Dos discursos que marcaron la vida de Fidel Castro

Dos discursos que marcaron la vida de Fidel Castro

El que leyó a los 60 años de su ingreso a la Universidad de La Habana, y 'La historia me absolverá'

Discursos históricos de Fidel Castro | EL TIEMPO | Noviembre 26 Discursos históricos de Fidel Castro | EL TIEMPO | Noviembre 26

Discursos históricos de Fidel Castro

26 de noviembre 2016 , 05:26 a.m.

Rodeado de jóvenes, Fidel Castro utilizó el imponente marco del Aula Magna para dar su testamento político, una severa crítica por los “muchos errores” cometidos y advertir que el sistema socialista podría conseguir lo que EE. UU. no logró ni por la vía militar: autodestruirse a causa de los “vicios” y “robos”.

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El 17 de noviembre del 2005, con motivo del sexagésimo aniversario de su ingreso a la Universidad, una celebración tan personal que sorprendió a muchos analistas, pronunció el ‘Discurso de la universidad’, en el que habló del futuro de la isla tras su muerte, tema prácticamente tabú en la isla.

(Vea nuestro especial: Fidel Castro, diario de una revolución)

“Ustedes son los responsables de cómo se puede preservar o se preserva el socialismo”, dijo a los jóvenes. Pero alertó a todos los ciudadanos: “Esta revolución puede destruirse, los que no pueden destruirla son ellos (EE. UU.)”.

Por más de cinco horas, Castro, entonces de 79 años, desgranó memorias. “Allí me hice revolucionario. Me hice marxista-leninista”, recordó.

Fustigó, como en otras ocasiones, al gobierno de EE. UU. y especialmente al presidente George W. Bush, a quien llamó “descarado” y “mentiroso infame”. Pero el grueso de su intervención estuvo centrada en la sociedad cubana y sus problemas.

Castro destacó los esfuerzos para erradicar “defectos y errores” y se manifestó convencido de que pronto los cubanos vivirían esencialmente de su trabajo y sus pensiones. Pero advirtió que para lograrlo era imprescindible ganar la batalla contra los vicios, el desvío de recursos y los robos.

¿Qué hacer y cómo hacerlo?

Aseguró que desaparecería la “libreta de racionamiento” porque habría “más ingresos y más productos”, y que la nueva sociedad no sería “de consumo”, sino una sociedad del conocimiento.

“Vamos a cambiar injusticias y desigualdades sin cometer abusos”, indicó. Exigió enfrentar “muy seriamente a todas las formas de robo” y apostó por la “honestidad” de los “muchachos (estudiantes y trabajadores sociales)” para lograrlo.

Tras referirse al porqué se derrumbó la Unión Soviética (URSS), pidió “a todos, sin excepción” reflexionar “si puede ser o no irreversible un proceso revolucionario”.

Además esbozó el futuro: “Qué hacer y cómo hacerlo, si nosotros, al fin y al cabo, hemos sido testigos de muchos errores y ni cuenta nos dimos. Es tremendo el poder que tiene un dirigente, cuando goza de la confianza de las masas o confían en su capacidad. Son terribles las consecuencias de un error de los que más autoridad tienen y eso ha pasado más de una vez”.

Se mofó de un informe de la inteligencia estadounidense asegurando que tenía el “mal de Parkinson, pero se equivocan una vez más”. Sin embargo, reconoció que la Casa Blanca estaba esperando que alguien fallezca para llevar adelante “sus planes macabros” para la transición.

“Al parecer ese alguien soy yo”, dijo, pero recordó que la sucesión estaba en marcha. “Tenemos medidas tomadas y previstas, para que no haya ninguna sorpresa. Nuestro pueblo debe saber qué hacer en cada caso”, expresó. Insistió en que la Revolución es un “proceso de todo el pueblo y no de una persona”.

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A su juicio, “uno de los grandes errores históricos” de los dirigentes cubanos fue creer “que con métodos capitalistas iban a construir el socialismo”. “El más importante error era creer que alguien sabía de socialismo, que alguien sabía cómo se construye el socialismo”, añadió. Y concluyó: “Es muy justa nuestra lucha. Por eso tenemos que emplear todas nuestras energías y tiempo para poder decir: ¡Vale la pena haber nacido! ¡Vale la pena haber vivido!”.

Muy lejos quedaba otro discurso, precisamente el que se convirtió en guía de la revolución, que dio a conocer masivamente a Castro, y que el joven abogado pronunció durante más de dos horas para su autodefensa el 16 de octubre de 1956.

