No hay mal que dure cien años

No hay mal que dure cien años

Fidel Castro falleció en la isla que atesoró como el primer bastión socialista de occidente.

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La ideología comunista de Fidel Castro y sus influencias soviéticas fueron tan pesadas como los cañones que esta semana dispararan salvas.

Foto:

Sergei Chirikov / AFP

29 de noviembre 2016 , 11:14 a.m.

“De todos sus peligros se va salvando América”, escribió hace 125 años el autor, independentista y político cubano José Martí, para referirse a la otrora emancipación del continente de la opresión foránea. En ese entonces, jamás imaginó que sus gestas inspirarían a un joven oriundo de Birán: Fidel Castro Ruz, casi medio siglo después, para erigir el primer país comunista del hemisferio occidental.

Aquella frase hace parte del ensayo 'Nuestra América'. El mismo que Martí, nacido en La Habana hace 163 años, escribió para una revista neoyorquina en 1895. No fue premonitorio, pero sí influyente. En varios de sus discursos longevos en el centro de La Habana, Castro aludió a este texto como un referente de la lucha revolucionaria. ¿Cuál? Pues la que él y un ejército de al menos ochenta hombres iniciaron hace seis décadas cuando derrocaron en 1959 a uno de los primeros dictadores de América: el cubano Fulgencio Batista.

Pero esto no es una novedad en la historia de la isla. El mismo Batista, militar de pura sepa, comandó otro golpe de Estado contra el expresidente Carlos Céspedes y Quesada, en la conocida insurrección de septiembre de 1933. Y si se mantuviera el recuento histórico, acabaríamos por decir que el tránsito del siglo XIX al XX, en Cuba, estuvo marcado por el presidencialismo y autoritarismo de sus cabezas políticas. Martí estaba hastiado de eso.

Fidel Castro heredó ese hartazgo. Para él, Martí fue casi tan importante como Simón Bolívar lo fue para el resto de izquierdistas del siglo XX en Latinoamérica. Castro murió el viernes pasado con el rótulo de ser uno de los políticos más acérrimos y radicales del siglo pasado. Su ideología comunista y sus influencias soviéticas fueron tan pesadas como los cañones que esta semana dispararan salvas, desde el Castillo de los Santos Tres Reyes Magos del Morro, durante la semana de sepelio declarada en Cuba por la muerte del ‘Comandante’.

El faro de Latinoamérica

‘El Morro’, como coloquialmente se le conoce a ese sector de La Habana, fue un fortín militar y durante décadas ha sido el ‘faro’ que ha guiado las bitácoras de miles de viajeros. Algunos dicen que aquel fue el primer fortín construido por los españoles en América; otros, lo recuerdan como un símbolo del colonialismo y la opresión.

Lo cierto es que hoy, en pleno Duelo Nacional por el fallecimiento del mayor de los Castro, es un reflejo de la anquilosada cosmovisión política que este mantuvo durante al menos medio siglo para que el comunismo –esa doctrina en la que no hay diferencia de clases sociales ni propiedad privada– se hiciera realidad en América Latina.

Castro fue el faro ideológico que inspiró a los expresidentes centroamericanos maniatados por el poder económico de Estados Unidos. A él le bastó menos de un lustro para destruir la incursión de las multinacionales norteamericanas –que con tanta parsimonia habían ingresado a la isla con el beneplácito del expresidente Gerardo Machado– en la isla. Y no en vano, durante dos de sus cuatro visitas a la ONU (en 1960 y en 1979), Castro se echó encima a varios estadounidenses. El propio expresidente Dwight Eisenhower fue quien decidió suspender las relaciones diplomáticas entre EE. UU. y Cuba.

Fidel Castro fue un candelabro izquierdista en Latinoamérica: encendió las llamaradas de Chávez, Morales, Maduro, Correa, Ortega y muchos más. Fue él quien inauguró los discursos 'ad eternum' que luego copiaría el expresidente venezolano. Fue él quien inauguró el enaltecimiento a las fuerzas militares, que luego copiaría el presidente nicaragüense. Fue él quien recreó tertulias eternas con las clases más bajas, que apenas hoy emula el primer mandatario ecuatoriano en televisión.

El decálogo de lo absurdo

Fidel inspiró a muchos, pero también le quitó –desde su ejercicio político– la libertad a muchos. Y de paso, la felicidad. La imagen que este lunes visitaron miles de cubanos en la plaza de la Revolución, como parte del rito fúnebre, le quitó a Cuba, entre otros, diez derechos que en cualquier otra parte del mundo democrático serían comunes y corrientes. En la isla, están prohibidos: el libre acceso a los teléfonos móviles y al internet; montar en barco por aguas extranjeras –menos aún si es en las 90 millas que separan a Cuba de EE.UU., vivir en la capital cubana sin un permiso especial y contratar servicios de TV foránea.

Y, por si fuera poco, también está prohibido salir a las calles a manifestar, matar ganado vacuno, crear un partido político, usar equipos de comunicación satelital, invertir en pymes o tener doble ciudadanía. Por apenas este decenio de vejámenes es que muchos en la Calle 8 de Miami celebraron la muerte de Castro y a ese júbilo se unieron miles de cubanos en el mundo. ¿Qué hubiese dicho Martí ante tanto maltrato contra sus connacionales? Seguramente hubiese quedado en ridículo por el espíritu de Castro que promovió un éxodo masivo de cubanos en busca de una mejor suerte.

“¡No hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista!”.

JUAN CAMILO VELANDIA
PROFESOR FACULTAD DE COMUNICACIÓN
UNIVERSIDAD DE LA SABANA

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