Marina Walker, la mujer detrás de los Panama Papers

Marina Walker, la mujer detrás de los Panama Papers

Ella coordinó a 370 periodistas en más de 70 países para sacar adelante esta importante flitración.

Marina Walker, periodista argentina

Walker nació en Mendoza, donde sus abuelos manejaban el concesionario de la marca de carros Ford.

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Sergio Alfonso López / El Mercurio - GDA

16 de junio 2018 , 10:21 p.m.

“Sentí miedo al final de la investigación de Panama Papers, cuando eran muchos los que sabían. Ese fue el momento de mayor vulnerabilidad, cuando los bufetes de abogados más importantes del mundo sabían que teníamos la información. Sentí miedo de que se filtrara, de que no hubiéramos identificado bien a una persona, algún error de edición o que le pasara algo a un periodista en un país represivo. No dormíamos”, recuerda Marina Walker Guevara.

La periodista argentina, de 43 años, fue invitada a Santiago de Chile por Columbia Global Centers y la Escuela de Periodismo de la Universidad Diego Portales. Ella, que dictó una charla frente a un auditorio lleno, es subdirectora del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (Icij) y ha reporteado temas tan complejos como la degradación ambiental que provocan las compañías mineras, el comercio ilícito de tabaco y las redes criminales que agotan los océanos.

Walker nació en Mendoza, hizo su carrera en Estados Unidos y ha sido parte de varias de las más importantes investigaciones sobre la corrupción global: Swiss Leaks, Luxembourg Leaks, Offshore Leaks y los Panama Papers, la revelación de 11,5 millones de documentos de sociedades ‘offshore’, empresas que no realizan ninguna actividad económica en el país donde se registran pero que se benefician de ventajas tributarias y protección de activos.

En este último coordinó a 370 reporteros de 76 países, y juntos obtuvieron el premio Pulitzer en la categoría de periodismo explicativo el año pasado. “Cuando estaba investigando, nunca recibí una amenaza directa, pero agencias del Gobierno de Estados Unidos sí fueron a pedir la data. Entraban y decían que ellos eran los buenos y los de afuera no tanto. Pero les dijimos que no a todos los gobiernos, cerca de 30”, revela.

¿Cómo soportaba la presión?

Tres cosas me hacían dormir en paz. Una es nuestro proceso de ‘fact checking’: tenemos a un señor que chequea dato por dato y cuestiona todo, cada oración de todas las historias. Tenemos a un abogado muy valiente, con los pies sobre la tierra, que nunca nos coarta pero que ayuda a protegernos, y que antes trabajó en un bufet especialista en calumnias e injurias. Lo tercero es saber que fui justa y que cada persona sobre la que escribimos tuvo la oportunidad, con tiempo y tranquilidad, de dar su versión.

***

Al revisar los 11,5 millones de documentos filtrados de la firma de abogados Mossack Fonseca, de Panamá, el equipo escogía las historias dignas de ser publicadas y enviaba cartas legales a los implicados, para que tuvieran derecho a réplica. Incluso se las mandaban a los abogados de fugitivos. Según Walker, el 90% de quienes las recibieron dieron alguna respuesta.

Ella afirma que decidió ser periodista porque su familia estaba pasando por una situación económica difícil y no pudo ir al viaje de egresados de la secundaria. Se quedó en Mendoza y tenía dos opciones: ir a clases o hacer una pasantía de tres semanas en un canal de TV. Se decidió por lo segundo; acompañó a periodistas que salían a reportear, le gustó lo que vio y entró a la Universidad Nacional de Cuyo.

“Siempre me cargó la injusticia social –confiesa–, pero no tenía un pensamiento tan crítico porque, como me crie en una forma tradicional, no estaba expuesta a ciertas corrientes de pensamiento, a muchas cosas que me abrieron la cabeza en la universidad pública”.

Antes de graduarse trabajaba en el diario Los Andes, donde trataba de evitar ruedas de prensa y pedía hacer notas más profundas para la edición dominical. “Me gustaba encontrar documentos, pero no siempre lo lograba, no había ley de acceso a la información; entonces, muchos eran testimonios, a veces documentos históricos, y de a poco me iba acercando a la investigación más dura. Me di cuenta de que publicaba cosas que le incomodan al poder, y eso me encantó”, celebra.

