Roberto Díaz, el hombre que delató al dictador Noriega en Panamá

Roberto Díaz, el hombre que delató al dictador Noriega en Panamá

Muerte de Manuel A. Noriega no ha sido para el coronel Díaz Herrera una forma de obtener justicia.

Muerte de Manuel Antonio Noriega

Noriega fue ficha a sueldo de la CIA, pero luego cayó en desgracia por sus lazos con el cartel de Medellín.

Foto:

Robert Sullivan / AFP

04 de junio 2017 , 01:21 a.m.

El coronel Roberto Díaz Herrera quedará en la mente de los panameños como el hombre que primero destapó en 1987 al dictador militar Manuel Antonio Noriega al acusarlo de tráfico de drogas; de planear el asesinato de su predecesor, Omar Torrijos Herrera; de ordenar el asesinato del izquierdista Hugo Spadafora y de orquestar el fraude en la elección presidencial de 1984.

Pero estos actos “temerarios” no fueron tarea fácil para Díaz, quien tuvo que pasar por la cárcel, el exilio y el temor a terminar asesinado en varias ocasiones por esclarecer los hechos registrados durante la dictadura de su entonces general al mando. EL TIEMPO habló con él, quien vive en Ciudad de Panamá:

¿Cómo tomó la noticia de la muerte de Manuel Antonio Noriega?

Era una muerte esperada para mí. Él estaba prácticamente viviendo por una máquina, no sé cómo ocurrió al final, si fue que él expiró o lo desconectaron, pero yo me lo esperaba porque él no salía del estado en el que se encontraba.

Lo que puedo decir firmemente es que ese hombre descansó. Inclusive, hace un año y tres meses un empresario me preguntó de imprevisto: “¿Si te consigo al general Noriega, hablas con él?...” Le dije que sí, y cuando charlé con él le dije: “Te deseo Manuel Antonio que te dejen salir, y él me saludó”. Esas heridas ya suturaron.

Fueron días difíciles desde el momento en que decidió ventilar las acciones del régimen…

Fue una etapa muy dura, no solo en momentos como el del 25 de mayo de 1987, cuando me pronuncié y le dije a Noriega ante su Estado mayor: “Narcotraficante, criminal, andas en crímenes y maldades, etc.”. Ya fueron 30 años de ello. Pero también fue difícil porque arrastré a mi familia conmigo. Y es que definitivamente denunciar fue un acto al que yo llamo ‘temerario’. Temerario porque, a pesar de que yo sabía muy poco de otras conexiones: por ejemplo, yo no sabía ni el tres por ciento de lo que sucedía con el caso de Irán (colaboración de Noriega a la financiación de la lucha contra la guerrilla sandinista nicaragüense con la venta de armas a Irán y el narcotráfico) y la gestión geopolítica del presidente Bush padre.

Yo no sabía que todo lo que estaba sucediendo estaba bautizado con el visto bueno y la luz verde de los carteles de Colombia, con los cuales Noriega tenía todos los vínculos del mundo, al igual que no sabía del papel de la CIA y la DEA en el entramado.

Eso me llevó a un estrés extraordinariamente fuerte, incluso antes de pronunciarme, pero todo empezó con la muerte de mi amigo Hugo Spadafora, cuando lo secuestraron y degollaron cruelmente en septiembre del 85.

Considero que en esa trama, EE. UU. se aprovechó de Noriega y que tenían a alguien fácil de inducir. Yo traté de dar un golpe de Estado, pero no lo logré, no pude. Sin embargo, en el 87, cuando se me ocurrió hablar con la prensa, Panamá estalló.

Yo traté de dar un golpe de Estado, pero no lo logré, no pude

Usted se retractó dos meses después de haber hecho las acusaciones contra Noriega. ¿Por qué?

Le voy a explicar por qué. Estaba en una situación en la que me dije: ‘De aquí salgo muerto o vivo, pero voy a tratar de salir vivo porque, y lo pongo en términos colombianos: ¿por qué me voy a dejar joder de esta cúpula, por qué me voy a dejar matar?’ Entonces pensé que debía darles el margen y me retracté.

Naturalmente, era ante el fatalismo de tener que decidir que, si yo mismo no dirigía mi salida de ahí o ayudaba a los que estaban planeándola, no salía, porque todo ese círculo que tenía Noriega le iba a decir ¡matémoslo! Fue una manera de destrabarme y darle al hombre una idea de que yo estaba arrepentido, pero obviamente no lo estaba y mi conciencia, mucho menos. Yo no podía patrocinar crímenes ni el narcotráfico. Lo veo como una cuestión de supervivencia, y tomé la decisión influenciado por tres personajes: David (el de la Biblia), Martín Fierro y Napoleón. Los tres evadieron la muerte en algún momento de manera inteligente.

