerrando el último capítulo de la Guerra Fría en América.

Multilateralismo

Para Obama fue claro que intentar llevar al ostracismo a la isla de los Castro no solo fortaleció a los hermanos, no logró el objetivo deseado y alejó a Washington irremediablemente de América Latina, algo que no podía permitir un mandatario que quiso que en su legado brillara el regreso al multilateralismo.

La otra paradoja tiene que ver con el ocaso de la lucha guerrillera en América Latina. Luego de apoyar cuanto movimiento antiimperialista aparecía en el firmamento latinoamericano, su país ha sido clave en el proceso de paz para desmovilizar a la guerrilla más antigua de América, las Farc, como sede y garante de una iniciativa que está en trance de refrendación en el Congreso colombiano.

Bien lo dijo el presidente colombiano Juan Manuel Santos en su mensaje de condolencia a través de Twitter: “Fidel Castro reconoció al final de sus días que la lucha armada no era el camino. Contribuyó así a poner fin al conflicto colombiano”.

Hombre del eterno desafío a Washington, que instauró un régimen comunista a 150 km de las costas de Estados Unidos, el líder cubano despertó amores y odios: considerado por unos como símbolo de soberanía y dignidad latinoamericanas, de solidaridad y justicia social; y por otros como un dictador megalómano y cruel. Sus críticos le achacan haber forjado un sistema totalitario de partido único, represor de toda disidencia y con un rotundo fracaso económico.

Juego de alianzas

Sus admiradores, en cambio, destacan que elevó los índices de salud de Cuba al nivel de los del primer mundo, y desarrolló la educación, la cultura y el deporte a niveles nunca vistos en Latinoamérica.

Siempre polémico y provocador, Castro marcó a su país con una agenda exterior casi delirante marcada por el enfrentamiento con EE. UU., las alianzas –con la URSS primero y luego con la Venezuela bolivariana– y las aventuras del “internacionalismo revolucionario”.

El diferendo político con Estados Unidos, el “imperio” en el discurso cubano, y su proclamación como país socialista en 1961, marcaron la vida externa de la isla, que en 1962 fue además suspendida de la Organización de los Estados Americanos (OEA) y perdió las relaciones diplomáticas con todos los países de la región, excepto México.

Además fue castigada con un embargo o como le dicen en la isla ‘bloqueo’, al que el régimen ha atribuido el fracaso de su modelo económico. En la nueva era de las relaciones entre los dos países el mayor reclamo del lado cubano ha sido el levantamiento de dicha medida, algo que ha sido imposible de momento por que depende de una decisión del Congreso, cuya mayoría está en manos del partido republicano. Y ahora con la llegada del magnate Donald Trump al poder, el asunto parece complicarse aún más.

En medio de los conflictos y aislamientos que afrontó su Gobierno, Castro impuso una impronta audaz y hasta temeraria a la política exterior de la Revolución cubana, basada desde un inicio en principios como la soberanía, el rechazo a cualquier injerencia y la solidaridad internacional.

Tercer Mundo

Así fue como en los tiempos de la Guerra Fría, bajo la desconfianza de Occidente por su sistema comunista y con el amparo soviético, Cuba se erigió en defensa de la agenda del Tercer Mundo y abrazó causas tan diversas como la palestina o la saharaui, la de las guerrillas en América Latina, o la de la independencia de los países africanos.

Fue además la época en que Castro entabló amistad con líderes como el libio Muamar al Gadafi, el argelino Abdelaziz Buteflika y el palestino Yaser Arafat, o brindó su solidaridad a otros como el entonces encarcelado Nelson Mandela.

En las décadas de los sesenta y setenta del siglo XX, Castro supervisó personalmente los planes de apoyo a las guerrillas africanas y latinoamericanas.

En África, Cuba apoyó a Argelia en la guerra de 1963 con Marruecos, y a partir de 1965 ayudó con recursos, preparación y hombres a insurgentes que combatían contra el colonialismo portugués en Guinea-Bissau, Cabo Verde, Etiopía y Angola.

Los cubanos también estuvieron presentes en el Congo belga, donde primeramente estuvo un grupo liderado por el guerrillero argentino-cubano Ernesto ‘Che’ Guevara, pero Angola fue el principal campo de batalla del internacionalismo de Fidel Castro en el continente africano.

Cuba primero contribuyó a la independencia de Angola, alcanzada en 1975, y luego ayudó al gobierno del Movimiento Popular de Liberación de Angola (MPLA), de orientación marxista, cuando EE. UU., Sudáfrica y el antiguo Zaire –actualmente la República Democrática del Congo– no lo reconocieron y apoyaron a las guerrillas opositoras para derrocarlo.

En el caso de Latinoamérica, Castro abogó por contribuir a la ‘unidad’ para impulsar cambios en países como El Salvador, Guatemala o Nicaragua, y cooperó con el ‘Che’ Guevara y su propósito de llevar la revolución a Bolivia. A otro nivel fue su colaboración con guerrillas colombianas como el Eln, entre otros movimientos.

“La misión nuestra fue unir, y realmente logramos unirlos. Hemos sido solidarios y hemos dado alguna modesta cooperación a los revolucionarios de Centroamérica. Pero ser solidario y dar alguna forma de cooperación a un movimiento revolucionario no significa exportar la Revolución”, afirmó Castro en el libro ‘Cien Horas con Fidel’, de Ignacio Ramonet.

En el nuevo milenio, Castro reinventó el internacionalismo cubano y estrenó el siglo movilizando decenas de miles de médicos, educadores y deportistas para trabajar principalmente en zonas marginales de América Latina en el marco de la alianza con la Venezuela de Hugo Chávez, en un momento en que la región daba un giro hacia la izquierda.

Retirado del poder desde 2006 por una grave enfermedad y con Cuba gobernada por su hermano Raúl, Fidel fue testigo silencioso de una de las noticias más relevantes en más de cinco décadas de Revolución: el restablecimiento de relaciones entre EE. UU. y Cuba anunciada el 17 de diciembre de 2014.

También tras su jubilación, el anciano líder cubano perdió al que definió como el mejor amigo que nunca tuvo Cuba: el presidente venezolano Hugo Chávez y su principal aliado en el siglo XXI, que falleció víctima de un cáncer en 2013. En sus últimos años, Fidel Castro pudo ver cómo Cuba se reinsertaba en el panorama internacional gracias a una pragmática política exterior impulsada por su hermano, más orientada a reforzar los lazos con la región y a reeditar importantes alianzas con la Rusia de Vladímir Putin o la China de Xi Jinping.

REDACCIÓN INTERNACIONAL
Con AFP-EFE
La Habana

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