Fue su alegato pronunciado durante la penúltima vista oral del juicio seguido en Santiago de Cuba contra los acusados de participar en el asalto al cuartel Moncada, de esa ciudad, y Carlos Manuel de Céspedes en Bayamo el 26 de julio de ese mismo año.

Ya condenado a 15 años en la cárcel en el presidio de la entonces llamada Isla de Pinos, Castro reescribió de memoria, en caligrafía minúscula escrita en hojas papel cebolla, dobladas hasta caber en cajas de cerillas, el discurso
Aún preso, dio la orden de “distribuir por lo menos cien mil ejemplares en un plazo de cuatro meses (…) La importancia del mismo es decisiva; ahí está contenido el programa y la ideología nuestra sin lo cual no es posible pensar en nada grande, además la denuncia completa de los crímenes que aún no se han divulgado suficientemente y es el primer deber que tenemos para los que murieron”.

‘La historia me absolverá’

El 26 de julio de 1953, un grupo de jóvenes, entre los cuales ninguno tenía experiencia militar, asaltó el cuartel Moncada, en Santiago de Cuba, y el de Bayamo.

Pretendían tomarse por sorpresa el control y las armas del cantón militar y emprender así el derrocamiento de la tiranía de Fulgencio Batista, que llegó al poder en virtud del golpe de estado del 10 de marzo de 1952.

El plan falló. Muchos asaltantes murieron bien en combate o asesinados posteriormente. Otros cayeron presos, como el jefe, Fidel Castro Ruz. La operación fue un fracaso militar, pero marcó el comienzo de la Revolución.

Tres meses después, Castro fue sometido a juicio. Amparado en su condición de abogado optó por la autodefensa, una perorata que pronunció, sin tener el texto escrito, el 16 de octubre de 1953.

Apoyado en su brillante oratoria, que ejercitó hasta el final de su vida, no paró durante dos horas.

Sus palabras, que luego reconstruyó de memoria, fueron sacadas de la cárcel en papelitos por Haydée Santamaría y Melba Hernández, sus compañeras de lucha del Movimiento 26 de Julio, y publicadas en cien mil ejemplares, contribuyeron a presionar a Batista para que lo sacara de la cárcel, algo que ocurrió dos años después.

Influenciado por las ideas de José Martí, el padre de la patria, mencionado en 15 ocasiones, el discurso devino en el programa político de la Revolución, pues, además de denunciar los crímenes del ejército de Batista, abocó los principales problemas de la isla para esa época.

“El problema de la tierra, el problema de la industria, el problema de la vivienda, el problema del desempleo, el problema de la educación y el problema de la salud del pueblo; he ahí concretados los seis puntos a cuya solución se hubieran encaminado resueltamente nuestros esfuerzos junto con la conquista de las libertades públicas y la democracia política”, dijo.

E hizo el siguiente diagnóstico: “El 85 por ciento de los pequeños agricultores cubanos está pagando renta y vive bajo la perenne amenaza del desalojo de sus parcelas. Más de la mitad de las mejores tierras de producción cultivadas está en manos extranjeras”. (Lea también: La alocución en donde se anunció la muerte de Fidel Castro)

“Hay 200.000 familias campesinas que no tienen una vara de tierra donde sembrar unas viandas para sus hambrientos hijos y, en cambio, permanecen sin cultivar, en manos de los poderosos intereses, cerca de 300.000 caballerías de tierras productivas”.

“Salvo unas cuantas industrias alimenticias, madereras y textiles, Cuba sigue siendo una factoría productora de materia prima. Se exporta azúcar para importar caramelos, se exportan cueros para importar zapatos, se exporta hierro para importar arados (…) la necesidad de industrializar el país es urgente”.

“Hay en Cuba 200.000 bohíos y chozas; 400.000 familias del campo y la ciudad viven hacinadas en barracones, cuarterías y solares sin las más elementales condiciones de higiene y salud; 2’200.000 personas de nuestra población urbana pagan alquileres que absorben entre un quinto y un tercio de sus ingresos, y 2’800.000 de nuestra población rural y suburbana carecen de luz eléctrica”.

Fidel Castro contó “la historia de una república” que tenía leyes, partidos, y libertades hasta cuando el dictador cometió “el horrible crimen que nadie esperaba”. “Ocurrió entonces que un humilde ciudadano, con el código en una mano y los papeles en otra, presentó un escrito denunciando los delitos (...) Yo soy aquel ciudadano humilde…”. Al triunfar la revolución el primero de enero de 1959, muchos de estos planes fueron puestos en marcha.

MILAGROS LÓPEZ DE GUEREÑO
Corresponsal de EL TIEMPO

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