Así les va a una bogotana y dos estadounidenses en el Carnaval de Río

Así les va a una bogotana y dos estadounidenses en el Carnaval de Río

Conozca en esta crónica lo que no debe hacer y a lo que se enfrenta si va a esta fiesta.

Carnaval de Rio

A las nalgas se les conoce como bunda o bundão, según las dimensiones anatómicas lo exijan.

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AFP

03 de marzo 2017 , 08:29 a.m.

Esta aventura la viví hace unos años en la bacanal más famosa del planeta. Sus olores, sabores y sinsabores siguen vigentes. El fuego del Carnaval se extingue y nace el Miércoles de Ceniza. Río se despierta tarde, abre un ojo –el sol brilla demasiado– lo vuelve a cerrar. Cinco días consecutivos de farra han dejado a la ciudad enguayabada, con los pies adoloridos y las calles apestosas. Caminamos por el empedrado de Santa Teresa, barrio bohemio de Río y uno de los pocos lugares que dan señales de vida al término de la fiesta más célebre del mundo.

Tal vez en este día de resaca nacional, los inodoros públicos sí darán abasto para recibir la agüita amarilla de los bebedores remanentes que todavía quedan en pie en las esquinas. Los ríos de orina que surcaron la ciudad por encima de millares de chanclas sambantes durante el carnaval se han evaporado, pero no el olor ácido impregnado en el asfalto, que se recalienta a 38 grados de temperatura en la época más caliente del año.

El golpe olfativo llega hasta la pituitaria. Incluso el Cristo Redentor se taparía la nariz si pudiera cerrar por un minuto su abrazo de eterna bienvenida. Pero el turismo no da tregua y al mal aliento buena cara.

'O Globo' hace un recuento de lo mejor y lo peor de la fiesta de este año y destaca la Escuela Salgueiro, campeona por su comparsa sobre la historia del tambor. Algo de su espectacularidad alcancé a ver de reojo en un televisor instalado en mitad de la calle, a pocas cuadras del Sambódromo, porque dentro, lo único que presencié fue la danza del codo entre una multitud de turistas y locales intentando abrirse un espacio en las graderías del populoso sector 6.

Esa era mi puerta de entrada a la fantasía del carnaval, alimentada por años de transmisión televisada de hombres y mujeres semidesnudos, bañados en escarcha y sudor y bailando frenéticamente. Pero todo aquello estaba a punto de darme un empujón.

Desde la rampa de acceso a las graderías pude ver un mar de cabezas y al final del túnel, la luz. Un sol nocturno enchufado no sé a qué potente generador, iluminaba a las 60.000 personas que desfilaban ‘fantaseadas’, que es la bella palabra que se usa en portugués para describir a los disfrazados. Yo iba fantaseada de carioca: vestido corto y hawaiana –la chancla oficial de la ciudad– pero todavía con el bronceado del altiplano cundiboyacense.

Éramos tres aventureros. Dos estadounidenses, Adrian y Josh, y yo, una bogotana con ínfulas de alma tropical. Pero en Brasil, todos los extranjeros somos considerados gringos. Al ver el tumulto, estos tres gringos tomamos aire y nos zambullimos en el mar de espectadores. El masaje corporal con esencias naturales terminó por desesperarme y de repente parecía haberme ‘fantaseado’ de Hulk, el hombre increíble.

Me expulsé un poco violentamente del gentío y aproveché para dar un par de empujones mientras renegaba del carnaval, de los turistas, de los revendedores, de los cariocas y hasta de Niemeyer, el arquitecto-orgullo nacional, quien diseñó este lugar en una servilleta de un bar. “Y se nota”, pienso al calor de la furia del momento.

Josh, quien dio la papaya de llevar billetera, fue atracado al mejor estilo TransMilenio en la amasada. Y Adrian, queriendo justificar el tiquete que pagó desde Nueva York para vivir el Carnaval de Río, perseveró entre la multitud, logró llegar hasta las graderías, pero regresó tras este contundente diálogo con la dueña de una escala:

–Oiga, usted no se puede parar ahí, ¿no ve que yo hice fila desde las cuatro de la tarde?
–No entiendo– le contesta en modesto portuñol Adrian, ‘haciéndose’ la gringa.
–¿Pero sí entiende que va a caer?– responde la mujer.

Adrian entiende. Fin de la conversación y reunión de grupo a la salida del sector 6.

Eso nos pasó por tacaños e improvisadores, me regañó al día siguiente mi muy carioca jefa, que de paso me explicó que nos fuimos para el lado ‘pobre’ del Sambódromo. ¿Quién nos manda a comprar una boleta de 40 reales, a las 11 de la noche y a un revendedor? Queríamos ver mucho por muy poco y pagamos las consecuencias.