Sin saber tanto inglés, a los 25 años se postuló a una beca para trabajar seis meses en Estados Unidos. Entró al diario ‘Philadelphia Inquirer’ poco después de los atentados del 11-S.

“Era un momento clave porque el país estaba traumatizado, los medios tenían una renovada energía para investigar, para entender lo que había pasado, pero al mismo tiempo empezaba la crisis de los diarios y los despidos –recuerda–. Sentía rechazo por los nacionalismos y las simplificaciones, pero estaba fascinada con la posibilidad de acceder a cosas que nunca imaginé, a hacer una base de datos, a pedir documentos al Gobierno y que te los dé. Me enamoré de esa metodología”.

Me gustaba encontrar documentos, pero no siempre lo lograba, no había ley de acceso a la información (...) Me di cuenta de que publicaba cosas que le incomodan al poder, y eso me encantó

Volvió a Argentina y se dio cuenta de que no quería estar ahí. Pero, para tener un contrato en Estados Unidos, debía estudiar. Con un mejor inglés se postuló y quedó en la Universidad de Misuri. Allí conoció la Investigative Reporters and Editors, la asociación de periodistas de investigación de ese país.

En vez de hacer una tesis tradicional, investigó a una productora de plomo que exportaba sus operaciones sucias a un pueblo de los Andes peruanos. Pasó dos semanas en Loroya, recogió testimonios, pidió información en Perú y la obtuvo. Descubrió que el 99% de los niños de ese lugar estaban intoxicados con plomo a un nivel casi irreversible. Publicó su tesis en el ‘Miami Herald’, y ‘Los niños del plomo’ apareció en la revista ‘Gatopardo’.

Tiempo después, mientras seguía en la universidad, conoció a su marido, luego de que la mandaron a una conferencia en Antigua (Guatemala).

“Mi editora en Filadelfia me dijo que tenía un amigo amoroso en Guatemala, y me preguntó si quería una cita a ciegas –dice–. Le dije que no, gracias, y me dijo que Adam me iba a encantar, que trabajaba en el ‘Washington Post’, que lo conociera aunque fuera por ‘networking’. La última embustería que me dijo fue que se parecía a Hugh Grant”.

Pese a sus pronósticos, la cita funcionó y comenzaron una relación. Walker terminó la universidad y conoció el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (Icij), que tenía sede en Washington, donde Adam, que no se parecía a Hugh Grant, era el editor de obituarios del ‘Washington Post’.

En el 2005 entró como pasante al Icij. Tenía experiencia, pero no contrataban, y menos a extranjeros. Han pasado 13 años y sigue ahí.

“Chuck Louis, quien lo fundó, imaginaba que los periodistas de investigación son lobos esteparios que tenían que unirse, porque investigaban a las mismas personas, a las mismas empresas, pero aislados. Los reunió físicamente en universidades para discutir qué estaban haciendo. Así investigaron juntos, por ejemplo, a las tabacaleras que se aliaron con el crimen organizado para contrabandear cigarrillos. Es interesante, porque durante mucho tiempo hemos puesto nuestro valor como periodistas, y casi como personas, en la primicia, en lo que puedo publicar y que nadie más tenga”.

La primera filtración en la que Marina Walker trabajó fue en el 2011 y se conoció como Offshore Leaks. “Abrimos esa primera ventana dentro de este mundo secreto. Hicimos lo que pudimos y cometimos errores en el camino”, lamenta.

¿Qué tipo de errores?

No teníamos gente especializada en datos. Tuvimos que confiar en terceros y entregarles toda la data a quienes podían solucionar los problemas tecnológicos. Eso te hace mucho más vulnerable. Otro error fue no saber el perfil del periodista con el que debíamos trabajar. Pensábamos que teníamos que ir por la estrellita de cada país. Terminábamos haciendo reuniones en que los egos se salían por las ventanas... Había que trabajar en equipo. En una colaboración tienes que renunciar a cierto control, porque todos no pueden decidir cuándo es la fecha de publicación, por ejemplo.

¿Cómo lidió con su ego?

Sabiendo que la única manera de develar los misterios locales es con la gente local. Qué se yo quiénes son los testaferros en Chile, pero alguien de acá puede saber dónde están los documentos, qué puerta golpear. Cambiamos el tipo de persona del equipo y se transformó en un oasis. Algunas estrellas se bajaron de su pedestal y todavía estamos trabajando con ellas.

