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Barack Obama-John McCain, ¿quién le conviene más a Colombia en la Casa Blanca?

¿Cambiará en algo la política? ¿Se acabará el Plan Colombia o su énfasis en la lucha contra las drogas y el terrorismo? ¿Verá el TLC la luz al final del túnel? Son solo algunos de los interrogantes.

Para Colombia, al igual que para decenas de países en el mundo, los resultados de las próximas elecciones presidenciales y de Congreso en Estados Unidos son un asunto trascendental. La razón es simple: está en juego, nada más y nada menos, que el futuro de la relación con la principal potencia del mundo. 

Por eso no es frívolo 'ni calculador' preguntar desde ya qué le espera al país con el cambio de inquilino en la Casa Blanca y con la nueva composición del Legislativo.

En el caso colombiano las apuestas son muy altas. A lo largo de los últimos diez años, los dos países pasaron de la 'frialdad total' que caracterizó los años del gobierno de Ernesto Samper, a la cercanía que se ha vivido bajo los mandatos de Andrés Pastrana y, ahora, de Álvaro Uribe Vélez.

En esta década, E.U. convirtió a Colombia en el tercer destino de ayuda extranjera (después de Israel y Egipto) aportando más de 5.000 millones de dólares -y contando- en recursos militares, antinarcóticos y para el fortalecimiento de las instituciones democráticas y el desarrollo alternativo.

La prueba reina de lo profunda que ha sido la huella estadounidense en este lapso es que su embajada en Bogotá es la más grande del planeta después de la de Irak.

Y muchos temas están pendientes. Los más importantes, sin duda, la ratificación del Tratado de Libre Comercio (TLC), que se firmó a finales del 2006 pero aún no ha sido aprobado por el Congreso de Estados Unidos, y la continuidad de la ayuda para el Plan Colombia.

EL TIEMPO consultó una variada gama de expertos en E.U. para tratar de desentrañar las expectativas con el cambio de gobierno.

La mayoría de ellos coincide en varios puntos. El primero es que Colombia -gane  Obama o  McCain- seguirá siendo un aliado estratégico de E.U. en la región, y por lo tanto se da por descontado un fuerte respaldo.

"Ambos partidos -dice Bernie Aronson, ex secretario de Estado para el Hemisferio Occidental- reconocen no solo los avances que se vienen dando en materia de seguridad, sino el papel que juega (Colombia) en la estabilidad regional. La inclinación natural de cualquiera de los dos será proteger esa alianza".

Más aún, sostiene Adam Isacson, del Centro para la Política Internacional, cuando se trata de uno de los pocos aliados que le quedan a E.U. en una región que se ha vuelto hostil a los intereses estadounidenses con el ascenso de líderes como Hugo Chávez (en Venezuela) o la misma Cristina Fernández (en Argentina).

Un aliado con menos plata

La segunda coincidencia entre los expertos es que, aún así, habrá diferentes tonos y matices dependiendo de quién gane. Y con un trasfondo que aplica para los dos: el nuevo ocupante de la Oficina Oval asumirá un país en plena crisis económica y con un monstruoso déficit fiscal que casi supera los 500.000 millones de dólares.

Esto quiere decir que los fondos para la ayuda en el exterior serán escasos y Colombia verá reducido su pedazo del pastel. "Al menos -dice Isacson- habrá un recorte del 10 por ciento para todos los programas en el mundo".

Si a eso se suma la reducción de fondos que ya sufrió el Plan Colombia en el 2007 (otro 10 por ciento), el país vería caer los aportes a unos 450 millones de dólares anuales: 140 millones menos que cuando los republicanos mandaban en el Congreso.

Qué esperar de Obama

Dado que el demócrata Barack Obama es quien encabeza todas las encuestas, el escenario más probable es que Colombia tenga que sentarse a la mesa con el senador de Illinois. Y si eso ocurre habrá cambios.

A lo largo de los ocho años de la administración Bush, la política del gobierno estadounidense estuvo en plena sintonía con las administraciones de Pastrana y Uribe, donde primó un enfoque de guerra frontal contra el narcotráfico y el terrorismo y la idea de expandir la relación a través de un TLC.

Con la llegada de los demócratas al poder en las elecciones legislativas del 2006, la melodía comenzó a cambiar. El partido decidió bloquear el TLC invocando la violencia contra el sindicalismo, y le cambió el rostro al Plan Colombia, haciendo más énfasis en los programas de corte social y fortalecimiento a la democracia, y menos en la guerra contra las drogas. Y con Obama, que gobernará muy probablemente con un Congreso de amplia mayoría demócrata, esa tendencia se mantendría.

"El Plan Colombia no se va a acabar, pero sí habrá cambios que reflejen las nuevas realidades", dice Pete Romero, ex subsecretario de Estado que hoy asesora a Obama en temas de Latinoamérica.

Isacson cree, por ejemplo, que "habrá más exigencias en el tema de los derechos humanos" y que "podría haber menos fondos para la fumigación y quizá más para la erradicación manual de los cultivos".

Obama, en todo caso, ha dejado claro que apoya los esfuerzos de Colombia en el combate contra las drogas y en la lucha contra el terrorismo. Tanto, que aplaudió la operación que se hizo en territorio ecuatoriano para dar de baja a 'Raúl Reyes', y criticó con energía la reacción del presidente de Venezuela, Hugo Chávez, cuando anunció, en respuesta, el envío de tanques a la frontera.

Habrá que mostrar resultados

La pregunta entonces no es si habrá apoyo bajo una administración Obama, sino de qué tipo y con cuál finalidad.

En el caso del TLC el asunto es más complejo. A lo largo de la campaña electoral, e incluso hasta este mismo miércoles, durante el último debate con McCain, Obama ha reiterado que no puede apoyar el Tratado mientras persista el asesinato de sindicalistas.

Algunos explican que Obama está obligado a complacer a los sectores sindicales de E.U., que son la base del partido demócrata y claves en época de elecciones.

Pero su palabra ya está empeñada y eso quiere decir que tendría que esperar un tiempo, antes de someter el TLC al Congreso nuevamente. Salvo que se dé un milagro y el Legislativo lo apruebe en noviembre o diciembre, cuando realizará sesiones extraordinarias.

Peter Hakim, del Diálogo Interamericano, cree que lo más probable es que el acuerdo se apruebe en el 2009, una vez se hayan dado algunos cambios -que serían negociados con Obama- y exista una marca de progreso en materia de protección al sindicalismo.

Coincide Isacson: "Obama necesitará recibir resultados concretos para tomar el paso de someter un tratado que de todas maneras será impopular entre los demócratas", dice el analista.

SERGIO GÓMEZ MASERI
CORRESPONSAL DE EL TIEMPO
WASHINGTON

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