Resulta que esta famosa construcción dividida en dos está inspirada en un realismo poco mágico: de un lado, los que pueden pagar palcos con aire acondicionado, sillas, modelos, máscaras, escarcha y barriles de cerveza, según pude ver en las fotos de sociales de las revistas.

Del otro, la feria del revendedor, el sobrecupo y el carterista. Todo bien con el pueblo, pero como dijo a sus amigos gomelos una ‘burguesinha’ que se aventuró a la experiencia del lado proletario del evento: “Gente, aquela coisa do povo… Estou fora!”.

Después de nuestro curso exprés de sociología, volvimos a la casa sin billetera y con el rabo entre las patas para ver lo que quedaba de los desfiles frente al televisor. El Carnaval continuaba desbocado en toda la ciudad y al día siguiente, el periódico publicaba fotos de las mulatas más “gostosas” del desfile y primerísimos planos de lo más “gostoso” de las mulatas más “gostosas”, o sea, lo que viene siendo la nalga, aquí mas conocida como bunda o bundão, según las dimensiones anatómicas lo exijan.

En su lista de aspectos positivos, el columnista de sociales Ancelmo Gois destacaba la presencia del entonces presidente Lula en el Sambódromo, antes de venirse a menos. Difícil imaginar entonces que una era de optimismo terminaría con los escándalos de corrupción y la crisis política que hoy vive Brasil. Hacía varias décadas que un mandatario no asistía al desfile y este año Michel Temer no se arriesgó a aparecer por allí. Pero, en aquel entonces, “el presidente obrero” no solo fue y bailó, sino que aprovechó para lanzar desde su palco condones a diestra y siniestra.

Hacía bien Lula en estimular la anticoncepción en momentos de crisis mundial, que ya entonces habían afectado la productividad industrial y el empleo en Brasil. Más si se tiene en cuenta que los índices de contagio de sida y de reproducción humana tradicionalmente aumentan considerablemente en estas fechas regadas de cachaza, cerveza y lujuria, cuyas consecuencias se vienen a conocer por su nombre propio en noviembre con una nueva generación de Flavios, Lucianas, Joãos, Marías y demás “filhos do carnaval”.

A nosotros la jornada nos bajó la libido, todo el mundo tranquilo. Pero no sería justo concluir este relato de un carnaval fallido –y que espero mejorar desfilando el año entrante con cualquier escuela de samba para entrar al carnaval por la puerta grande– sin mencionar que el “carnaval de rua”, o sea el que tiene lugar en las calles de la ciudad, nos trató con mucha más generosidad.

El alma de la fiesta

Para muchos este es el verdadero carnaval. Desde hace diez años, las fiestas que antes tenían lugar en los clubes o en espacios cerrados, se desbordaron y se tomaron la ciudad. Dondequiera que se encontraban tres cariocas a tomar cerveza surgía un nuevo “bloco”. Estos son grupos de gente con algo en común y fácil de hallar en la ciudad “corruptora de mayores” de Ruy Castro: ganas de gozar.

Los blocos salen a la calle y literalmente paralizan el transito con su música, sus hombres disfrazados de mujeres, sus mujeres disfrazadas de abejas, sus locos disfrazados de cuerdos, sus tambores enloquecidos, en fin, su carnavalización de la vida. Nombrar los blocos se convirtió también en una fiesta de la palabra. Entre los más conocidos están Sobaco de Cristo, formado en un barrio literalmente ubicado bajo el brazo del Cristo Redentor, Chupa pero no babees (prefiero no explicar), Si me das, yo quiero, Dos para allá, dos para acá, Mi amor, ya vuelvo, Agárrate para no caer y Simpatía es casi amor.

Cordón de bola negra es el más conocido de todos. Circula en el centro de la ciudad, que logra reunir un millón de personas que cantan, bailan y beben en una verdadera fiesta democrática y pacífica.

Pero por más que disfruté el cuento de bailar en la calle y desplazar los carros de las avenidas al lado de miles de desconocidos eufóricos, todavía me quedan dudas acerca de estos blocos: ¿por qué tienen que darse cita a pleno rayo de sol, cuando la temperatura alcanza los 40 grados?, ¿por qué, con la variedad musical de Brasil, insisten en cantar una sola marcha –especie de himno, casi mantra– por más de media hora?

El alcohol y el calor, los mantras musicales, las fantasías, las miradas furtivas: todo contribuye a sentirse verdaderamente en otro planeta, en un estado sensorial inusual.

Y vuelvo al escritor carioca Ruy Castro que lo dice muy claro: nadie entenderá Río sin entender el Carnaval. Por eso, creo que es mi obligación repetir carnaval hasta llegar a entenderlo.

ANDREA DOMÍNGUEZ
Especial para EL TIEMPO

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