Usted trabajó con 370 periodistas en los Panama Papers. ¿Cómo eran los perfiles?

Había chiquitos de 23 años y periodistas de carreras enormes. Entonces, el señor de 70 años aprendió a encriptar sus ‘mails’ gracias al joven. Y, luego, ese señor le explicó al ‘millennial’ de dónde viene la historia de lo que estábamos investigando. A veces me tenía que pellizcar para ver si esto de verdad estaba sucediendo.

¿Cómo chequeaban la información?

Hicimos muchísimos chequeos con documentos de las cortes, registros catastrales para ver si las casas o apartamentos existían, registro de empresas. Hacíamos muchos cruces con otras bases de datos y documentos que llegaban. Lo hacíamos con cada caso que íbamos a reportear, pero no hemos mirado los 11 millones de documentos.

¿Cómo hallar lo útil?

Buscábamos casos, personas, historias de interés público, porque era una data privada. Los periodistas no publicamos data por gusto, lo hacemos cuando se justifica. Porque si no, eres muy vulnerable, incluso en Estados Unidos, donde hay una gran protección de la primera enmienda. Si solo vas a mostrar que el señor de la esquina tiene una cuenta no sé dónde, no puedes.

¿Quiénes fueron los que más reclamaron por los Panama Papers?

Los que se quejaron más e hicieron más líos y juicios fueron las celebridades.

¿Perdieron alguna de esas querellas?

En todas estas historias ‘offshore’ nos han hecho juicio dos veces, una en Canadá y otra en Estados Unidos. La justicia descartó ambas, pero nos afecta porque tuvimos que pagar abogados. Podría ser peor: en la base de datos de Offshore Leaks hemos publicado datos de 750.000 empresas. Recibimos a diario cartas de personas que se quejan de estar en la base de datos, pero les explicamos que el hecho de estar ahí no significa que hayan cometido un crimen. Y lo que estamos haciendo es seguir el ejemplo de registros que existen en todo el mundo, donde es público quién tiene una empresa.

¿Cómo evitan el activismo cuando reciben filtraciones?

El periodismo siempre tuvo filtraciones, como en los papeles del Pentágono o con ‘Garganta Profunda’ en el Watergate. Pero ahora, por la tecnología, las filtraciones son masivas y digitales. Lo importante es que el periodista no participe del acto de obtención ilegal de los documentos, como cuando ‘hackean’. Reporteamos a fondo contrastando con data pública en todo momento.

Lo importante es que el periodista no participe del acto de obtención ilegal de los documentos, como cuando ‘hackean’. Reporteamos a fondo contrastando con data pública en todo momento

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El comité final en Panama Papers estaba conformado por Herald Write, el director de Icij; Marina Walker, editores, el abogado y los dos periodistas alemanes que consiguieron la información. Veían qué hacer caso por caso.

“Navegábamos en demandas que se apilaban en los principales estudios de abogados del mundo. Contestábamos cada carta en la que decían que les parecía espantoso que tuviéramos esa información, que si no la destruíamos irían con todo el peso de la ley”.

¿Cuáles fueron sus consecuencias personales?

Todo el equipo sintió una carga física, y hay algunos que todavía la sentimos. Hay miembros del equipo que se tomaron años sabáticos, y yo me voy a tomar uno. Me dieron una beca para estudiar en Stanford y pasaré un año pensando. Han sido 13 de esta metodología, de esta intensidad.

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Marina Walker estudiará cómo se pueden usar las herramientas de la inteligencia artificial para mejorar el periodismo de investigación. “Los Panama Papers empoderaron a los periodistas porque les dimos un uso inteligente a las tecnologías sin ayuda de grandes corporaciones ni de ‘softwares’ caros. Con la tecnología podemos cambiar el mundo, cambiamos el paradigma y compartimos como nunca lo que habíamos hecho antes en la historia. Los Panama Papers democratizaron quién cuenta la historia. Es un paso para ser más humildes, entender que no podemos comprender solos la complejidad de las historias que enfrentamos.

CARLA MANDIOLA
El Mercurio (Chile) – GDA
En Twitter: @mandiu

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