¿Cuándo empezó a sospechar de los actuares de Noriega?

Mi viacrucis empieza cuando Noriega llega al poder en el 83, y yo me convierto en el segundo al mando. Empiezo a notar que comienzan a ocurrir cosas. Es más, a mí ni siquiera me llevaban a las reuniones con el embajador americano.

Cincuenta días después de las declaraciones que hice, que fueron durante una entrevista televisada, Noriega me puso en una celda de la cárcel Modelo y buscaba dejarme cinco años en prisión, pero mi esposa llamó a Carlos Andrés Pérez, entonces presidente de Venezuela; también al presidente de España, Felipe González, entre otros personajes, y todos ejercieron presión para que Noriega me liberara, esfuerzos que resultaron exitosos seis meses después, aunque me enviaron al exilio a Venezuela. Fue un escenario doloroso, en el que mucha gente me tildó de traidor, pero también recibí el apoyo de muchos.

¿Cómo vivió la invasión estadounidense del 89?


Fue una invasión hipócrita, con miles de muertos que se hubieran podido evitar. Considero que a Noriega se lo hubieran podido llevar sin muertos, pero es que ellos querían invadir para probar las bombas de exterminio porque venía la guerra primera de Irak (1991).

Bush autorizó la operación militar Causa Justa con los pretextos de querer proteger la vida de los ciudadanos estadounidenses que residían en Panamá y de defender la democracia y los derechos humanos.

Sobre la muerte del general Omar Torrijos, ¿cree que ya se hizo justicia, tal vez con la muerte de Noriega?

Omar Torrijos era una piedra en el zapato muy difícil para el régimen republicano de EE. UU. Pero, además, mi primo hermano marcó una época en la que Panamá brilló en el firmamento mundial, como lo dijo Felipe González en su momento: “Fue un dictador converso, un fenómeno irrepetible en América Latina, un líder de los pueblos”. Sin embargo, y como todos, también tenía fisuras como jefe, pero tuvo en su gabinete gente muy buena, y por supuesto que otra cosa fue Noriega. Pero yo fui su primo, su asistente hasta el final, y él jamás me ordenó un crimen.

Torrijos dignificó a Panamá y fue ovacionado en Cuba por medio millón de personas, pero igualmente le hablaba a Carter y al senador que a él le diera la gana. Él decía: “Ni con la izquierda ni con la derecha, con Panamá, y si me traen un tomate de Arkansas o uno de Moscú y es el mejor para Panamá, con ese me quedo”.

Yo he tenido que leer mucho ahora, y leí un libro de un abogado panameño que presenció todo el juicio de Noriega y todavía no puedo creer que en la Fuerza Aérea de Panamá se guardaran los tanques de éter etílico que iban para los carteles (de la droga); que en la Fuerza Aérea se guardaran bimotores en los hangares que iban hacia allá con rumbo desconocido. Incluso hubo un gran campamento de conversión de pasta (de coca) en droga en el Darién, con dos helipuertos y seis plantas o generadores eléctricos.

Es decir, lo que ahora estoy entendiendo es que él fue victimario de muchas familias, pero también fue víctima de un juego que él quiso jugar tú a tú y al mismo nivel con la gente que le enseñó y lo patrocinó que fue la CIA. Ahí fue donde él lo perdió todo.

Al final, nadie ha pagado como Noriega: 20 años en Miami, casi dos en París, 5 años acá (Panamá); aun así, todavía hay gente que le tiene resentimiento después de muerto, y eso no es sano.

¿Por qué cree que Manuel Noriega optó por ese camino?

Cuando él quiso negociar y salirse, después de tantas vueltas, y le dijo que sí al entonces secretario de Estado de EE. UU, quien le dio una fecha límite, finalmente decidió echarse para atrás de forma inesperada. Para mí, o mi versión es que oficiales de alto rango lo agarraron por la parte alta del pantalón y le dijeron: ‘tú no te puedes ir porque nosotros quedamos mal y esta gente nos friega (...)’ Él se dejó amarrar. Él, para mí, fue partícipe de su propio destino tan fatal.

¿Se puede decir que usted ya está en paz con él?

Cómo no, pero desde mucho antes; incluso hice un libro en el 88 que se llama 'Panamá: mucho más que Noriega', que lo prohibían. Como lo dije al principio, yo de verdad esperaba que descansara, porque eso de estar así no era vida. ¡Santa paz para mí, ojalá fuera para otros que todavía quieren crucificarlo!

MARÍA DEL MAR QUINTANA CATAÑO
Redacción Internacional
En Twitter: @MariaQC8

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