Editorial: Dilma, fin de una era

Editorial: Dilma, fin de una era

Con la salida de la mandataria termina la era del Partido de los Trabajadores en Brasil.

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El Senado de Brasil apartó a Rousseff del cargo con un fallo histórico que dejó una votación de 61 votos a favor y 20 en contra.

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AFP

01 de septiembre 2016 , 09:52 a.m.

El desenlace acabó siendo el previsto. Este miércoles, el Senado de la República Federativa del Brasil, convertido en gran jurado, destituyó a la suspendida presidenta Dilma Rousseff, luego de un juicio histórico que puso fin al mandato de la primera mujer que conquistó el poder en ese país. El hecho marca el cierre del capítulo del Partido de los Trabajadores (PT), que duró 13 años y prometía una revolución pacífica, encabezada por Luiz Inácio Lula da Silva.

Fueron 61 votos a favor y 20 en contra los que sellaron la suerte de la mandataria, quien hasta último momento proclamó su inocencia y pidió que, si era destituida, se convocaran nuevas elecciones. Sin embargo, la defensa sucumbió ante la aplanadora montada hace meses por el partido de quien fuera su ‘vice’ y hoy presidente en propiedad, Michel Temer.

La historia dirá que Dilma cayó por maquillar cuentas públicas para conseguir recursos, una maniobra ilegal y considerada menor, de amplio uso entre los gobiernos precedentes. No obstante, a ella se la cobraron como un pecado capital, en medio de un enorme escándalo de corrupción que involucró a la estatal Petrobras.

La historia también debería señalar que el 53 por ciento de los 81 senadores que la juzgaron están salpicados por investigaciones judiciales y periodísticas. Muchos analistas ven lo ocurrido como una manera de lograr que múltiples procesos no avancen más, a pesar de la crispación ciudadana. Por eso, la tesis de que lo sucedido es un golpe de Estado toma fuerza en algunos sectores. De hecho, ahora Temer podría ser rehén de los múltiples favores que les debe a quienes lo elevaron a la presidencia. Pocas dudas hay de la legalidad de su nombramiento, pero más de uno cuestiona su legitimidad.

Para los observadores, el gran pecado de Dilma fue apoyar las investigaciones de los jueces anticorrupción sin retirarle el apoyo a Lula, cada vez más enredado por revelaciones, pruebas y testimonios. Esto, en un contexto de brutal desaceleración económica y de reversión de algunos de los más importantes logros sociales del PT, que en su mejor época sacaron a más de 40 millones de personas de la pobreza y convencieron a muchos de que el milagro brasileño tenía bases sólidas.

Pero del ahogado, el sombrero. En una inédita segunda votación, los mismos legisladores que la sacaron votaron para que Rousseff continúe habilitada para ejercer cargos públicos, salvo el de presidenta. Debido a ello, la historia no ha terminado y la pugnacidad en la arena política, tampoco. “Volveremos para continuar”, dijo ella poco después de enterarse de su destitución.

Lo ocurrido confirma el mal momento de la izquierda latinoamericana, algunos de cuyos principales representantes atraviesan horas muy oscuras: el impresentable y cada vez más totalitario Nicolás Maduro, en Venezuela, o el ecuatoriano Rafael Correa, acorralado por el desplome de los precios del petróleo. Lo anterior se suma a los procesos contra Cristina Fernández de Kirchner, en Argentina, en cuya administración se cometieron todo tipo de excesos.

Y de vuelta a Brasil, el reto es cerrar las heridas y limpiar las costumbres políticas. Nada de eso será fácil tras un proceso que, más que unir, dividió.

editorial@eltiempo.com

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